martes, marzo 13, 2012

Zombis envasados en origen




En vida, quiero decir, cuando todos estaban vivos, lo que hacía de Tati alguien especial eran sus silencios. Ahora, por el contrario, eran sus sonidos lo que lo destacaba sobre los demás. Creo que ni siquiera el hecho de que estuviese vivo, sino... eso... Sus sonidos.
  Desde que los muertos se paseaban día y noche por las calles, Tati se recluyó en el tercer piso de su departamento de Villa Ballester, acá, en el conurbano. Lo que era salir, nada... Se entendía, los muertos, aunque muertos, eran molestos y si uno no aprendía a ponerles límites rápido, se aprovechaban y hasta podían llevarte al otro lado. Como estúpidos refinados no medían su fuerza, ni contaban con ética alguna que les permitiera poner alguna clase de coto a sus actos que, de por sí, no tenían nada de premeditados o de malvados. Hacían lo que les venía a cuento, guiados por las pocas chispas que aún supervivían en sus cerebros reblandecidos.
  Si Tati debía salir a buscar víveres o a estirar las piernas, lo hacía bien por la mañana, cuando la actividad de los muertos era menor. Pero además era fácil esquivarlos, sus movimientos eran lentos y sus acciones tan previsibles que uno debía caer desvanecido en el calle para que los muertitos pudieran tomar la ventaja. Tati era un paranoico, tal vez la soledad o una vida sin demasiados aciertos hicieron de su cabeza un nido de suspicacias, por lo que creía con fervor que la posibilidad de caer desvanecido en la calle era siempre nueve de cada diez. Así que durante un tiempo se dedicó a llenar el departamento de su vecino con todos los víveres enlatados y deshidratados que fue capaz de encontrar en el depósito del chino que tenía en frente. Pero el tema con la comida enlatada era el mercurio o una cosa así con la que sellan las latas. ¿Y si se agarraba un cáncer? Aunque nunca tuvo la intención de dejar de pagar su obra social, el asunto, luego de la famosa hecatombe, llegó a su fin y ya no había doctor de cabecera a quién consultarle sus dolencias. Por eso mantenía su revólver Jaguar aceitado y lustroso sobre el anaquel de su biblioteca, sembrada de libros de autoayuda. La bala sería la última píldora que tomaría en vida. En eso, debía ser realista. Él, el último Tati sobre la Tierra.
  La fórmula era no pensar en el futuro. No debía pensar en nada, más que en lo inmediato y en su obra. Todos los días trabajaba con fervor en su disco. Un disco pop. Gracias a un generador de electricidad que sustrajo a préstamo del Easy que quedaba cerca de la calle San Lorenzo, armó una sala de música fetén-fetén. Porque el asunto era así, cuando el mundo mostró sus cartas y dictaminó el acabose, Tati se puso firme y dijo: “ahora me toca hacer lo que me gusta”. Y se dedicó día y noche, sólo interrumpidos por cenas y almuerzos sibaritas, y una que otra masturbación de ocasión, como para no perder el hábito, y una que otra película en DVD... Digo, que se dedicó día y noche a componer su disco pop.
  Pero claro, aunque eso creía, no estaba solo en el mundo. La diferencia entre los vivos y los muertos, era más bien de grado. Se los llamaba “muertos vivos”, como esos zombis que invadieron la pantalla grande desde The night of living dead de George Romero, hasta bien entrado el siglo 2000. La metáfora casi perfecta de la enajenación contemporánea se hizo realidad gracias a un virus que muchos tildaron de extraterrestre y otros, lo más pedestres, de porcino. Una horda que vagaba por la calle, sin orden ni concierto, sin guía, sin nada, y que parecían morir o vivir del aire, que tenían muerte cerebral, pero que hablaban, que tenían la sangre seca, pero que caminaban; esa horda era la de los muertos vivos y atacó a toda la humanidad, menos, hasta donde sabía, a Tati, el último hombre sobre la Tierra. Tal vez, si hubiese tenido más imaginación, si hubiese leído más ficción, habría equiparado su situación con la de los viejos héroes literarios a lo Matheson de “Soy Leyenda”. Pero no, su mente, gracias a Dios, era bastante llana y, en vez de caer en la desesperación, vio en el cambio una oportunidad para concretar todos los sueños que el bullicio de la sociedad de antaño le impidió llevar adelante. Devolverle el sonido a una sociedad sumida en el silencio.

sábado, febrero 25, 2012

Los hombres sapos quieren tu torbellino


  

