viernes, noviembre 27, 2009


Próximamente kiosko-remisería, vendo fondo de comercio bostaliterario...

jueves, septiembre 24, 2009

El pozo ciego, bolsilibro -capítulo 8-


La fortaleza de saliva


Poco a poco dejé atrás el ramaje infernal y me interné en un paisaje más llano y desprendido. Comenzaron a surgir rocas aquí y allá. Me llamó la atención la fugacidad geológica que iba atravesando, me daba la impresión de que algún perverso taumaturgo se dedicaba a cambiar los escenarios a gusto y antojo como si yo fuese el títere de una obra de cuarta dirigida a niños mongoloides. Las nubes comenzaron a enredarse en círculos y remolinos sin que mediara por ello la acción del viento. Tras una pausa, tan estrecha como una vagina virgen, la lluvia se detuvo y las nubes se esfumaron. El cielo volvió a adquirir esa consistencia gelatinosa de color violáceo que para entonces había dejado de preocuparme. Es que hasta los más estúpidos maduran.
Giré mi cogote para ver si me seguían los enanos, pero no había rastro de los perversos. Entre las rocas emergían unos enormes hongos de humedad que me hacían sentir como Gulliver en la tierra de los gigantes. Con el cambio de panorama y la curiosidad lúdica que me despertaba la visión de esos fungos titánicos, me interné en el bosque con la misma excitación de un niño que busca perderse dentro de un parque de diversiones de papel maché. El lugar estaba vacío o eso aparentaba, aunque pesaba sobre mi espalda esa especie de resquemor eléctrico que nos asola cuando presentimos que algo o alguien nos acecha. Y a pesar de que me daba vuelta cada dos minutos, no podía descubrir a los espías. No levanté la voz ni me di aires de héroe, porque no me interesaba. Me bastaba con atravesar el lugar y después que el destino me guiara. Ya hacía unas cuantas horas, según mi reloj biológico, que me había separado de mi amigo, el moscardón, y también de los caracoles. Esperaba encontrar muy pronto a los rojos. Pero hasta el momento nada.
Mi mano enramada seguía igual que antes y no pude evitar poner las dos protuberancias sobre mi boca y chuparlas como si fuesen pirulines, en un acceso de antropofagia perverso.
Ascendí por una diminuta colina, no más alta de las que son habituales en un green de golf. Y una vez arriba descubrí un castillo no mayor que una casa grande. Algo asombrado di marcha atrás tres pasos y el castillo se desvaneció. Volví sobre mis pasos y el castillo volvió a alzarse sobre el camino, escéptico estiré mi brazo y tanteé al dichoso monumento que era tan real como mi cuerpo. El embrujo residía en colocarse a menos de tres pasos para observarlo. Tenía toda la pinta de un castillo imaginario, era algo cómico y patético. Cumplía con creces todos los clisés que uno exige de una fortaleza del medioevo, pero le faltaba esa cuota de grandiosidad que tienen las cosas reales. No podía desprenderse de su halo teatral de feria de cuarta. Hice sonar la aldaba, profusamente trabajada. Los ecos resonaron vacíos y tétricos como era de esperarse. Escuché un susurro del otro lado de la puerta.
-¡¿Qué!? -grité con fuerza. No alcancé a oír una sola palabra de lo que dijeron.
-...¿Sí? -percibí que gritaron del otro lado del muro, pero fue una afirmación quejumbrosa, como si expidiera la vida en ese monosílabo. Iba a ensayar una carta de presentación cuando decidí que lo más prudente era decir lo primero que se me pasara por la cabeza.
-¿Puedo pasar al baño? -dije con un tono recargado de drama y angustia. Que además era cierto, aunque el hecho de no contar hasta aquel momento con un inodoro, no me hubiese desvelado.
-Mire que no anda la cadena... -esta vez las palabras sonaron claras, pero con un eco gomoso. Esperé otro rato y como vi que no me abrían agregué un:
-Bueno.
Estaba por volver a alzar la aldaba cuando la puerta se vino abajo y por poco me arranca la cabeza de cuajo.
-¡Pará, puto! -grité indignado. El portón se derrumbó y levantó una espesa capa de polvo. Me llamó la atención el movimiento de unas manchas blanquecinas que se desperdigaron nerviosas por el piso tras la caída del portón. Me agaché y concentré mi visión en el suelo. Me asombró descubrir una vasta ciudad que se extendía por todo el terreno, los edificios no eran más altos que un alfiler y las dimensiones de las personas eran microscópicas, era muy poco lo que podía adivinar. Sin salir de mi asombro alcé los pies y observé la magnitud del desastre que armé con mi inocente ir y venir, con el breve paseo que tuve entre que golpeé la puerta y me hice a un lado, miles y miles de hectáreas en miniatura quedaron arrasadas y no podía medir el desastre que armó la puerta, si es que había población donde había caído. La verdad que toda aquella civilización microscópica, me desvelaba. Recordaba en un acceso de cultura —no confundir con culturismo— las divagaciones de Pascal cuando hablaba de sus microuniversos. Todo un adelantado, el tullido. Me provocó pánico realizar un solo movimiento, comenzó a pesar sobre mi conciencia la certeza del genocidio. Con un paso que diera hacia un lado acabaría con un millar de vidas. Sin moverme. Me incliné e intenté observar ese mundo que apenas podía entrever sin anteojos de aumento. Era una ciudad muy similar a las que uno imagina cuando piensa en la Alemania del romanticismo. Con sus catedrales, sus casitas de techo de paja y tejas de madera. La población era rara, aunque observaba todo con un matiz nublado, me pareció entrever que a cada poblador le nacía un par de alitas en la raíz de sus omoplatos. Pequeñas alitas de micropalomas que les permitía trasladarse de acá allá como semillas de panaderos. Los observé presas de una excitación enfebrecida, claro, los tres pasos que había dado sobre su ciudad, habían significado lo que una bomba atómica para un japonés, cuyos hijos radiados harían la patria en la Argentina post peronista trabajando de tintoreros y traficando bonsáis de mariguana. Intenté capturar a uno de los diminutos angelitos, pero devasté más de cinco manzanas en el intento. Sospecho que aniquilé niños, ancianos y vírgenes por mi capricho, así que volví a alzarme y di un salto —que se habrá llevado otro millar de vidas—, para ubicarme encima del portón que volvió a cerrarse catapultándome al corazón del castillo. Por un momento me arrepentí de mi presura por penetrar las fauces de la fortaleza, me dio vueltas en la cabeza el recuerdo del liliput arrasado por mi presencia titánica.
Me fui de boca, no atiné a colocar mis manos por delante para amortiguar la caída. Esas mañas de mal-aprendido... El golpe me dolió bastante y me puse panza arriba como un gato, tomándome el mentón para amenguar un poco el dolor. Después de eso me quedé en babia observando el cielo plastificado. Descubrí al moscardón que pasaba volando por ahí arriba, alcé mi mano vegetal para llamarlo, pero siguió de largo. Si me vio; se hizo el fesa. Me recliné sobre el suelo y miré el rectángulo. No era nada del otro mundo y como otras cosas de esta ciudad, parecía de cartón pintado. Por un momento lamenté no tener los anteojos encima, nunca los llevaba conmigo por esas cosas de la vanidad violada que ni los más feos pueden sacarse de encima. Adiviné una silueta enorme, escondida bajo una de las arcadas de la fortaleza. Era un verdadero gigante, mitad del cuerpo lo tenía dentro y la otra mitad lo sacó afuera de la galería para observarme. Un bicho fuerte.
—¡Eh!
—Sí…
—¿Tenías que ir al baño? Está acá adentro, acercate que te indico.
Salió del ángulo y se puso de pie. La cabeza le llegaba a la altura de la atalaya. Es decir que medía casi tres pisos de altura. Era un portento. Tenía una boca enorme y con buena dentadura. Los ojos eran amarillos y la nariz apenas dos orificios perforados sobre la cara. El pelo negro y grasoso le caía hasta la cintura, con algunas trenzas mal hechas. Vestía un taparrabo de cuero viejo y sucio que apestaba a basural. Se colocó de cuclillas y me observó inclinando un poco la cabeza.
—Por esto no te hicieron cagar ahí afuera…
—¿Eh?
—Los ángeles…
—¿Quién?
—Los turros que me sitiaron acá… Los mandan de arriba. Para cagarme. No me dejan salir.
—Los… ¿Quiénes? —estaba por decir los “enanos” para referirme a los seres microscópicos que encontré allá afuera, pero lo hallé poco adecuado, amén que me sorprendió una náusea feroz cuando recibí el embate de su aliento pútrido sobre mi persona.— ¡Pufff! ¡Viejo! ¡Por Dios! ¿Comés mierda, vos? ¡Qué aliento a muerto!
El monstruo se echó para atrás asombrado, hizo un hueco con su mano derecha y sopló y aspiró al mismo tiempo.
—¿Tengo mal aliento? ¿En serio? ¿En serio?
—¡Puff! ¡A ballena muerta!
—¿En serio? No me digas eso… Me matás… —se dejó caer como anulado por la noticia.
—¿Y por qué te tienen sitiado?
—Bueno, es obvio, el día que se me dé por pasear por su ciudad voy a reventarlos a todos. Y como son gente prudente, no pueden permitirse ese riesgo, así que me tienen sitiado acá adentro hasta que reviente. Ya me comí a todos los caracoles que vivían en el castillo. ¡Pobres! ¿Vos sabés que también estaban sitiados? Mirá…
