En vida, quiero decir, cuando todos estaban
vivos, lo que hacía de Tati alguien especial eran sus silencios. Ahora, por el
contrario, eran sus sonidos lo que lo destacaba sobre los demás. Creo que ni
siquiera el hecho de que estuviese vivo, sino... eso... Sus sonidos.
Desde
que los muertos se paseaban día y noche por las calles, Tati se recluyó en el
tercer piso de su departamento de Villa Ballester, acá, en el conurbano. Lo que
era salir, nada... Se entendía, los muertos, aunque muertos, eran molestos y si
uno no aprendía a ponerles límites rápido, se aprovechaban y hasta podían
llevarte al otro lado. Como estúpidos refinados no medían su fuerza, ni
contaban con ética alguna que les permitiera poner alguna clase de coto a sus
actos que, de por sí, no tenían nada de premeditados o de malvados. Hacían lo
que les venía a cuento, guiados por las pocas chispas que aún supervivían en
sus cerebros reblandecidos.
Si
Tati debía salir a buscar víveres o a estirar las piernas, lo hacía bien por la
mañana, cuando la actividad de los muertos era menor. Pero además era fácil
esquivarlos, sus movimientos eran lentos y sus acciones tan previsibles que uno
debía caer desvanecido en el calle para que los muertitos pudieran tomar la
ventaja. Tati era un paranoico, tal vez la soledad o una vida sin demasiados
aciertos hicieron de su cabeza un nido de suspicacias, por lo que creía con
fervor que la posibilidad de caer desvanecido en la calle era siempre nueve de
cada diez. Así que durante un tiempo se dedicó a llenar el departamento de su
vecino con todos los víveres enlatados y deshidratados que fue capaz de
encontrar en el depósito del chino que tenía en frente. Pero el tema con la
comida enlatada era el mercurio o una cosa así con la que sellan las latas. ¿Y
si se agarraba un cáncer? Aunque nunca tuvo la intención de dejar de pagar su
obra social, el asunto, luego de la famosa hecatombe, llegó a su fin y ya no
había doctor de cabecera a quién consultarle sus dolencias. Por eso mantenía su
revólver Jaguar aceitado y lustroso sobre el anaquel de su biblioteca, sembrada
de libros de autoayuda. La bala sería la última píldora que tomaría en vida. En
eso, debía ser realista. Él, el último Tati sobre la Tierra.
La
fórmula era no pensar en el futuro. No debía pensar en nada, más que en lo
inmediato y en su obra. Todos los días trabajaba con fervor en su disco. Un
disco pop. Gracias a un generador de electricidad que sustrajo a préstamo del
Easy que quedaba cerca de la calle San Lorenzo, armó una sala de música
fetén-fetén. Porque el asunto era así, cuando el mundo mostró sus cartas y
dictaminó el acabose, Tati se puso firme y dijo: “ahora me toca hacer lo que me
gusta”. Y se dedicó día y noche, sólo interrumpidos por cenas y almuerzos
sibaritas, y una que otra masturbación de ocasión, como para no perder el
hábito, y una que otra película en DVD... Digo, que se dedicó día y noche a
componer su disco pop.
Pero claro, aunque eso creía, no estaba solo en el mundo. La diferencia
entre los vivos y los muertos, era más bien de grado. Se los llamaba “muertos
vivos”, como esos zombis que invadieron la pantalla grande desde The night of living dead de George
Romero, hasta bien entrado el siglo 2000. La metáfora casi perfecta de la
enajenación contemporánea se hizo realidad gracias a un virus que muchos
tildaron de extraterrestre y otros, lo más pedestres, de porcino. Una horda que
vagaba por la calle, sin orden ni concierto, sin guía, sin nada, y que parecían
morir o vivir del aire, que tenían muerte cerebral, pero que hablaban, que
tenían la sangre seca, pero que caminaban; esa horda era la de los muertos
vivos y atacó a toda la humanidad, menos, hasta donde sabía, a Tati, el último
hombre sobre la Tierra.
Tal vez, si hubiese tenido más imaginación, si hubiese leído
más ficción, habría equiparado su situación con la de los viejos héroes literarios
a lo Matheson de “Soy Leyenda”. Pero no, su mente, gracias a Dios, era bastante
llana y, en vez de caer en la desesperación, vio en el cambio una oportunidad
para concretar todos los sueños que el bullicio de la sociedad de antaño le
impidió llevar adelante. Devolverle el sonido a una sociedad sumida en el
silencio.