Todo fue por mensajes de texto. Tengo un celular viejo. Lo heredé y nunca tuve la fortuna de perderlo o romperlo. Es esa clase de modelo irrompible, construido como si fuese un rastri, se arroja desde un noveno piso, estalla en mil pedazos, y uno puedo volver a ensamblarlo sin problemas. El tipo de aparato que analizarán los arqueólogos del futuro, cuando no quede ni pistas de nuestra civilización decadente.
  El contacto me lo pasaron unos amigos, me dijeron que la llamara, que era buena chica y “¡¡Lindísima!!” Que le habían hablado de mí y que además “¡Muy bien!” Yo lo primero que pregunté fue si le dijeron que era pelado, me dijeron que sí, que le habían dicho. Era algo que había que tener en cuenta. Uno no puede estafar a la gente, porque en esas cosas hay que ser sincero de entrada, más que nada para no crear falsas expectativas. Que lo supieran desde el principio. “Ah, ¿es pelado?... No importa!” “Buenísimo” A lo que siempre sigue un: “¿Pero se afeita la sabiola, no?” “Claro, claro”. No, sí, claro. ¿Cómo no me voy a afeitar la cabeza? Tampoco soy tan boludo. Y dicen que tengo linda cabeza, incluso que me queda bien pelado y los más buenos –los buenísimos- que hasta no se imaginan verme con pelo. “No te imagino verte con pelo… No sé… No te imagino”.
  Así que tenía el tubo de la chica y lo único que debía hacer era levantar el teléfono y llamarla. Pero no me animé. Aunque quedara mal y, perdido por perdido, le envíe un mensaje. “Hola soy tal… Me pasaron tu número… bla-bla-bla” Una hoja A4 dentro de un mensaje de texto, Movistar encantado. Al instante me responde con una risa, un “jajajaja” porque le había filtrado un chiste en medio de la hoja A4, y me dijo que sí, que sabía quién era yo, que también la tenía intrigada. ¡Qué la tenía intrigada! ¡Un calvo! Los calvos no tenemos misterios, somos por naturaleza tipos despojados de enigmas. La invité a salir, me consumí toda una tarjeta para gestar la hazaña. No sé cuántos mensajes, cuántas idas y vueltas, hasta que acordamos vernos un miércoles, dos días después de congeniar la cita, en pleno Belgrano. La perspectiva me puso ansioso. ¡Un cita! Tengo que confesar una cosa, antes de seguir con el cuento, algo necesario, que además hace a la trama, porque esto no es un cuento, es historia viva, me pasó a mí, no ando con fantasías… Digo, lo confieso, que hace casi medio año que no mojo el palito. ¡Casi seis meses! Un montón. Sí, pero no lo sufro demasiado, tengo esa cosa de asexuado, de tipo sin vida, que no me tortura, no me mata. Me entretengo con otras cosas, tengo mis libros, mi biblioteca, una vasta colección de películas pirateadas, conozco los secretos para permanecer ocupado, no permitir que mi mente o que mi líbido se despierte. Lo mantengo prisionero, encerrado bajo una puerta con veinte cerrojos y cadenas. Un hombre sistemático, de rutinas rígidas, un sobreviviente. Pero el hecho estaba ahí, seis meses sin ponerla y así, como si nada, se presentaba esta oportunidad que me había caído del cielo. Ver una mujer cara a cara, hablarle, coquetear con la posibilidad de volver a remojar la chaucha. Todo era posible. Hasta podía escuchar al señor Líbido bramar allá arriba en el altillo, golpeando la puerta con la intención de tirarla abajo. Lo que era civilización; nada.