Abrió la palma de su mano, cuyos dedos eran tan gruesos como un eucalipto de veinte años, y me mostró unos caparazones vacíos de color rojizo.
—Pero… Son caracoles… Te comiste a los caracoles rojos…
—Es que no había nada más. Vos no sabés lo que me costó… Eran tan buena gente. Hicieron todo por mí. Me atendieron así. Pero, ¿qué iba a hacer?
—¿No sabías que estaban en guerra?
—Sí, me contaron que estaban sitiados por otros caracoles, desde hacía milenios. Pero me los comí a todos. Tengo tanta hambre. Al principio lo hacía con carpa, un día un puñadito, pero después no aguanté más, no dejé ni a uno vivo. ¿Qué querés? Si no puedo salir…
—Pero —intenté encontrarle lógica a aquel embrollo estúpido— hacé una cosa sencilla, salís como en tu casa y los reventás a todos a pisotones.
—Sí, gustoso, pero explicame cómo salgo por esa puerta. Estoy encerrado. Es demasiado chica para poder escaparme.
—¿Y cómo entraste?
—No, no… Me quedé dormido y me cayó el castillo encima. Cuando me di cuenta ya era tarde.
—Pero si podés salir tranquilo. Mirá, trepá ese muro, pasás tu pierna del otro lado y listo. ¡Estás afuera!
—¡Nac! Hay un foso afuera. Un abismo horrendo que conduce al centro de la Tierra donde viven los yhudis…
La verdad era que no había visto ningún foso allá afuera, pero mi principal preocupación en ese momento no era cómo lograr que el ogro escapara, sino cómo lograr que no me almorzara. Escuché un aleteo macabro y vi posarse sobre una de las torretas a dos seres con cuerpo humano y cabeza de buitre, como figurando mi destino.
El ogro se hurgaba la nariz con la mirada vacía. No parecía tener mucha hambre, sus ojos transmitían toda la angustia que lo embargaba. Parecía un tigre enjaulado. Se lo veía con esa rara resignación que a veces demuestran las bestias en situaciones sin salida. Un poco cansado apoyó el culo y se cruzó de piernas. Sin mucho más que agregar comenzó a desprender la mugre que se alojaba entre los dedos de sus pies. Apoyaba la yema de su dedo y roía la suciedad que apestaba a queso rancio. Yo me interné en unas de las galerías e ingresé al castillo.
Era un desastre, los muebles y las armaduras tiradas en el piso, una cosa impresentable. No podía asegurar qué pasó ahí dentro, ¿una batalla o una orgía? Los pisos, las paredes y el techo estaban embadurnados por una estela plateada de saliva seca. Señal característica de los caracoles que habitaban la fortaleza antes de mudarse al estómago del monstruo. Sobre las paredes colgaban unos tapices algo apolillados, retrataban la apoteosis del doppelgänger sobre el mundo. Un Hitler desnudo y atlético alzando el planeta, cual Atlas, sobre sus hombros y a sus pies dos figuras animales, vencidas. El cuero de un león viejo, con las fauces abiertas y la corona ladeada sobre su cabeza y un águila calva atravesada por una flecha con las patas apuntado hacia el firmamento.
Enfrente de este tapiz había otro, algo desgarrado, que retrataba el futuro en que la raza elegida emergerá de los abismos de Agharta y reconquistará la superficie. Un cuadro de concepciones clásicas, ajeno a los impulsos modernos, se detenía en los detalles hermosos de la raza aria, iluminada por suaves tonos anaranjados de un sol crepuscular, luchando contra los oscuros y deformes seres del exterior que caían en los abismos que se abrían bajo sus pies. La verdad, siempre me agradaron los dibujos de corte realista con motivos épicos y me quedé un buen rato observando estas dos obras supremas.
Tras empacharme con los tapices me acerqué a una abertura y espié a través de un estrecho ventanuco que se abría sobre la pared de la pieza. Descubrí a mi gigante cabeceando sobre el patio del castillo. La cabeza se ubicaba dos pisos por debajo de donde yo estaba. Me acerqué a la curva de una escalera, abandoné el recinto y continué mi ascenso. La escalera estaba construida con adoquines y era muy amplia, describía una curva pronunciada a medida que se elevaba porque llevaba a la torre más alta del castillo: la atalaya. Divagando me tropecé y volví a caer de boca. Pensé en jugar a la caída en la quiniela. Pero estaba muy lejos de una agencia y además nunca jugaba a nada. Por esa certeza que tenemos algunos de la línea que sigue nuestro destino. Un hombre-buitre se posó sobre una de las ventanas de la torre. Su cuerpo era delgado y algo plumoso. Tenía una apariencia enferma y su cabeza era demasiado pequeña para controlar su cuerpo de homínido. Me observó con sus ojos rojos y graznó alguna incoherencia. Palmeé con fuerza, el hombre ave se asustó y se arrojó al vacío. Cuando me asomé por la ventana para ver a dónde había volado, sumergí mis manos en una torta nauseabunda de mierda... del todo humana.
—¡Uffffff! —aullé asqueado.
Apoyé las palmas sobre la pared y realicé un movimiento descendente y brusco para quitarme la parte más gruesa de la inmundicia. Después me limpié sobre mis pantalones, era conciente de que los echaba a perder. Pero como, por contrato, en el trabajo me dan dos pantalones al año; todavía me quedaba uno indemne en casa. Y después me quité todo el resto que quedaba entre dedo y dedo. Las manos seguían húmedas y pastosas y no pude evitar acercarlas a mi nariz y testear qué tan mal hedían. A la primera aspiración casi largo todas las raíces que me desayuné en el pantanal. Apestaba a leche podrida. Fue suficiente.
Llegué a lo más alto de la torre refregando con frenesí mis manos sobre los bolsillos traseros de mis pantalones. Era el lugar más adecuado. El hecho de tener dos dedos con forma de tallo no hacía más sencilla la tarea higiénica.
Corrí una traba y penetré en la torreta. El aire era más frío ahí arriba. El panorama; bastante desolador. Las nubes se desplazaban a baja altura y tenían una coloración cobriza, fruto de una fuente de luz desconocida. Me asomé como un nene sobre la cornisa de la torre y miré hacia abajo. El gigante dormía. Volví a observar el horizonte, —aunque no existía tal cosa— y me llamó la atención las luces de unos reflectores que ascendían y traspasaban las nubes como rayos letales. Después de eso escuché un sonido grave como el de tambores de batalla y vislumbré una cabeza titánica que se alzaba suspendida en el cielo. Era la cabeza de Hitler o la de su inmundo doble. Un fantoche de cuarta. Gesticulaba como un mongólico, lo observé con una mezcla de fascinación y angustia. Hacía con la cara esos visajes que uno tiene cuando se aguanta un estornudo o cuando se aspira de improviso un pedo espantoso. Se escuchaba el rumor de su discurso. Palabras fuertes, en alemán, un idioma que me era ajeno. No podía saber si se trataba de un holograma o de una testa real. Intenté también dilucidar a qué distancia se encontraba, porque la ciudad de Agharta estaba donde residiera el doppelgänger. Pero no hubo caso, las distancias y los tiempos eran cosas difíciles de elucubrar y nunca me destaqué por ser una persona con muchas luces. El doble estaba ahí, dándose aires de gran señor, no sé lo que decía, pero ya iba para largo. Estaba inflado como una gallina enojada y se relamía el bigote de puro gusto. Se podía oler el ozono en el aire. Dos buitres humanoides salieron de una formación espesa de nubes. Revolotearon sobre mi cabeza y graznaron como condenados. Hacían un bochinche de no creer. Agité los brazos para que se fueran, porque tenía los huevos al plato de escucharlos.
Nada.
Eran caprichosos, bochincheros, lo repito. El doppelgänger -en realidad el nuevo Fito, porque de doble ya no tenía nada, si el original yacía quemado en Berlín- comenzó a mirar para mi lado, molesto, como asqueado por el zumbido de un mosquito que le estuviese trepanando los tímpanos. Intenté ocultarme detrás la cornisa. No quería que el bigotudo me clavara los ojos, me gusta mantener el perfil bajo. Los hombres buitres se posaron en el borde de la cornisa e intentaron picotearme la pelada con total desenfado y sinvergüenza.
-¡Ehhh! ¡¿Tan locos?! -alcé las manos sobre mi cabeza y mantuve el cogote dentro de mis hombros. Me embargó un sentimiento pesado de desesperación e invoqué en mi memoria la figura de algún héroe literario, bien ficticio, que me ayudara a sortear el mal paso. Me acordé de Kiling, el asesino sexópata, empilchado con la calza de esqueleto y me empapé de coraje. Me puse de pie de un salto y estiré los brazos como si me estuviese desperezando, pero fue una cosa violenta que agarró desprevenidos a estos bípedos semi-implumes. Se quedaron aleteando en el aire, gimiendo con sus picos abiertos, eran pura indignación. La paciencia no era el fuerte de estas cosas. A uno alcancé a darle un cachetazo feo en la cabeza que lo dejó remolinando en el aire, en caída libre. Terminó sobre la cabeza del gigante que, huraño, lo aplastó como si se tratase de un insecto molesto. Me provocó un sentimiento hilarante observar aquel desenlace trágico. El compañero graznó espantado y me clavó una mirada llena de rencor. Yo me alcé de hombros y le arrojé un escupitajo cargado de moco que osciló sobre el pico. El bicho pegó media vuelta y se dio el raje. Me golpeé el pecho a lo Tarzán -confieso que lo hago muy bien- y pasé la palma de mi mano derecha sobre mi cabeza para significar el desprecio que me provocaba.

jueves, febrero 05, 2009

El pozo ciego, bolsilibro -capítulo 6-

Resumen del capítulo anterior: Laiseca viaja al pasado para comprar cigarrillos, pero se arrepiente y busca trabajo en una curtiembre. Al tercer día, en un descuido imperdonable, sufre un accidente y una de las máquinas lo mutila . Nunca llega a escribir ningún libro y Los Sorias no pasa de ser un deseo inconexo. El mundo termina luego de una agonía de cincuenta y tres años.



Capítulo seis
Una jornada con los gnomos del infierno




El reloj, el casio, seguía ofreciéndome esa constelación infinita de horarios, terminé por no prestarle atención y guiarme por lo que mi cuerpo me sugería. Si me temblaban las piernas, me tiraba al piso y descansaba. Para comer siempre me arreglaba con raíces o con tubérculos que encontraba aquí y allá. El paisaje comenzó a espesarse a medida que avanzaba. Se elevaban del suelo pequeños árboles que eran todo raíces y obturaban bastante mi avance. Ahora, en vez de caminar, debía entretenerme tratando de evadir estas protuberancias que se presentaban de cualquier modo y amenazaban con arrancarme un pie en caso de un tropiezo accidental.
A pesar del espeso aguacero que vomitaba el cielo y de la escasa luz que había, descubrí, acechando, a una serie de personajes de pinta poco amenazante. Eran, como la mayoría de los bichos que pueblan Agharta, cabezones y petisos, pero su originalidad residía en las pesadas armaduras que portaban con vana gallardía. Los pequeños gnomos del infierno me seguían el rastro, pero no se dejaban ver con libertad. Algunos me chistaban, otros se frotaban la armadura con grasa para que el agua no oxidara sus delicados cerrojos y componentes. Cuando me sentí cansado, dejé el mandoble sobre una de las raíces y me apoyé sobre otra. Los bichos se acercaron y me rodearon. Sus cabezas parecían bombitas de vidrio, sus ojos eran enormes y luminosos como antorchas, sus bocas eran una hendidura en el rostro y la nariz apenas dos agujeros en su cráneo etéreo. Tenían el cabello ralo, escaso y canoso. Sus delgados cuellos emergían del cogotero de sus armaduras y les prestaba un aire muy poco marcial. Portaban con orgullo un variado abanico de armas que iba del
hacha de combate, la espada al garrote. Los dejé acercarse con confianza hasta sentir su pútrido aliento ventilando los pelos de mi nariz. Me sentía seguro en aquel mundo de locura. Uno de ellos, el más pequeño, apartó mi mandoble con esfuerzo sobrehumano. El resto de los subhumanos me tomaron por sorpresa y me sujetaron los brazos y las piernas. Impidieron cualquier tipo de movimiento y plan de fuga. Cuando me vieron preso, se tentaron y los conjurados comenzaron a reírse de una broma que estaba más allá de mi comprensión. No ofrecí mayor resistencia, porque supuse que en aquella región subterránea del planeta las cosas se planteaban de otro modo. Me dejé hacer.
Ah, pero estaba errado.
El más enano, el más miserable de aquel grupo, tomó su hacha, la elevó por encima de su cabeza y me rebanó de un golpe dos dedos de mi mano izquierda. Primero me asusté. Un acto violento tan repentino le quita el aire de los pulmones a cualquiera y aventuré un: ¡Ay! De esos que suenan angustiados. Después, y con esto digo, tres milésimas de segundos, el cuerpo se llenó de dolor, espanto, pérdida, angustia y aullé. Pensé que los bichos iban a largar la presa, pero no. Me tenían bien prendido y uno de ellos se había metido en la boca mi mano mutilada y se tragaba la sangre derramaba como si fuese si mis dedos fuesen el pico de una mamadera. Pero el miedo y la violencia son hermanos, y arrebatado por el espanto me encontré infundido de fuerzas sobrehumanas y tomé con mi mano derecha al que tenía más cerca, lo alcé y lo arrojé muy lejos. A otros dos les inutilicé sus mejores partes a fuerza de puntapiés. El único que seguía prendido a mí era esa sanguijuela asquerosa que mamaba de mi herida como una criatura hambrienta.
-¡Si serás joputa! -tomé una pequeña hacha que tenía a mano y le hundí el cráneo de un golpe. Pero me equivoqué. La cabeza se hundió como una goma y volvió a adquirir su forma normal. La boca seguía tan adentro como siempre, algo me dijo que mirara sobre mi hombro. Lo hice y observé a uno de estos condenados elevar su espada con la firme intención de arrancarme una pierna de un golpe. Falaz, me di vuelta y lo empujé lejos de una patada. Al otro bicho le tapé los dos orificios olfativos con los dedos de mi mano derecha. Adquirió una coloración azulada y después boqueó como un pez fuera del agua, era la oportunidad que estaba esperando. Lo arrojé lejos. Se debatió un momento en el lodazal inmundo como un bebé caprichoso y luego su estómago comenzó a hincharse hasta que la pechera se desprendió como un pedazo de lata. Los salvajes lo rodearon y sin preguntar esta silla es mía, le hundieron sus afilados colmillos aquí y allá. La sangre, mi sangre, fluía como una cascada sobre el cuerpo de aquella garrapata condenada. Aproveché el momento para ensayar un torniquete para cerrar mi hemorragia, pero para entonces se había formado un cascarón sobre mi herida. Asombrado alcé la mano sobre mis ojos y observé una protuberancia que emergía del cascarón. Un poco asustado le negué importancia para acallar mi conciencia que me vaticinaba una muerte pronta y dolorosa. Enfurecido, intenté reventar a patadas a los enanos del infierno pero, más ligeros y veloces que yo, se mantuvieron a una distancia prudente. Me percaté de que observaban con aquellos ojos vidriosos la mano que tenía herida, en su mirada pude leer cierta dosis de ansiedad y locura que no colaboró con mi tranquilidad. Desde aquel momento siguieron mis pasos. Tomé mi mandoble y me puse en camino bajo el aguacero que no tenía pinta de amenguar. Mis pies se hundían hasta los tobillos en un suelo lodoso e anegado. Pasaron las horas y los enanos me seguían el paso, pero sin prestarme mucha atención. Hablaban en grupos y algunos se perdían allá adelante. El bosque seguía tan enredado como en un principio. Y entonces me topé con un culo.
Enterrado en el barro, apuntaba hacia el cielo. Sólo el culo. La espalda y las piernas sumergidas en el barro y el culo afuera como una flor. El ano dilatado, boqueaba desesperado. Me detuve a contemplar ese espectáculo tan extraño y los petisos vampiros hicieron alto conmigo. Era todo un cultivo de anos. Acá y allá afloraban de la tierra como hongos. Si se le ponía atención al asunto se podía percibir el sexo de los desafortunados topos. Las bolas o la vagina asomaban con timidez de la superficie terrosa. Los gnomos tomaron unas ramas de rebordes afilados que flotaban en los charcos y se entretuvieron un rato enterrando el ramaje dentro de las aberturas que presentaban los inconsecuentes. Lo hacían con violencia, algunos extraían las entrañas al retirar el palo, otros destapaban cañerías, pero no escuché un grito ni vi ninguna persona que emergiera de la tierra. Al ser agredidos, como las anémonas, cerraban sus bocas intestinas y se sumergían en la tierra como lo harían en una superficie acuática. Era un espectáculo de lo más curioso. Al principio no pude evitar sonreír de la desgracia de estas cosas, pero después tuve esa empatía rara que tenemos a veces con los seres indefensos y me dio cosita. Cosita que un día yo tuviera ese destino y me enterraran un palo en el orto. Puse punto final a la picardía.
-¡Chitttsss! ¡Euh! ¡Corténla!
Los enanos estaban viciados y tuve que gritar muy fuerte para que me prestaran atención. Le tomaron manía y yo dejé de parecerles interesante. Uno de ellos levantó el cogote y después siguió en sus trece. Intercambió con sus compañeros una seña de complicidad y me dio a entender que yo era poca cosa como para importunarlos por nada. La suficiencia de estos petisos me puso un poco malo. Así que con el agua hasta las rodillas, decidí poner punto final a la impertinencia. Me acerqué arrastrando el mandoble, los bichos estaban sentados sobre un culo enorme. El enano más viejo, que poseía unos ojos saltones y oscuros como un sapo, cumplía el papel de macho alfa. Tenía el brazo enterrado dentro del ano del desgraciado. Los cofrades lo azuzaban para que continuara con su indagación anatómica. Cuando los tuve a tiro, alcé el mandoble sobre mis hombros y medio aguado por la tormenta y por la lluvia les grité:
-¿La van a cortar?
El indagante retiró el brazo y, al mismo tiempo, se coló por aquella enorme cavernosidad un pedo espantoso que tronó más fuerte que el temporal que me asfixiaba a baldazos. Los enanos se taparon la boca para aguantar la risa, pero les fue imposible. A pesar de mi entereza moral, no pude permanecer ajeno a tamaño eructo intestino. Me reí con ganas y me cambió el humor. Me sentí liberado. Como que no me importaba tanto el tema de perder el presentismo o, en última instancia, el laburo. Que los giles de allá arriba se quedaran con sus sueldos, su cafés, sus logros rengos y toda la bosta. A mí me gustaban estos deformes albinos.
Giré la espada y rebané tres cabezas y la mitad de otra. Quedaron dos más a tiro que no atinaron a moverse. Después de eso, como colofón de mis hazañas, enterré hasta el mango la espada en aquel culo monstruoso. Los dos enanos se empecinaron en retirarla. Era una visión hermosa. Aquellas dos bestias, bajo los rayos y la lluvia, montados encima del culo y tomando por el pomo la espada enterrada hasta las entrañas. Ambos sumaron fuerzas, pero no tenían lo necesario. Por un momento me sentí tentado de retirar el mandoble de ahí, pero luego desistí ante las eventualidades nefastas que podría acarrearme esa acción.
Los enanos estaban colgados al pomo, ajenos a cualquier cosa que no fuera arrancar la espada de ese ano aberrante. Presentí la inminencia de un terremoto, de una gran desgracia. Se me estrujó el estómago de espanto y las palmas de mi mano sudaron como las bolas de un mono. Di tres pasos hacia atrás, despacito, para que no se avivaran que estaba reculando. ¡Entre tantos culos! Me tropecé con un montículo de carne y caí de espaldas, mis pupilas se dilataron de horror. Ese espanto que nos provoca confrontarnos con el vacío. Pero fue un camino corto, al horror, le sumé la vergüenza y el rencor de verme en una posición tan patética. Los culos parecían gemir de alegría ante mi desgracia, sonaba una orquesta de gases y emergían de esos agujeros carnosos altísimas chorradas de líquidos internos. Me puse de pie y levanté los brazos como un espantapájaros, en esa pose típica que todos tenemos cuando somos víctimas de un accidente vergonzoso. Contemplé resignado el lodo y la mierda que cubría mi cuerpo. Me agaché y ahuequé la mano para tomar un poco del agua pútrida y estancada que cubría el pantano y enjuagué lo que pude de aquel desastre. Confiaba que la lluvia se encargaría de asearme con creces. Después de eso miré a los enanos, se habían aburrido de jugar con la espada, y estaban pegados a mis rodillas con la nuca tirada bien atrás mirándome desde la distancia.
-¿Qué?
-Pedro y Pablo -dijo el más feo.
-Que nombres tan inspiradores. -me alejé para esquivar un golpe en los huevos que estaba seguro de recibir, entendía la mecánica de ese universo cruel. Pero me equivocaba. Se miraron entre sí y volvieron al ruedo. Me tomaron la mano izquierda y pensé que iban a volver con su manía vampírica, pero no. Me llevaron la mano a mis ojos y vi algo que derrumbó mi entereza. De mis dedos mochos nacían dos ramitas delgadas, se asemejaba a un poroto germinado. Dos brotes delgados que se movían al compás del agua y el viento. Estuve tentando de arrancarlos, pero los vi tan unidos a mi naturaleza que no me faltó el valor suficiente. Intentaron frotarme la mano sobre mi cara, pero de un tirón me deshice de ellos.
-¡Eh! ¡Paren!
Los enanos volvieron a clavar sus ojos en mi mano brotada y se distanciaron un poco de mí, pero no me perdieron de vista. Había algo en aquella cosa que me estaba saliendo en la mano que les fascinaba. Yo volví a fijar mis ojos en esa cosa y no pude determinar qué cuernos era, la verdad que parecía una germinación. Dos brotes de soja, algo repulsivo. Por un momento barajé la posibilidad de que me estuvieran naciendo dos dedos nuevos, pero deseché la idea por estúpida. La sangre se había secado alrededor de la herida y a través del coágulo nacía esta ramificación que al tocarla podía sentirla como parte de mi cuerpo, aunque no contaba con articulaciones.
Seguí caminando y atravesando ese bosque enraizado que dificultaba tanto mi marcha. Los bichos me seguían y lo único que flotaba en mi cabeza por entonces era el peso de la culpa de haber abandonado el mandoble dentro de ese culo espantoso. Rescaté del suelo un garrote, un trozo considerable de una raíz que se había desprendido del resto y que tenía la forma y consistencia ideal para reventar cráneos. Lo enarbolé en el aire un rato y me lucí. Los monstruos se detuvieron a unos metros y fijaron sus ojos de auto sobre mi fanfarronería:
--¡Bueh! -gritaron y se palmearon los muslos en un acceso incontrolable de admiración. A pesar de ello, mantuvieron una distancia prudencial. La bipolaridad es un rasgo característico de los seres que pueblan Agharta y que se fusiona muy bien con sus conductas absurdas.

martes, enero 06, 2009

El pozo ciego, bolsilibro -capítulo 5-

Resumen del capítulo anterior: tal cual, tal cual el último capítulo de la serie de Shrek, el sheik.