domingo, febrero 05, 2012

Eses bajo la pirámide de energía




Salió como si se estuviese cagando. Pasó a mi lado como una mina que recibe demasiados piropos, pero no lo era. Según él, es mi amigo. Ni siquiera quiso probar un sorbo de esa cerveza de cancha que compré por 25 pesos. Y no me sobra la plata ¿eh? No me sobra.  Pasó, cruzando una pierna delante de la otra, eso, te pongo la firma, lo aprendió mirando los desfiles de Victoria Secreta. Tampoco es puto, es una cosa peor, se cree artista. Escribe. Mal. Pero escribe siempre. Tiene la insistencia de los tipos que no cogen. No sabe qué otra cosa hacer. Entonces escribe. Y no cuentitos o poemas en prosa. Es un tipo de largo aliento. Novelas. Una tras otra, siempre persiguiendo una quimera. Casi como para justificar su fracaso. Para señalar al mundo y atraer la luz del faro sobre sí mismo. Esa cosa de que todo el mundo lo desprecia, porque es un talento incomprendido. Algo tan usual en nuestros días de chat. Pero la realidad es otra. Yo la conozco, no se la digo porque es mi amigo. Después de todo lo quiero. Que se lo diga otro o que se termine dando el hocico contra la pared, tarde o temprano lo va a saber. No hace falta que vaya uno a apiolarlo. Es un tipo grande. Pero lo grave no es la pose, lo grave, y eso lo sabemos todos, es que no coge. Le afecta la cabeza, empieza a inventar cuentos conspiranóicos para que lo crean loco, para que lo señalen como especial en algún cruce de palabras en las casillas de diálogo de facebook, algo que no pasaría de “ese... el amigo tuyo que está loco... el que habla todo el tiempo de marcianos...” “el feo”... etc. 
  Lo grave fue que salió, no sé qué le dijo al portero de la entrada y se fue. Yo lo miré de refilón, incluso brindé en su memoria, pensé que iba a tomar aire y volvía a quedarse un rato más conmigo, ahí dentro, en ese boliche atestado de pendejos pelilargos, amantes de música heavy metal pasada de moda. Pibes que tal vez cogían menos que él, mi amigo... el artista.
  A la media hora, que me la pasé mirando un punto fijo y sorbiendo el brebaje amarillo oro, me llegó un mensaje del novelista de cinco novelas inéditas. Me decía que se volvía a casa. Nada más que eso. No sé por qué me dolió. Me dolió que no me hubiese esperado. Yo, que lo había bancado en año nuevo, hacía cosa de diez días, mientras devoraba con una fruición depredadora las flores de un arbusto. Ojo, se entiende, estaba bajo los influjos hechiceriles de ácidos poderosos. Porque eso hay que reconocérselo, el tipo lleva su papel hasta el final, no sólo es un fracaso, sino que actúa como tal. Lleva adelante un comportamiento autodestructivo bastante medido y acotado a un sólo día de los fines de semana, pero cuando lo hace, nos brinda todo un show. Como para alquilar un palco. En eso, es un tipo serio. El novelista de cinco novelas anilladas y tantas veces rechazadas.
  El vasito de cancha no era fácil de tragar. No sé por qué ese día no podía beber con la brutalidad habitual. Simplemente me pegaba más. El artista se había bebido sus buenas cervezas solo y había compartido conmigo otras dos y no parecía borracho, ni caminaba dando eses, simplemente las zancadas eran más largas de lo habitual y su indeferencia al entorno, mayor. A mí no. A mí las minas me podían. Las pendejas sobre todo y eso que no soy un pibe, o por eso... Los culos torneados, ese caminar despreocupado, esa cosa de pasarte por al lado sin ni siquiera verte. Sin ni siquiera sospechar que podrías lustrarles las vaginas hasta volvérselas blancas, traslúcidas. Y eso que no me falta concha. Pero las minas me pueden. Al novelista, gran parte del día, parecen resbalarle. Cuando me decía que andaba muy caliente y que necesitaba ponerla, terminaba por no creerle, en eso, también adoptaba una pose. Lo importante pasaba por otro lado. ¡Si se le olía! Él quería sus libros, la gloria literaria fantasma y las mujeres, sí, pero como trofeos de esa gloria. En el mientras eran sólo una piedra más en el camino que lo desviaban de su máximo deseo, el de la consagración efímera entre esos humanos que perjuraba despreciar. El muy Borges de la alcantarillas.
  Así que leí el mensaje y no pensé mucho, en ese momento no le guardé rencor, estaba quieto, sorbiendo mi jugo de oro, en paz, observando las pendejas transitar los pasillos del bar ida y vuelta. Lo admito, la chota me latía y cuando me pasa eso, me pongo a elucubrar si no tendremos un segundo corazón ahí abajo, si no deberíamos considerar el pito como un homúnculo que pende de nuestra entrepierna, aferrado y prisionero de nuestros deseos, a veces triunfante, a veces rebelde, pero, sobre todo, salivador de miasmas gelatinosas.

sábado, enero 28, 2012

Salvajes aventuras del espía intergaláctico



Era una misión ultrasecreta. Ni siquiera yo sabía de qué iba la cosa. El cohete era negro como el espacio y yo lo llamaba “La Saeta del Destino”. Tenía un propulsor atómico de última generación y cinco cañones láser. Rara vez los usaba, ya que mis misiones eran furtivas, pero saber que podía contar con ellos, me tranquilizaba.
Descendí sobre las dunas del planeta Carnosaur del sistema Centauri. Realizar el viaje dentro de la Saeta del Destino me llevó casi dos meses desde mi despegue en Marte.
Una lluvia de meteoritos provocó un desperfecto en el osciloscopio de plutonio y me obligó a sofrenar la velocidad de mis propulsores atómicos y detenerme para arreglar la avería. No era un buen mecánico, pero conocía lo básico para arreglar las cosas con alambre hasta encontrar el service adecuado.
La atmósfera en ese planeta era venenosa por las emanaciones de los géiseres cercanos. Me coloqué la escafandra de superficie y bajé con una pala en mi mano izquierda.
Me llevó un par de días disimular mi vehículo con la geografía del terreno. Al final parecía una piedra perdida en la arena. Ni siquiera la cruz de la Unión podía verse en su chasis abollado por la lluvia de meteoros.
Los géiseres resoplaban y bufaban sin pausa. Como ofuscados por mi presencia. Descargué una mochila con provisiones y, antes de volver a salir, me coloqué un antifaz sobre mis ojos para proteger mi identidad, aunque sabía de antemano que nadie podía reconocerme en esas vecindades. Manías que no podía quitarme de encima. Tanteé mi pistolera, todo estaba en orden. Me puse el rifle de protones al hombro y salí a caminar. Me esperaba un largo tramo hasta alcanzar mi objetivo. Un trayecto plagado de peligros, pero esa era la única forma de llegar a la Fortaleza Anciana sin que me advirtieran.
Las tres lunas del planeta Carnosaur se alzaron sobre un cielo de color verde oscuro. Eran feas, como todo en este planeta, sólo rico en reservas de uranio.
Bajé por la escalerita de aluminio hasta la duna y me lancé hacia delante. Tomé la precaución de no pasar cerca de los géiseres, un baño de ácido directo dejaría mis huesos blanqueándose al sol. Además me aterrorizaba la idea de desfigurarme. Mi fama de Casanova no era mito y estaba fundada en una belleza poco común entre los terrícolas. La cruza de mis padres, ella marciana, él, terrestre, dio por resultado uno de los hombres más bellos del sistema solar. Y no es por darme aires. Que quede claro.
A las dos horas de vagar por el desierto, el antifaz comenzó a aflojarse y
sentí un escozor terrible en la punta de mi nariz. Eso era lo terrible de usar escafandra de vidrio. ¡Dios cómo picaba! Los géiseres seguían activos, lanzaban chorradas de ácido a los cielos, envenenando la tierra. Habitada, hasta donde sabía, por basiliscos gigantescos y serpientes astadas. Podía enfrentarme a una horda de gorilas rojos de Titán sin vacilar, pero que me escociera la nariz y se me aflojara el antifaz me hacía perder la paciencia hasta el punto de no poder dominar el puchero que hacía frunciendo los labios. Me enervaba. Para sofrenar mis nervios, silbé y troté parte del trayecto. El antifaz se deslizó hasta mi cuello y el sudor que sentía adentro del traje, cuya refrigeración nunca se correspondió al precio que pagué por el conjunto, humedeció mi cabello rubio platinado. ¡Y ya podía despedirme de la elegancia! Sinsabores de ser un agente secreto del espacio exterior. Di media vuelta y miré hacia atrás. El cohete se fundía con el paisaje y sólo alguien que buscara el vehículo en concreto, mi bella y fiel Saeta del Destino, podría encontrarlo. Me sentí orgulloso. Me enfoqué en apresurar mi paso, para poder quitarme la escafandra, rascarme la nariz y asegurarme el antifaz a los ojos, antes de tomar contacto con algún aborigen del planeta. La noche, de todos modos, me protegería.