Capítulo 5
La guerra de los siglos

Este se lo dedico a mi amigo Pablo por el ímpetu sexual que exuda su ano.
La soledad repentina me llenó de dicha. Además de sacarme de encima a toda la plana mayor de mi trabajo, me deshice de esos giles cargosos que iban de extraterrestres. El sólo hecho de no tener a nadie encima sobándome la nuca me dejó bastante manso. Y arriba estaba esa cosa rara, parecida a una gelatina de acero que adquiría formas caprichosas. El cielo de Agharta. Todo un universo. Embobado por el paisaje exótico permanecí estupefacto en una contemplación que tenía mucho de éxtasis religioso. Tengo, como todos, esos largos momentos de babia, donde me enajeno con la nada.
Es que no era para menos. Un cielo hechizado que atraía toda mi atención. No se podía evitar, aunque apelara a toda mi voluntad. Era más fuerte que uno. Estaba hechizado, lo digo de nuevo.
Un movimiento aleatorio en el espacio me arrancó de la hipnosis como un baldazo de aire frío. Era una mancha oscura. Gorda y verdosa. “¡Un ovni!”, grité por capricho. ¿Qué “ovni”? Por sus movimientos errantes y sus vericuetos estúpidos no tardé en adivinar la naturaleza del avistamiento: una mosca vulgar. Sí, les corto el suspenso. Una mosca. Fácil, era de esas, de las más cochinas. Las verdes, las que se revuelcan en la mierda, las que encontramos en la carne abombada que nos vende el turro del carnicero cuando se pasa de piola. La misma. Aunque eso sí, E-NOR-ME. Un autito. Un fiat seiscientos. ¡Más grande! ¿Y el ruido? ¿Un helicóptero? ¡Chaucha y palito! Te aturdía. No miento, que no me gusta. Un bicho de lo más inmundo. Pero de verdad. Se puso a hacer piruetas en el aire. Algo estrambótico, como hacen las moscas. Con esos ojos multiplicados. Se mandaba la parte. El tamaño y unas piruetas divinas. Era de admirar. Todo un espectáculo. ¡Y gratis!
Pero al aire libre, lo importante.
Después de un rato aflojó y bajó hasta donde yo estaba parado. Una cosa simpática, llevaba un sombrero bombín en la sabiola y un toscano en la boca. Un dibujo animado del ‘30.
—Quedate mosca —me susurró y me codeó el estómago con uno de sus tantos codos, mientras se frotaba dos de sus manos como en señal de satisfacción suprema.
—¡Bueh! Si empezamos así…
—Os-val-do…
—Nada que ver: Bernardo, mi nombre —volví a mentir.
—No, imbécil, Osvaldo me llamo.
—Ah… Ta. Bernardo, ¿todo bien?
—Y si vos lo decís.
—Bah…
Se quedó mirando un rato el abismo que se presentaba ante nosotros, el camino se había esfumado, los edificios habían desaparecido y lo único que quedaba de todo aquel mundo era una pequeña isla terrosa que flotaba en un ambiente oscuro e intangible. Si me movía un ápice de donde estaba, me tragaba la nada.
—¡Qué pasó!
—¿Con qué? —me preguntó la mosca sin levantar la vista de un diario viejo que ojeaba con sumo interés.
—Digo… Y toda la tierra. No quedó nada.
—Y para qué querés más si no estás yendo a ninguna parte. Sos gil, ¿eh?
—Y ahora, aunque quiera, tampoco puedo ir a ninguna parte. No ves que vos sos el gil.
—Yo te llevo. No te pongas nervioso por nada. Sos medio histérico. Me das asco —dijo y comenzó a agitar las alas y a zumbar sin cuidado—¿’Tas apurado?
—No, supongo que ya perdí el presentismo.
—Bueno entonces no gastés pólvora en chimango, haceme el favor. —y cambió de lugar el cigarro de su boca en gesto desganado.
—Si no te molesta, me gustaría pisar sobre suelo firme.
El tipo levantó sus ojos, esos ojos sin párpados, bolas de vidrio esmerilado, y me contestó:
—Hacé una cosa, porque se ve que no entendés que estoy cómodo, leyendo el diario, informándome… Hace una cosa, tirate. No te va a pasar nada. Yo después te alcanzo, ¿eh? Después te alcanzo.
—Bueno…—el tipo me había enervado como nadie, así que no le di tiempo a razonar. Lo tomé por el cuello, si es que tenía cuello, y me arrojé con él al abismo. Nos quedamos un rato dando vueltas en el vacío. No tardó en aparecer bajo nuestras cabezas la superficie del foso. La tierra se acercaba a una velocidad de pesadilla. Me aferré como pude a las piernas pringosas del monstruo y cerré los ojos para no tentarme y soltar mi asidero en un arrebato de horror. No era una cosa linda de ver. Me reproché mi necedad y mi arrojo descerebrado. Mientras nos acercábamos a nuestra muerte, el moscardón comenzó a darle pitadas profundas a su habano. Se lo veía contento y despreocupado. Cuando la cosa se puso negra y la idea de transformarme en una tortilla de carne y tripas fue una realidad, mi mosquito comenzó a mover sus alitas con movimientos displicentes y remontó vuelo.
—¡Qué canguelo que te agarró! ¿Eh? Al final no servís para un joraca. Tenés de todo, pero poco. Fijate en mí: muchos ojos, muchas manos, muchas alas, mucho culo. Soy un lujo. Mejor que sobre y no que falte. ¡Grabatelo!
Dicho esto, me balanceó en el aire con dos de sus brazos y me arrojó de un envión sobre su espalda, luego ensayó un vuelo rasante sobre la superficie. Un espacio desértico lleno de cráteres multicolores donde reptaban unos caracoles gigantescos. Poseían un caparazón extraño, de color oscuro que adoptaban las formas más caprichosas que cupieran en la imaginación de uno. Algunos se elevaban varios metros y parecían simples obeliscos, otros eran chatos y estaban cubiertos por matas de pastos y ramas secas. Los bichos apenas elevaban su cabeza y su andar era imperceptible a la vista.
—Vos fijate en estos pibes. Son un caso serio.
—¿Por?
—Mirá allá. Ves, casi sobre el horizonte, todas esas protuberancias. Son los caracoles rojos. Algunos dicen que son más bravos que los negros.
—¿Y con eso?
—Están en guerra, desde hace siglos. Todavía no pudieron enfrentarse. Los historiadores de estas babosas con carpa escribieron anales y anales sobre una guerra que nunca tuvo lugar. Muchos consideran que ambas castas se van a extinguir antes de poder enfrentarse.
—Y la bronca, ¿a qué se debe?
—Bueno, los de este lado son negros y los de aquel rojo. Es una cosa que no puede ser. No entra en la cabeza de nadie. ¿O miento?
Me reservé la opinión.
—Bajemos, así charlamos un rato con los pibes. —me propuso.
Descendimos suavemente. Para mí fue un alivio, porque el contacto de la mata pilosa que le alfombraba el lomo a Osvaldo me producía nauseas. La mosca levantó sus brazos, se sacó el bombín y saludó a todos dando un giro de 180 grados sobre el terreno. Un payaso. Me mantuve aparte para no quemarme.
—¡Tregua, tregua!¡Hola a todos!
Un caracol que estaba cerca sacó la cabeza y nos escrutó con sus ojos gomosos.
—Dale tiempo, son como los tartamudos, les cuesta arrancar —me susurró Osvaldo.—¡Juan! Te presento a un amigo: Bernardo. Es medio inútil, pero buena gente.
El caracol osciló un rato su mollera hasta que me puso nervioso. Se me dio por tocarle los tentáculos que le afloraban de la cabeza, pero los retrajo apenas al contacto con mis dedos. Como el bicho hizo un movimiento brusco, perdí el equilibrio y tuve que apoyar las manos en el piso para no caerme de culo. La superficie era pantanosa y al rato comencé a hundirme hasta las rodillas. Tuve que vencer la repugnancia e incomodidad que me produjo esto. Los caracoles, gracias a su cuerpo invertebrado se mantenían suspendidos sobre la suelo. Miré alrededor y observé que el número ascendía a varios millares.
—Van por todo.
El bicho siguió un rato con el bamboleo, como arrullándose con una tema meloso. Era bastante repugnante. Después habló. Supongo que a mi cabeza. Boca no le vi, así que me inclino por el aspecto telepático del asunto.
—Shiii… Pero el tiempo eshhh un gran enemigo… Shomos la cuarta generación que se enfrenta a eshos infames roshos en vano… Supongo que a eshoooosss le pasará lo mishmo —hablaba como a través de una bombilla. Tuve que esforzar mi oído para desenmarañar lo que decía— Me shamó Tarocco y este que está a mi lado —se refería a un enorme caracol parduzco— se shama Brau, esh mi mujer. Antes fue mi padre… El amor…
—Son hermafroditas —me susurró la mosca al oído, mientras me codeaba el estómago.
—¡Largá, boludo! —le grité.
—¿Cómo dice?
Osvaldo comenzó a revolotear a nuestro alrededor. Los caracoles ni siquiera gastaron energía en seguir su vuelo con sus periscópicos ojos.
—La exhistencia es demasiado corta y no seh corresponde con la holgura de nuestra ira. Esh lamentable que no nos alcance la vida para llegar a combatir a nuestros enemigos, pero esh nuestro vivo deseo que las generaciones que nos precedan lo alcansssshhhen.
—¡Qué interesante! —otra vez el choclo de estos tipos me revolvía el estómago.— Y digo yo, ¿por qué no contratan a un grupo de mercenarios, con muchos huevos, que se la banquen pero en serio para revienten a esos rojos hijos de puta que tienen en frente, eh?
Tarocco retrajo sus tentáculos y se mandó a guardar adentro del caparazón, lo mismo hizo su padre y fidelísima mujer y la manga de babosas que lo rodeaban. Siguió un emotivo arranque de furia. No me contuve, descargué el miedo que me embargaba, el terror inconsciente a perder el trabajo, a no volver a mi hogar –mi madriguera de vizcacha y todas esas pequeñas miserias que hacían mi día a día- y la ligó el pobre caracol que nada hizo para amenguar mi locura. Resistió el embate bajo llave, que otra cosa no le quedaba al pobre. Mientras maldecía y blasfemaba contra todos los dioses, el caracol largó una marea asquerosa de saliva, burbujeó como un detergente mientras yo pateaba su caparazón con furia homicida. En eso me doy vuelta y me encuentro a Osvaldo, trajeado y fumando su habano. ¡Un señor!
—Bueno, cortala. El bicho no tiene la culpa.
No dije nada. Me rasqué la barba que comenzaba a nacer en mi rostro y abandoné mi castigo.
Me agarró la misma culpa que me asaltaba de pequeño cuando se me daba por torturar seres indefensos.
Bueno, che. No pasa nada no te asustes. Ya pasó, ya pasó... Mirá, ¿sabés lo que vamos a hacer? Vamos a ir a reventar a los rojos, yo voy a ir. Me entendés, voy yo y los reviento. ¿Qué te parece? -le dije a la babosa para amigarme.
Osvaldo comenzó a masticar el habano con bastante fuerza, no pude adivinar si era signo de aprobación o rechazo por mi comportamiento. El caracol seguía en sus cuatro pero dejó de largar burbujas. Me quedé un rato parado con las manos en la cintura y comencé a distraerme con el zumbido de las alas de mi compañero que flotaba con desidia alrededor de mi persona.
-¿Vamos?
-Bueno...
Entonces sacó la cabeza de su guarida y extendiendo sus tentáculos hacia mi cuerpo, me acarició el rostro, al tiempo que me decía:
-¡Shhalvador! Tenemohhhssss una ofrenda para vohhhsss...
-Dádmela -dije con toda la afectación que fui capaz de reunir.
Se abrió una brecha entre los caracoles y surgieron de entre la turba y el barro dos bichos que parecían tanques Shermans. Eran enormes y su caparazón estaba recubierto por un moho lodoso. Se hallaban unidos entre sí en virtud a un mandoble hermoso que los atravesaba de parte en parte.
-Un arhhma que bien empleada puede hacer estragohhhssss en nuestras filahhss y en la de nueshhtrohhsss enemigohsss.
-Bueno -dije mientras me rascaba el mentón- yo pensaba en algo más drástico como el fuego.
El pobre bicho comenzó a babearse como un recién nacido por el pavor que le provocó la imagen que traje a colación.
A todo esto el moscardón se empecinó en arrancar la espada de los caparazones de los caracoles. Los moluscos se estremecieron de dolor, babearon a gusto y una vez retirado el elemento punzante, murieron.
-Dos menos. —concluí.
-Vamos, que se hace tarde. ¾me espetó el hombre mosca, mientras me daba empujones para ponerme en movimiento¾ ¡Dale, loco! ¡Ya te parecés a uno de estos lelos!
-¿No podías arrancar la espada con un poco más de gracia? No hubo ningún espíritu épico en tu actitud.
-¡Pero dejate de joder, parecés medio puto con tus manías de señorito! ¡Ya me pusiste de malhumor! No, no te subas ¡NO!
-¿Qué!?
-¿No ves? Bajó el cielo, ahora no puedo volar. ¿Querés que me rompa el marote?
-¡Pero qué macana!
-Van a tener que ir caminando -dijo un caracol que tenía cara de nada, pero parecía entrometido. -¿Vamos caminando?
-¿Y a vos qué te parece?
-A mí me parece que sí... -no terminé mi frase cuando tuve que atajar el espadón que Osvaldo arrojó al aire. Caminaba erguido y se servía de sus cuatro patas. Iba ligero, mientras que yo me hundí en el barro y cargando sobre mis hombros el mandoble toledano que pesaba como todos los pecados del mundo.
Nos internamos por un espacio lúgubre recubierto por una espesa neblina que apenas nos permitía ver la punta de nuestras narices. Las nubes se debatían como cachalotes en celo por encima de nuestras cabezas y rayos galvánicos las atravesaban de parte en parte. A pesar de no tener un solo cabello en mi mollera, podía sentir el golpe eléctrico que éstos transmitían. Me hubiese bastado alzar la mano para transformarme en caníbal de ébano. Temí que el montante atrajera los rayos, pero se limitaban a viajar a través de las nubes y nunca emergían del piso.
-¡Qué país!
-¿Cómo?
-Nada.
Caminamos a través del fango hasta que tropecé con una raíz sumergida y caí de boca sobre unas algas putrefactas. Chapoteé y le rogué a la mosca que se detuviera. Le expliqué entre balbuceos que los huesos y los músculos pesaban más de lo que imaginaba. Me hizo una venia militar y se detuvo bajo la copa pavorosa de un árbol moribundo. Las ramas desgarraban la neblina y me recordaban las manos de una bruja dentro un caldero ardiente. Osvaldo se quitó el bombín, encendió su habano y adoptó una pose afectada que me enervó.
-Escuchame una cosa. ¿Y de dónde sacaste esos humos vos?
-Pibe... -pausa larga, aspiración del cigarro y subsiguiente bocanada con esferas de humo¾ ¿Vos tenés una idea de las veces qué fui y volví mientras vos bajabas el cordón?
Hice de vuelta así con la mano y me puse a masticar una raíz que había arrancado del árbol, no por hambre, sino porque me puse nervioso. Siempre tuve un poco de complejo de inferioridad y cuando saltaba la tecla me ponía un poco loco.
Después de eso seguimos caminando. De los rojos ni noticia. Intenté que llevara el mandoble, pero no tuve éxito. El cielo estaba cada vez más bajo y tuvimos que agachar la cabeza para evitar los rayos. Al rato se largó una lluvia finita, de esas que no se ven pero que te empapan hasta los huesos. La mosca seguía echando humo, pero ahora lo hacía por el culo. Yo no podía verle la gracia al asunto. Por un lado me ponía contento el tema de liberarme del laburo y estar ahí, en el centro de lo desconocido, pero por otro, también me ponía loco todo el sin sentido que me rodeaba. No podía dejar de asociar aquella marcha con los vanos traqueteos en el tren cuando me dirigía o volvía del trabajo. Toda esa cosa, esa angustia que me asfixiaba, la obligación de sumergirme en esos vagones de carne ardiente donde hasta mis pensamientos se prensaban como mi grasa y mis huesos. Era ese sentimiento de obligación, de semi-esclavitud, de ser consciente que uno vive para cumplir el sueño de otra persona. Todo por una miseria. Mi vida entera ahí.
Y ahora estaba en esta situación simpática, pero luchando una guerra que no pertenecía a nadie, cuando podía sentarme y dejar que el barro me cubriese hasta ahogarme. Pero no podía, me veía impulsado a seguir a esa masa verdosa que zumbaba de alegría cuando nos acaecía un percance o desgracia.
—Te voy avisando que ya no doy más… —ni siquiera se dignó a girar el cogote o, a falta de uno, el torso— No me vengas después con que no te dije.
—Vos sos más blando que los caracoles. Mirá. —y como prueba de su coraje apagó el cigarro sobre uno de sus brazos, delgado como una cuerda. El humo se entremezcló con la llovizna y ascendió a mi olfato un aroma particular y nauseabundo. Después de eso le agarró como un capricho y dijo— ¡Hagamos noche acá!
Lo miré un momento. Desconcertado. No tenía gollete lo que me decía. Y el bicho estaba en sus siete. Señalaba el suelo y decía: “¡Acá, hagamos noche acá!”
Hasta entonces le prestaba atención, me parecía un tipo bastante acertado en un mundo plagado de desaciertos. Pero la venía pifiando. Ya no me gustaba como venía el asunto. Tampoco me iba a poner a armar un escándalo. Concluí que lo más sano era seguir de largo y hacer de cuenta que el bicho, aunque llamativo, no existía. Para eso tuve que hacer bastante acopio de fuerzas, porque nunca me gustó hacer borrón y cuenta nueva. Yo quería escupirle en el hocico la inflada de huevos que me hizo comer desde que salimos de la ciudadela. Pero algo, un sentido común mucho más sabio que mi presión sanguínea, me aconsejó lo contrario. La lluvia se puso gruesa. El cielo se desplomaba sobre mi cabeza como una cascada y a pesar de ello seguí escuchando como el maniático insistía con su “hacemos noche acá”. No me quejo de aquel lugar, pero todos los seres con los que me topaba tenían un límite donde reventaban. Se taraban y se quedaban en sus cuatro. Para entonces había aprendido que lo más sabio era continuar el camino.
La guerra, esa guerra que no pertenecía a nadie, la iba a ganar solo. Sí, de caprichoso, nomás.