martes, enero 24, 2012

El castillo de los gorilas eléctricos, micronovela serial



-12-



Desconcertado miré hacia todos lados, no podía creer el tupé de ese enano de mierda. Juro que me dieron ganas de patearlo hasta dejarlo hecho un trozo de plastilina informe. El barman me hizo señas para que me acercara, tal vez, después de todo, había comprendido que no era ningún menor y que el tamaño tiene que ver con un proceso madurativo, algo, que por lo visto, ellos ignoraban. Malditos koniquitos.
-¿Hay cerveza, entonces?
El barman frunció el ceño y me hizo señas para que me asomara por encima de la barra. Lo hice. Con su mano derecha señaló la bacha, sembrada de platos y vasos sucios.
Sentí en mi esternón la superficie limada y acerada de la boca de un arma, me bastó mirar de reojo para descubrir al enano, apuntándome con una Luger.
-Portate lindo, putita, y tal vez te deje que te pongas las medias de red que le compré a Silvio.
Hice un movimiento brusco, de animal o de asustado, no sé. Y se escuchó el graznido de la pistola al detonarse. En seguida sentí un ardor salvaje en la cintura. Me había pegado un tiro. Me derrumbé bajo la barra, actuaba, porque en realidad no me sentía mal ni me dolía, pero el miedo, el cagazo de haber recibido un disparo se amarró a mis nervios como las patas de una tarántula y me derribó. Después sentí algo húmedo. Agarré al enano por los mofletes.
-¿Me piyé? ¿Me piyé? ¡Fijate!
El enano, un desalmado, me pegó con la culata de la pistola en el entrecejo y me abrió una canaleta por donde empezó a fluir sangre, recién entonces comprendí que no me había meado, que el líquido era la sangre que fluía del agujero que me había hecho en el hígado. Estaba frito. Me quedé quieto, me sentía mal. También sentí algo similar a la depresión, a que me habían arrebatado todo, al pedo. Y que ese todo era nada. Lo que también era al pedo. El enano pasó su mano diminuta y con esperma seco sobre mi cara e intentó cerrarme los ojos, como despidiéndome, al final era un dulce. Los abrí. Me costaba irme.


Fin

jueves, enero 12, 2012

El castillo de los gorilas eléctricos, micronovela serial


-11-



Lo iba a mandar a la mierda, cuando descubrí al enano del castillo de los konikitos parado frente a mí. Abría y cerraba los dedos de su mano derecha, hasta que se detuvo y los mantuvo rígidos, enseñándome una estela de esperma que se formaba entre un dedo y otro, como si fuese una membrana.
-¿A qué te hace acordar?
-No, no sé. ¿A qué? ¡Sacamelo de la cara, eh! ¡Sacamelo!
-El hombre de la Atlántida. ¿Te acordás? Yo la veía, porque mi viejo se colgaba del cable. Mi vieja, después de mí, puso dos huevos más. Pero ya no le quedaba culo para empollarlos, los pobrecitos se murieron. ¡Sabés qué pena!
Me tenían los huevos hinchados, pero no los que empollaba su madre, sino los que colgaban de mi bolsa de carne, sembrada de bolitas de papel higiénico y rollitos de tela de calzoncillos viejos. Esa bolsa que tenía de adorno.

-Mi madre era una señora de alcurnia. Tenía unos pies bellísimos. Eran como empanaditas chinas, así de delicados, sabés. ¡Y me trataba de lindo! Claro, como era el único que había quedado vivo, quería que trabajara de grande en una oficina y cuando le decía que no, que nunca iba a ser grande, ni escucharme... Se amargaba... Una calamidad...
-¿Por qué no me hacés un favor y vas a buscar de una puta vez un mecánico, un teléfono o lo que sea para sacarme de esta mierda de lugar, querés?
El enano abrió los ojos como platos, mientras repasaba su mano derecha con su lengua como si se tratase de la paleta de caramelo de un chupetín.
-¿Pero vos me viste cara de sirviente a mí? ¡Andá a lavar los platos!

Concluye en la próxima

miércoles, enero 04, 2012

El castillo de los gorilas eléctricos, micronovela serial



10



Me di vuelta, ya con la intención de tortearlo. De darle un castañazo en el hocico para que diera un trompo danzarín y se echara a dormir. Pero había olvidado que los gnomos tienen los pies veloces y que es difícil atajarlos de un galletazo.
Me hizo un firulete con la mano y le encargó al barman las dos consumiciones, antes de que yo pudiera atravesar la pista, atestada de enanos, el petiso se tragó las dos bebidas. Lo sentí en el alma, porque tenía la garganta seca.
Cuando llegué a la barra, descubrí al enano sentado en un reservado, sobre las piernas de otro enano, transando con la lengua y manoseándole el ganso que parecía, por lo chiquito, una de esas gallinitas de azúcar que comía durante la Primaria. Me dieron ganas de sacar mi cipote y darles una lección de tamaño a todos esos liliputienses, pero debía, primero, remojar mi garguero. Le pregunté al cascarudo que estaba tras el mostrador:
-¿Tenés cerveza?
-No
-¿Algo alcohólico? ¿Con mucha graduación?
El barman me miró con el ceño fruncido y se cruzó de brazos. Me intrigó y me dio gracia, me miraba desde el reborde de madera de la barra de tan chiquitito que era.
-¿Pero qué pasa?
-Pasa que no le vendemos a menores.



Continuará...