lunes, diciembre 22, 2008

El pozo ciego, bolsilibro -capítulo 4-

Soy famoso: antes que nada, pasen y lean mi nota en el fantástico blog de Bolsilibros, a ver si aprenden algo.
Resumen del capítulo anterior: Un enorme escualo anfibio destruye la ciudad esmeralda en un arrebato de furia. El Maxi se acerca al objetivo de su vida cuando se enamora de un ano prodigioso que vomita bengalas por su tripa. Mientras tanto, los piratas interestelares condicionan la música para hacer danzar a las estrellas.

Capítulo 4
Breve estadía en Agharta


Este capítulo se lo dedico a M. por su empeño heroico en lecturas pésimas.


Sin temor alguno me así de los cabellos y escalé la pared occipital del balero supremo. Una vez arriba me acomodé en el atrio exquisitamente tallado en marfil con motivos lúgubres y macabros, dignos de una catacumba parisiense.
—¡Eh! ¿Te gustá? —me gritó el barón mientras me llevaba a cococho.
—Es una belleza.
—Es el palco que uso para alguna fecha patria. Pero me pareció una ocasión espléndida. No tiene radio.
—No, no importa. Es hermoso. —me encontraba embelesado con el detalle de las tallas magníficas como para preocuparme por el tema de la radio.
—Bueno, pero radio no tiene, ¿eh?
—Ta, bueno. No hay problema.
Después de eso se quedó más calmado y nos deslizamos por la arena azulina como un bote en un lago plácido y nocturno.
Al rato me di cuenta que el tipo daba una vuelta larga, iba en círculos. Como noté que estaba un poco colifa, no quise molestarlo. Así que me mordí la lengua.
—Mirá, ahí va —dijo. Como no entendí a qué se refería, observé con mayor detenimiento el paisaje y noté que éste giraba alrededor de nosotros hasta semejar una pintura difusa. La cosa me produjo mareo, pero no tardó en detenerse. Cuando se compuso, se desplegó ante nosotros un paisaje por completo diferente.
—¿Qué pasó, cabezón?
—Nada entramos en el embudo. ¿Cómo querías llegar? ¿Caminando?
—No, obvio —me apresuré a contestar.
La cosa era extraña, llegamos a una ciudad con una arquitectura algo caprichosa que no respondía a las leyes que gobiernan el planeta, o la sección más ordinaria y superficial de éste. Se podían observar al pasar algunos edificios flotantes que iban de un lugar a otro. Me llamaron la atención unos raros cubículos esféricos que giraban hasta convertirse en pequeñas piedras no más grandes que un grano de café. La gente se arrojaba de la terraza de los rascacielos más altos y subían hacia un cielo rojizo que los conducía quién sabe adónde. No pude contener un:
—¡Increíble!
—Viste, es hipercopante. ¿Te gusta el cine mexicano?
—¿El cine mexicano? Me gusta el cine, pero ¿el mexicano? Ni idea. El de acción, me encantan las pelis de Chuck Norris: Fuerza Delta la vi cien veces, más o menos. ¡Invasión USA! ¡Qué película!
—Acá vive el Santo y Blue Demon, pero los originales. Y en la ciudad que está enfrente vive la troupe de Karadagian. Está la momia, te acordás, ¿no?
—De Karadagian, sí. Del Santo y Blue Demon ni en pedo.
—Hicieron un montón de pelis, pibe. Vos sos medio gil, ¿eh? A mí me encantan las pelis de luchadores, porque yo lo único que puedo hacer es poner la cara.
—Karadagian, sí —repetí como un eco, estaba fascinado por la visión que se desplegaba ante mis ojos. Un edificio barroco de más de cien pisos acababa de aterrizar frente a nosotros.
—Bueno, llegamos. Bajate, nomás.
—Gracias, che. —no terminé de apoyar mi pie sobre el asfalto cuando la cabeza se infló y elevó hacia las nubes del cielo rojizo.
Me puse a mirar y por una de las calles adyacentes se acercó un contingente escolar de unos cincuenta niños o eso parecían. Sus cabezas eran más pequeñas de lo normal y arrastraban los brazos por el piso. Los adelantaba el bochinche que armaban al cantar. Vomitaban una melodía repugnante y sin ritmo, a grito pelado. El influjo danzante de los niños sobre las personas tenía cara de brujería. Su cercanía convulsionaba las piernas de todos aquellos que estuviesen a tiro. Las personas bailaban con un frenesí descontrolado, pero una vez que se alejaban, el hechizo se desvanecía y continuaban su camino como si nada. Cuando pasaron a mi lado, mi cuerpo comenzó a estremecerse y ensayé algunos pasos de baile de modo involuntario, una fuerza mesmérica me dominó y fue más fuerte que mi voluntad que repudia cualquier tipo de danza. También pasó el influjo, aunque una fuerte sensación de pudor y abuso me revolvió el estómago. Por suerte tuve una revancha inmediata, fui testigo ocular de un accidente prodigioso. Escuché un silbido grave que ganó volumen hasta achurarme los oídos. Encogí los hombros y miré hacia arriba. Un edificio de unos treinta pisos, con un cartel feo e insulso que autoproclamaba. Escuela Enet N° 121193 cayó al suelo encima de los desalmados. No hace falta aclarar que los estudiantes se volvieron papilla y carne bien picada.
—¡Bueh!
—¡Acá se hace patria! —dijo un tipo que tenía al lado. Le faltaba la cabeza, pero remontaba su falta luciendo un traje elegante, de esos cortados a medida, no se le podía reprochar mucho.
—¡Viva la patria! —grité para no ser menos.
—¡Viva el conservador!
—Bueno, ¡qué viva!
No tenía idea quién era el conservador, me sonó a rosista y no me gustó ni la punta. Yo soy un alfonsinista a ultranza y todo el tema de los fascistas asesinos me repugna desde la cuna. Pero no por eso soy estúpido. Si en este lugar tenían ganas de vivar a un rosista o lo que fuera, yo no me iba a dejar las patillas unitarias para que me capen. De la puerta para afuera es una cosa… El tipo me miró un poco torcido, aunque no tenía cabeza, pero esas cosas se presienten. Esas cosas pasan.
—Tiene la cabeza bien puesta. ¡Y es calvo!
—Sí, es un talento familiar. —aduje.
—La calvicie en Agartha es bien mirada. Es un indudable signo de poder y masculinidad. Dicen que las personas calvas desbordan testosterona. Usted debe ser un amante invencible.
—Me han rogado que pare, es verdad, no me avergüenza admitirlo —a medida que me daba aires, el lugar comenzó a colmarse de gente que escuchaba con interés nuestro debate erótico. Una mujer, que tenía cara de mocasín, me interrogó:
—¿Qué le han dicho, joven?
—Bueno, me dijeron: “Papito lindo, basta por hoy que ya la tengo irritada de tanto meta y ponga…” Y eso lo juro por mi madre.
—¡Lo jura por su madre! ¡Es un devoto! —graznó la chusma.
—Me encantaría estar entre las piernas de este muchacho. —dijo un viejo.
—Es un metro-sexual.
—Gracias.
—Otros dicen que la calvicie representa para el inconsciente femenino el símbolo fálico en su plenitud y, a veces, esto mismo les provoca rechazo por un miedo primitivo al dolor de ser desvirgadas.
—Todo un licenciado.
—Un hombre que sabe.
—Observen qué bigote tiene en el ombligo. Una persona con estudios.
—Puede ser —contesté— el placer y el dolor son dos extremos que están entrelazados.
—El doppelgänger aprueba esos comportamientos. Pero de la puerta para adentro.
—¿Quién? —interrogué a una persona que tenía por cabeza una arveja.
—El gran fileteador, el arquitecto, el doble divino.
—Entiendo: su gobernante.
—El hacedor de nuestros destinos.
—¡La mierda que son complejos!
—¿Cómo dijo?
—Eso, ¿qué dijo?
—Que son complejos.
—No, no no. Antes de eso. No se haga el fesa.
—“¿La mierda?”
Dije “mierda” y seguidito me cayó un edificio encima. ¡Brum! No agrego detalles del cagaso que me pegué. Pero la suerte no me abandonaba, insólito. Adentro estaba hueco como una cajita de remedios. Se veían los agujeros de las ventanas y nada más. No tenía puertas y las aberturas me eran inaccesibles por la altura.
Lindo chiste. Afuera escuché un murmullo lejano y palabras en una lengua rara que tras devanarme los sesos deduje que era alemán. La voz sonaba lejana y parecía filtrarse a través de un megáfono. Me daba la impresión de que estaba dando órdenes, pero esto no lo puedo asegurar, porque es un idioma gestado para ser imperativo. Angustiado por mis prisiones comencé a reprocharme mis debilidades de espíritu ¡Quedé preso por una zoncera! Desde afuera gritaron los decapitados:
—¡Hágase el interesante ahora!
—¡Vuelva a utilizar ese vocabulario depravado! ¡Atrévase!
—¡Sea hombre!
Al rato se apaciguaron los ánimos o se aburrieron de mi persona. Se hizo un silencio pesado. No se escuchaba ni una hoja moverse. Cada tanto —y esto como en un eco lejano— sonaba ese barullo característico que hacen los edificios al derrumbarse, pero todo como una marcha marcial cada vez más lejana. No tuve que esperar mucho más para ver como mi edificio levantaba su base como si fuese una pollera y se alejaba a los tropezones hasta desaparecer en el horizonte.
Me rodeaban cuatro personas con unas caras chatas como monedas. Hice un movimiento brusco de cejas, con lo que quise significar todo. No parecieron comprenderme. Después tuve una inspiración momentánea y levante mi antebrazo derecho sobre mi hombro en un movimiento que aparentaba ser desganado y grité:
—¡Siegh Hai!
—¡Siegh Hai! —respondieron.
—Adónde se fue la ciudad, ¿me pueden decir?
—A donde ruge la bestia.
—¿Y dónde ruge la bestia?
—En el pozo…
—Sin ofender, pero es una conversación de estúpidos.
—No nos ofende que seas un imbécil.
—Bueno. ¿Y ustedes por qué se quedaron acá?
—Estamos esperando a los grises.
—¿Qué grises?
—Los extraterrestres.
Me limpié el sudor de la frente con el antebrazo, superado por la sarta de boludeces que escuchaba.
—Que deben vivir acá, ¿no?
—No, porque son extraterrestres. Tienen bases cerca de los polos desde donde realizan sus operaciones.
—Y… hay gente para todo —concluí.
Uno de los cara chata comenzó a mirar alrededor y a ponerse inquieto, los otros se hurgaban los bolsillos y no demostraban mayor interés en mi persona.
—¡Eh! —me gritó el inquieto— ¿Vos que vas a hacer?
—Y…ahora nada… No sé. Esperar con ustedes, ¿Qué les parece?
La mayoría se alzó de hombros, pero el otro hundió las manos bien adentro de los bolsillos rotosos de un shorsito que -para serles sincero- no era muy elegante. Igualito a uno que usaba de pibe. Esos shores azules que tenían los bolsillos color tierra por delante, tan sórdidos…
—Mirá… acá está. ¡La lista! ¡A ver! ¿Cómo te llamás vos, pibe?
—Mauricio… —mentí
—Vos no estás en la lista de elegidos. Mirá. ¡Mirá, eh!
Se había excitado el petiso, se veía que era una bombita de tiempo. El papel que me refregaba en la cara era una farsa, un mamarracho. Había dibujado un tipo con palitos, un sol y una casita que echaba humo por la chimenea.
—¿Eso qué es, gil? ¿La lista negra? Decime, a ver… —lo señalé para humillarlo frente a los demás. Pero el resto conjuraba entre ellos y no me prestaba atención. Se pasaban un cigarrillo 43/70 y escupían anillos de humo con pose misteriosa. El ataque me tomó por sorpresa y no me gustaba un cuerno, aunque confiaba en mis capacidades físicas y guerreras, sospechaba que estos bichos guardaban un as bajo la manga.
—Sos espía , ¿eh, guacho? Vos sos un espía.
—¡Pará, loquin! ¡Pará un minuto! Bajá un cambio. ¿Qué espía ni que mierda? Vengo de arriba. Soy vigilador del shopping. Nada que ver. ¿Espía? ¡Nada que ver!
Y entonces abrió la boca uno que había permanecido aparte durante toda la charla.
—¿Te puedo hacer una pregunta? ¿Si no te ofende? —dijo mientras le pegaba una pitada al 43/70.
—No me ofende… No me ofende —me apresuré a agregar.
—Te cuento. La cara de boludo te vende sola. ¿Te das cuenta? Escuchame, Oscar —se refería al barullero— este pibe no es espía. Mirale la cara. Es un taradito. Vos mirale la cara, mirale la cara de pobrecito que tiene. Un taradito. ¿Me vas a decir que no?
El tal Oscar se dio un golpe de lo más brutal con la palma de la mano sobre la frente y empezó a gritar:
—Ahí ta’: ¡un taradito! ¡Jua-jua-jua!
Alcé las cejas y me sequé el sudor con un pañuelo que llevaba en el bolsillo trasero.
—¿No usás carilina, pibe? —me dijo el que me tildó de “taradito”.
—No. Soy un chapado a la antigua.
—Dijo “chapado”… ¡jua-jua-jua! Este pibe es un caso.
Cuando comenzó a subirme la bronca a la mollera, se estacionó un colectivo frente a nosotros y bajaron tres enanos, cabezones a más no poder y con unas graciosas máscaras de luchadores de catch sobre los rostros.
—Los grises —me codeó el más sabio del grupo— hacete el fesa.
—¡Buenas tardes! —saludaron los petisos.
—Buenas… —respondimos.
—Lindo día para estar en la pileta, ¿no? —me dijo uno de los enanos cuyos ojos negro petróleo escapaban de la máscara azul eléctrico que ocultaba su rostro.
—¿Cómo anda la banda? —dijo otro que tenía una máscara roja.— ¿Todo mazorca?
Al ver que los muchachos no se hacían cargo, levanté el pulgar para arriba para indicar que todo iba sobre ruedas. El de la máscara roja recién entonces se fijó en mi persona, me señaló con el mentón e interrogó al resto:
—¿Y este payaso quién es?
—Uh… —dijo uno— es de otro barrio. Un ex-compañero de la escuela. Está buscando trabajo. ¡Sabés que buen pibe que es! ¡No sabés como te hace quedar!
—Pero este pibe no puede estar acá, tiene cara de buchón. ¿Vos no serás de allá arriba, no?
En eso estábamos cuando uno de los caripelas de moneda se coloca detrás de los grises y me hace aspavientos para que niegue todo. Hago una pequeña pausa para interpretar lo que me pide y después escupo un exagerado:
—Peeeerooo noooo… ¡Por favor!
—‘Cuchame gil, que no te agarre en falta porque te hago cagar. ¿Eh? ¡Así te lo digo!
—Son guapos ustedes, ¿eh?
El enmascarado se queda un ratito en babia, señala a su compañero con la cabeza y le dice:
—Miralo al pelado este… Mira que huevos que tiene…
—Bueno, ¿vamos o no vamos? —dijo uno de mis compañeros como para cortar por lo sano.
—¡No! ¡Sí! ¡Dale, vamos!
Se ponen a caminar y se olvidan del altercado confuso que acabábamos de tener. El hecho de verme forzado a acompañarlos me puso súbitamente de muy malhumor. “A ver, ¿por qué?” Me pregunté, ¿qué obligación tenía de seguir a esa banda de fantoches hacia la nada? Era mi única oportunidad en décadas de hacer lo que se me antojara y ya estaba sujeto y esclavizado a pasiones ajenas. ¿A quién mierda le importaba?
—¡Chicos! —les frené el carro, pero no me dieron bola o no quisieron prestarme el apunte para darse aires— ¡CHICOS! —elevé la voz— Que les den por culo, ¿eh? Yo me voy por otro lado. La verdad me chupa un reverendo huevo lo que hagan de aquí en más.
Los tipos, medio lelos, sí; no interpretaron el mensaje desde el vamos. Les llevó cosa de un minuto digerirlo. Ya me estaba perdiendo entre unos cráteres cuando uno de los petisos grises se me vino al humo:
—Pelado… Así que venís de guapo, nomás. Tragate esta entonces. ¡Pum!
Por un momento me sentí sorprendido y expectante. Sí, no era algo de todos los días ver a un humanoide, con máscara de luchador mexicano, hacer así con la mano y decir: ¡pum-pum! Como si te pegara un tiro. La verdad, que no miento, aguardé un instante como para darle tiempo al encanto, pero no resultaba. El tipo tenía una expresión de decepción que daba pena.
—Tengo un escudo antibalas invisible… ¡Gil!
Esa frase, que dije en el momento adecuado, pareció consolarlo. Tiró un par de tiros al aire, se acercó al trote hasta donde estaban sus amigos, cuchichearon unas cosas y me dejaron en paz. Desaparecieron detrás de una lomada. Minutos después, escuché un grito lejano que proclamaba:
—Metete el escudo antibalas en el culo… ¡En el culo! —los gritos se desvanecieron tras un eco de risas y luego de ese epílogo no los vi más.

sábado, diciembre 06, 2008

El pozo ciego, bolsilibro -capítulo 3-

Resumen del capítulo anterior: Alberto González compró una casa en tortuguitas con un crédito que le dio el banco. Pasaron los años y González pagó religiosamente su deuda. En otro lado del mundo, un chino compró un album de figuritas de los Thundercats y no pudo completarlo, en la luna los pitufos anhelaron las tetas de pitufina.

CAPÍTULO 3

LA CABEZA DE LOS DIOSES



Imagen cortesía de Golden Age Comics books stories

Vagué por un desierto de dunas azuladas que se extendían hasta perderse en el horizonte. Si miraba hacia arriba una espesa niebla ocultaba lo que era la cima de la caverna. Flotaba un aroma espeso a zoológico que me crispó los nervios, pero el silencio era tan brutal y definitivo que ayudó a relajarme. Además caminar a través de las dunas era como hacerlo sobre una espuma suave y cálida. Me gustó bastante la cosa.
A medida que avanzaba por esa tierra yerma, adiviné en el horizonte las caprichosas formas de una arquitectura titánica que se alzaba por encima de la arena, a una distancia que no supe definir en ese momento. La estructura tenía forma piramidal y se recortaba en el horizonte negro sobre negro. Pero apenas tuve contacto visual con el monumento, se levantó un viento helado y descubrí unos gusanos parduscos de un tamaño prodigioso que se deslizaban a mi lado. Emergían de la arena, expulsados de las profundidades. No parecían tener intención de acercarse, pero su mesura y forma repulsiva empeoraron mi estado nervioso. Eso, sumado a la certeza de que para entonces había perdido el presentismo en el trabajo. Y algo en mi interior me decía que no tenía que detener mi marcha. Los gusanos se multiplicaron por millares y me rodearon. Alzaban sus trompas y miraban alrededor. Entusiasmados, iban como de paseo, los pelmazos. Yo me hice el desentendido y me puse a silbar un tema de Sumo. Para darme humos de recio. Los gusanos ni caso me hicieron. Me enfoqué en lo importante: no detener mi marcha. Para resumir, al frente la pirámide oscura; a mis flancos, la horda vermiforme.
Parecían serpientes, pero le faltaba esa cosa siniestra que tienen los reptiles. No metían cuco. La verdad que no. Pero, su número les sumaba importancia. Los tipos me siguieron hasta que llegué a la pirámide. Hablando en serio, una decepción, de lejos la gran cosa. Un monumento que te crispaba los nervios, ahora, de cerca, la verdad, nada. Parecía de cartón. Y además era enana. Una choza de papel mache. Me dio gracia una cosa. Me quedé un rato con esa cara de compromiso, no sabía si reírme o darme la vuelta, hasta que miré a las lombrices que me observaban muy serias. Dejaron de silbar sus tonadas. Parecía importarle mi opinión. No me dijeron nada, no hicieron ningún gesto, pero la mirada. Lo decía todo, ¿no? Alcé las cejas, asentí un rato y me metí las manos en los bolsillos, no sé si un psicólogo puede leer en estos gestos una delación de la patraña, pero a mi me pareció convincente. Los bichos al verme contento, sonrieron con sus bocas sin labios ni dientes y comenzaron a entrelazarse entre ellos en una incomprensible orgía. Formaban figuras de lo más estrambóticas y llamativas, les hice así con la mano, el signo de “okay”. Me pareció prudente y además muy canchero. Al final, tras un breve siseo, comenzaron a desaparecer dentro de unos vórtices que se formaron en la arena. Buena gente.
Como me sentía cansado y me empezaban a doler las piernas, me senté. No tenía miedo de que me enganchara algún jerarca, la verdad era jodido que encontrara a alguno vagando por ese abismo. Y por otro lado, mi novia siempre me advirtió acerca de las várices y tengo miedo de quedar enramado.
Entonces, con la vista distraída en los detalles de la pirámide, me di cuenta de un detalle. El monumento de cartón contaba con una pequeña abertura en el centro. De apenas unos treinta centímetros de altura y unos veinte de ancho. De ahí comenzaron a salir uno a uno los amigos larvarios. Entraban y salían sin pedir permiso. Se atropellaban unos a otros, un gran plato de fideos.
—¡Eh!
Pegué un salto de un metro. No me lo esperaba. Me agarraron cuando cabeceaba y babeaba sobre mi hombro.
—¡Eeehhh! ¿Qué hacés ahí? ¡Pasá! —sea lo que fuera, tenía un tono de voz entrador. No podía quedar como un maleducado. Pero estaba la puerta. No pasaba ni apretando los cantos. Lo intenté hasta que me sentí un imbécil. Me dio vergüenza ajena la visión de mi culo forzando esa entradita tan estrecha y desistí con un profundo malhumor por mi vanidad ofendida. Mi persona ultrajada donde más dolía.
—¡No! ¡No! ¡Dejá! ¿No puedo!
—¿Cómo no vas a poder? ¡Mirá!
Me agaché y observé por a través de la hendidura minúscula la apariencia del huésped. No digo que no me sorprendió el hecho de que se tratara de una cabeza sin cuerpo y que se desplazara con soltura por el interior de la pirámide. Pero el tamaño de la cabeza era… ¡Dios mío! ¡Una cabeza con mayúscula! Una cabezón como quien dice.
—¡Hola! ¡Hola! ¿Qué hacés? ¡Pasá, pasá! ¡No muerdo!
—No, obvio…—no sabía si no mordía, pero parecía simpático el bicho y además siempre preferí la diplomacia a la sinceridad—. Lo que pasa es que no entro. La entrada es muy chiquita, ¿no tenés otro lugar?.
—¡Ah, no entrás! ¡Pará, pará, ya salgo! Pará que salgo —tenía una manía por repetirme las cosas. No dejaba espacio a la réplica.
Saqué el balero de la madriguera. Desde afuera escuché movimientos y voces susurrantes que surgían del interior del monumento. Parecía que hablaba con otras personas. Cuando espié el interior, la cabeza por sí sola ocupaba todo el paisaje. Y además olía tan rancio que preferí retirarme rápido. Pero ahora se escuchaban otras voces y un sonido raro como de fru-fru.
Poco después observé como hacia el esfuerzo. Parecía un nene forzando el cráneo a través de los barrotes de una puerta de hierro. Se notaba que le costaba el trámite. No era algo tan sencillo como lo presentaba.
—Dejá, che. Dejá te va a hacer mal. Quedate tranqui.
—¡Naaaaaaaaaahhhhh! —gritó como un cochino mientras se empeñaba en atravesar la puertita.
Y lo logró. No sé cómo, no me pregunten.
—Y después dicen que no soy cabezón. —se hacía el cómplice, me guiñó el ojo. Fue un momento patético— Silvio.
—¿Eh?.
—Digo, me llamó Silvio —e inclinó la cabeza.
—¡Ah! Favio. ¿Qué tal? –mentí por mentir.
—Bien, tirando. Hace calor, ¿no?
—Un poco. —después de eso metí las manos en los bolsillos, no se me ocurría qué decirle. No encontraba un tema concreto para esa cabeza parlanchina. Del laburo qué le iba a decir. Nada. Tampoco quería insistir con el clima.
—No soy virgen —aseguró de prepo.
—Me alegro.
—No, te digo. Porque seguro que ya estabas pensado si era virgen o no. ¡No! No soy. Mirame. ¿Me ves? Una cabeza, ¿no? Pero tengo pelo. Vos, en cambio, te quedaste pelado. No se puede decir mucho de vos. Yo ando por la vida bien, no me arrepiento de nada. Vos no sé. No te conozco lo suficiente como para opinar algo válido, pero tenés pinta de perdedor. Te dio cachetazos la vida. ¿Eh? Te trató feo. Eso se ve. Yo me la banqué parado. Mal no me fue ¿o miento…?
—No, para nada. ¿A qué te dedicás?
—¿Qué querés decir?
—¿Cuál es tu oficio? —insistí.
—Pero por qué no te vas un poco a la mierda. ¡Pendejo!
Se puso rojo, embebido por una furia homicida. Parecía un hongo nuclear. Se lo tomó a pecho el muy coso.
—Pará loquin, ¿qué te pasa?
—¿De qué me tratás? Te pensás que nací ayer.
—No.
—Bueno, entonces cortala con ese tema. Una cosita antes que me olvide, ¿tenés autorización para estar acá?
—Eh… Sí.
—No, no tenés.
—Sí, tengo. Mirá la tarjeta.
—¿Tarjeta?
—La magnética.
—La cola de chancho necesitás.
—No, no tengo. —la verdad que el cabezón me había hartado. Así que preferí encarar el tema de frente para ver qué pasaba.
—¡Ah! ¡Encima no tenés cola de chancho! Yo tengo, mirá. —y me muestra una cola de cerdo que le colgaba detrás de la nuca. Algo por demás repugnante. Parecía un cordón umbilical.—Igual, tranqui, no te hagás problema. ¿Qué hacés de tu vida?
—¿De mi vida? —me había disparado a quemarropa y empecé a dudar entre contestarle una gansada o una frase con afectaciones barrocas.—Nada. Laburo.
—¡Ah, laburás! —gritó como si hubiese confesado la gran farsa.— O sea, no vivís.
Categórico.
—Bueno, no.
—Te doy un consejo, aprovechá la boleada rápido, porque te hacen cagar en un fu y fa.
Como no sabía muy bien cómo tomar el consejo ni de qué iba, le agradecí. Pero volvió a la carga con su perorata vacía, era una bolsa de pedos, la cabeza andante:
—Yo soy un artista. Mirá, dejó una estela detrás de mí. ¡Mirá! Ves, como un caracol. Una baba que va a durar hasta que el sol pudra la Tierra como a una manzana. Mi baba, la baba de Silvio, va continuar por los siglos de los siglos. Eso te parece poco, ¿decime? ¿No sé?
—No. Me parece que está bien.
—Ves, mucho músculo para nada. Cabeza tenés que tener. —y sonó como si la hubiese golpeado con los nudillos.
—Escuchame, te veo perdido y te voy a hacer un favor. Miseria nunca me dijeron. ¿Tengo pinta de miserable? No, no tengo. Vení, subí que te llevó a un lugar más que copante: hipercopante. Mirá lo que digo: hipercopante, así que imaginate.
Bueno, con ese adjetivo ya dejaba de lado cualquier cualidad que pudiera tener ese espacio tan alabado. Pero no pude resistirme a subir al atrio que comenzó a emerger de aquella testa pantagruélica.

martes, noviembre 18, 2008

El pozo ciego, bolsilibro -capítulo 2-

Resumen del capítulo anterior: Un extraño ser desciende a la tierra montado en un gigantesco platillo volante, su espacionave se estrella en unas marismas que lindan con un poblado vietnamita. El extraterrestre tentaculado confunde a los vietnamitas con comunistas vampíricos y comienza a reproducirse con ellos, pero entonces recibe una llamada de su esposa que le dice:
-Mabel, ganaste el prode...

Capitulo 2
El circo de la Tierra hueca


El pasillo, sin que me percatara cuándo o cómo, comenzó a ensancharse, aunque los focos derramaban una luz tan raquítica que no me permitían darme una idea clara de mi entorno. No recorrí muchos metros cuando comenzaron a pasar a mi lado unos enanitos muy simpáticos montados sobre unos triciclos de lo más llamativos. Los enanos tenían una cabeza bastante notable. Se balanceaba como un globo sobre una pajita y te miraban con sus rasgos diminutos que se hacinaban en el centro de sus caras deformadas. Uno entre todos, frenó de golpe su triciclo, levantando una nube de polvo. Cosa que me asombró porque, como dije, el suelo era húmedo y arcilloso. Intenté descubrir sus diminutos rasgos en aquella masa gigantesca de carne sobre un cuerpo esmirriado, pero fue en vano. El bicho me habló con una voz gruesa y carrasposa que nunca hubiese sospechado en él.
—Decime una cosa, loco.
—Te escucho, bebé… —le contesté mientras inclinaba mi torso hacia él, para que comprendiese el sentimiento de compasión y ternura que me despertaba.
—Vos… —y me señaló con un dedito rechoncho y diminuto— ¡Vos! ¿¡Sos boludo o te hacés!? ¿No ves que vas por el medio de la calle?
Cuando mi cerebro intentó arriesgar un “Perdón” de lo más diplomático y meloso, descubrí que estaba por la quinta o sexta voltereta aérea producto de una embestida feroz de esa tropilla de deformes en triciclo. No esperaron el semáforo ni tocaron bocina. Me atropellaron de la peor forma. Volé por el aire como un muñeco de trapo, fue una cosa rara, si bien me habían arrojado al aire; estaba cayendo. Lo voy a poner de este modo, imaginen que me ven volar, y después giran de cabeza el cuadro y en realidad me ven caer. Si bien empecé volando, estaba cayendo. Y no era efecto de la gravedad, porque no estaba tan lejos del suelo cuando me atropellaron. El tema era que tuve tiempo para echarme una siesta mientras caía, pero el caso era lo mismo, porque tenía que caer, ¿no? Y caí, gracias al cielo y a todos los ángeles, sobre una superficie mullida. Quedé despatarrado y bastante cómodo sobre una cosa que parecía un nido. Así, lleno de paja y ramitas. Me tanteé el cuerpo en busca de cardenales y huesos quebrados y no encontré nada de nada. Miré por encima del nido y observé una especie de bosque raído y quemado. Miré otra vez. La verdad es que nunca había estado en esa parte de los pasillos técnicos. Pero no me asombró demasiado. Me parecía lógico y ofensivo insistir en lo contrario. Porque ir contra una cosa que se presentaba de ese modo tan patente, bueno, no me parecía educado.
Cuando decidí bajar del nido… ¡Puff! Me caí encima de una cosa de lo más dura.
—Epa… Epa… ¿Qué pasa? —escuché que decían. Intrigado miré sobre mi hombro y me topé con un cascarudo algo mayorcito, tenía el tamaño de un perro grande. Me refiero a un dogo alemán o un fila brasilero. Y soy tan específico, porque en lo relativo a los canes no me gusta improvisar. El caso es que el bicho se dio vuelta con todo su tamaño, con su caparazón azulado tan hermoso y volvió a encarar el asunto.
—¿No podés fijarte, viejo? ¡¿No me ves!? —se puso pesado.
—Ta’ bien… Ta’ bien… Disculpame. No te vi. Me tropecé. Me caí del nido —miré hacia arriba y observé un detalle llamativo, que unos diez metros me separaban del suelo y que la caída ningún daño me hizo. El Mandinga daba vueltas por ahí. ¡Pero si estaba visto!
—Ah… Un novato… No insisto entonces. —me dio la espalda y se entretuvo dándole vueltas a una pelota gigantesca que olía a mierda resblandecida. Cuando se percató que yo seguía en mis cincos y continuaba observándolo, se detuvo. Tuvo que girar todo su cuerpo para volver a dirigirme la palabra. Es que le fallaba el tema del cuello. Se frotó las dos extremidades superiores y me salpicó un poco de caca en las zapatillas.
—Bueno… ¿Necesitás algo? Me ponés nervioso mirándome todo el tiempo, tengo cosas que hacer.
—Oime, ¿no me podés indicar cómo subo hasta la base? Que me perdí.
—¿Tenés caca?
—¿Caca?
—Sí, si tenés caca. ¿No tenés caca en las tripas?
—Sí, siempre tengo caca, como mucha carne. Tengo caca, tengo caca.
—Bueno, hagamos una cosa. Yo te indico más o menos la salida y vos me dejás un poco de caca. ¿Huele fuerte?
—Es atroz…
—¡Bárbaro! Seguime…
El bicho me ofreció que subiera sobre su grupa y acepté la idea, gustoso, porque estaba bastante cansado y en el caso de que encontrara la salida tenía todo un día por delante de hacer guardias de parado. Eso me recordó que debía consultar la hora. Miré el reloj y marcaba las 25:70 hs. Me puse a apretar todos los botones. Pensé que se me había jodido durante la caída. Pero no, andaba fenómeno. Pero marcaba esa hora imposible. Yo tengo un Casio, no fallan. Intenté pensar en otra cosa e ignorar el pedazo insólito del asunto.
A medida que nos internábamos por los pasillos, la gruta comenzó a ensancharse hasta que al final emergimos a una caverna gigantesca, minada por unos curiosos montículos similares a los hormigueros. Era evidente que el escarabajo se forzaba en eludir los volcanes de tierra.
—Decime una cosa, ¿qué son esos montículos que vemos por ahí?
—¿Eh?
—Los montículos pibe, los montículos…
—Mejor no preguntes.
Lo insólito -aunque ya a esa altura o era todo insólito o sólo yo lo era-, fue que los volcanes comenzaron a vomitar papel picado y centellas. Percibí cómo le temblaban las patas al pobre bicho, tiritaba como un perro mojado.
—Bajate, bajate —me ordenó nervioso— Yo me rajo, ¿eh? Yo me voy; vos quedate si querés.
—La caca, pibe.
—Ma’ sí… quedatela vos. Yo me doy el raje.
—Banca, doblo la apuesta. Te puedo dar más de lo que imaginás…
Esa propuesta pareció convencerlo un poco, pero entonces los volcanes comenzaron a vomitar mayor cantidad de centellas y papel picado. Hacían un ruido importante. Para decirte que la tierra se estremecía bastante. A mi el asunto ese de los volcanes no me metió miedo. La verdad que no era serio. El bicho guardó sus patas y su cabeza dentro de su armadura. Me entretuve azuzando a la bestia con un palito para que asomara el balero, cuando noté que los volcancitos dejaban de lado toda la parafernalia de fuegos artificiales y se apagaban poco a poco.
—Eh… Cortala, ¿no ves que ya se apagaron? Mirá que sos cagón…
El cascarudo seguía en sus cinco. Le di una patada y rodó sin demasiada elegancia por el terreno pedregoso. Me acerqué a la boca de un volcán y pispeé un poco el interior. Despedía un humo blanco bastante sofocante si uno lo aspiraba. Tenía un aroma raro, como a salamín. Aspiré tan fuerte que me provocó nauseas. Un hedor repulsivo a salame caliente que me revolvió el estómago. Al ratito dejó de largar humo y las bocas de los volcanes se abrieron como si se tratasen de una flor. El boquete se expandió. Y no sé por qué cosa rara del instinto consideré prudente tomar un poco de distancia de esas cosas y arrastré mi escarabajo colina arriba. Lo llevé a las patadas, pero esto no pareció molestarlo en absoluto. Cuando me alejé unos cien metros de esas flores de apariencia pedregosa e indescriptible, el escarabajo cobró suficiente valor como para dirigirme la palabra desde el interior de su armadura.
—¿Ya salieron?
—¿Quiénes?
—Nada, nada…
Después de arriesgar aquella pregunta tan enigmática volvió a su mutismo y no dio señales de vida.
Aproveché la ocasión para volver a sentarme sobre la espalda de coleóptero. Me había concentrado en la extracción de viejos trozos de alimentos fijados entre mi encía y los dientes cuando sorprendí unas alimañas que se escapaban de la boca de esas flores ardorosas. Me puse de pie, pero me fue difícil adivinar de qué se trataban. Tomé la decisión de acercarme. Un rapto de valentía, sí. Estaba en eso cuando escuché que el escarabajo me silbaba desde el interior de su caparazón. Le di a entender que me dejara de joder y bajé por la pequeña colina. En poco tiempo me rodeó una multitud de homúnculos que se hacinaban en el páramo. No pude contabilizarlos, pero supuse que el número ascendía a varios millares.
—¿Duendecitos? ¡Duendecitos! —les grité. Pero las pequeñas personitas estaban de lo más atareadas. Iban de acá para allá, con sus trajes elegantes y sus portafolios. Se chocaban entre ellos y parecían gritarse. Lo raro es que no se dirigían la mirada. Hablaban a los gritos, se empujaban. Tenían mucha prisa, pero no hacían nada en concreto. Algunos se topaban con mis piernas, a gatas me llegaban a la rodilla. La mayoría me empujaba, otros me escupían. Al final comenzaron a rodearme. Interpreté que no les gustaba un cuerno la cantidad de espacio que ocupaba. Tomé a uno por la cabeza para examinarlo en detalle. Se parecía un muñeco temerario que tenía de pibe. Cuando incliné la espalda, uno me tomó de las orejas y otro me levantó los talones, perdí el equilibro y golpeé el suelo con la nariz y la boca. Sentí a uno de estos pigmeos preso bajo mi estómago. Se debatió unos instantes y después se quedó quieto. Los bichos me rodearon rápido. Uno que tenía cara de remisero comenzó a arrancarme las pestañas y a guardarla en su valija. Otro se ensañó con los pelos de la nariz. Se llevó un buen manojo. La cosa me desesperó, tiré un par de patadas, di algunos tortazos y se armó la batahola. Los bichos se me venían encima. Cuando conseguí erguirme, volvieron a arrojarme y a ensañarse con todo lo que pudiera ser arrancado. Querían mutilarme. Podía leerles la intención. Me acordé, por esas vueltas raras que tiene la vida, de los titanes en el ring. Me dio coraje. El tema del pibe diez, el motorman y toda la gilada junta me llenó de valor. ¡Me dieron fuerza! No miento, ¿eh? Así que esta vez me erguí como un titán y comencé a repartir patadas a diestra y siniestra. Al principio intentaron amarrarse a mis canillas, pero tras desnucar a unos cuantos, se hicieron a un lado y seguramente consideraron más sano volver por donde vinieron. Regresaron al culo de los volcanes con bastante presura. No le gustaba ni medio el tema. La cosa es que quedó un lindo tendal de estos tipejos alrededor de mí. Me senté de cuclillas. La lucha me había sofocado. Estado físico tengo, pero la cosa aeróbica no es lo mío. Me agota. Me falta el aire. Tengo barriga, eso lo admito. Después de dar dos o tres bocanadas fuertes me repuse un poco. Estiré el brazo y levanté a uno que se parecía a Cafiero. Le di vueltas. Le relojeé la raya del culo. El muchacho estaba vivo, algo golpeado. No estaba diez puntos, pero caminaba. Se quedó mansito y después le agarró pánico. Claro, no le gustaba ni medio que lo manoseara King Kong. Me hizo sentir bien eso de ser un Gulliver, un Gargantúa, un gigante víctima de la radiación atómica. Me venía a la cabeza toda la gama posible de aberraciones literarias y cinéfilas que recordaba. Es que el asunto, lo importante, es creerse el personaje. El resto es verso. Le acaricié un rato la cabeza, como a una muñeca vieja y después lo senté. El cafiero se quedó piola. Me miraba con elocuencia. Estaba esperando el zarpazo mortal. Ya me imaginaba a los hijos. Chiquitos como dedales, de luto por la muerte de su padre hongo. Confieso que la idea me enterneció bastante.
—Y ahora petiso, ¿qué?
El viejo me puso cara de circunstancia, se alzó de hombros y carraspeó un rato. Se ve que la charla no le gustaba ni pío. Lo entendí. A mí tampoco me gusta hablar. Quería resolver por qué carajo salían de esos volcanes y qué hacían. Pero sospeché que el tema me iba a tomar demasiado tiempo. Me levanté. Me acomodé la cosa y me fui. Seguí de largo. Subí a la colina cuando llegué a la cima ya no me sentía tan grandote. Se había desvanecido el hechizo, la poblada había vuelto a sus cubiles. Me iba a dar un par de golpes en el pecho, a lo tarzán, por fanfarrón, nomás. Pero no. Mejor no. ¿Para qué? Estaba en eso cuando vi como se alejaba mi amigo el escarabajo. Me dio risa, se hacía el desentendido. El tipo me llevó hasta allá y después se lavó las patas. Le chisté.
—¡Chist!¡Chist!
Nada.
Otra vez:
—¡Chist!¡Chist!
Y nada.
—¿Eh? ¡Cabeza! ¡Cabeza!
¡Ah! ¡Le metió pata el descarado! ¡De no creer! Te lo digo yo. Se hacía el sordo. Así que me pegué un trote hasta el bicho y me coloqué de frente. Me interpuse y, para que el cuadro quedara más impactante, me coloqué las dos manos sobre la cintura. Propio de superhéroe. Una cosa de maravilla.
—Hola —le dije.
El muy loco se había puesto una galera forrada en pana negra sobre el balero. La verdad, le quedaba bien. Pero eso no lo justificaba.
—Me dejaste en banda allá abajo.
Se notaba que le había agarrado culpa. Fue un descarado. Ya lo dije.
—Bueno, usted insistió en que lo llevara, no me use de chivato.
—No, estás muy equivocado, muchacho. Yo te dije que me llevarás hasta la base de seguridad y vos me llevaste a la aldea de los pitufos. ¡Dejá de joder!
—…Cuchame. Una cosa. Yo no te llevo a ningún lado. Así que no me rompás las bolas. ¾Hizo como que levantaba los hombros. Pero claro, no tenía hombros. ¿Qué iba a levantar, decime?
—Nene, no te hagas el dolobu y llevame de vuelta. Te compro lo que quieras.
—¡Ah! ¿Sí? —hizo una pausa tan, pero tan larga, que creí que lo había convencido, pero no. Tenía la cabeza más dura que el caparazón y eso es decir mucho. Al final el tema de rogarle me dio por las pelotas y me fui.
—Chau, me las tomo, la verdad... Un amigo.
—Chau —me dijo como ofendido. No me sentía tan vencido por las adversidades como en verdad estaba y le pegué otra mirada a mi reloj casio: 34:60hs. ¡Dios! ¡Me querían joder bien jodido! Hice un poco de escándalo, para que supieran, no sé quién, pero que supieran, que era un huesito bien duro de roer.