La soledad repentina me llenó de dicha. Además de sacarme de encima a toda la plana mayor de mi trabajo, me deshice de esos giles cargosos que iban de extraterrestres. El sólo hecho de no tener a nadie encima sobándome la nuca me dejó bastante manso. Y arriba estaba esa cosa rara, parecida a una gelatina de acero que adquiría formas caprichosas. El cielo de Agharta. Todo un universo. Embobado por el paisaje exótico permanecí estupefacto en una contemplación que tenía mucho de éxtasis religioso. Tengo, como todos, esos largos momentos de babia, donde me enajeno con la nada.
Es que no era para menos. Un cielo hechizado que atraía toda mi atención. No se podía evitar, aunque apelara a toda mi voluntad. Era más fuerte que uno. Estaba hechizado, lo digo de nuevo.
Un movimiento aleatorio en el espacio me arrancó de la hipnosis como un baldazo de aire frío. Era una mancha oscura. Gorda y verdosa. “¡Un ovni!”, grité por capricho. ¿Qué “ovni”? Por sus movimientos errantes y sus vericuetos estúpidos no tardé en adivinar la naturaleza del avistamiento: una mosca vulgar. Sí, les corto el suspenso. Una mosca. Fácil, era de esas, de las más cochinas. Las verdes, las que se revuelcan en la mierda, las que encontramos en la carne abombada que nos vende el turro del carnicero cuando se pasa de piola. La misma. Aunque eso sí, E-NOR-ME. Un autito. Un fiat seiscientos. ¡Más grande! ¿Y el ruido? ¿Un helicóptero? ¡Chaucha y palito! Te aturdía. No miento, que no me gusta. Un bicho de lo más inmundo. Pero de verdad. Se puso a hacer piruetas en el aire. Algo estrambótico, como hacen las moscas. Con esos ojos multiplicados. Se mandaba la parte. El tamaño y unas piruetas divinas. Era de admirar. Todo un espectáculo. ¡Y gratis!
Pero al aire libre, lo importante.

Después de un rato aflojó y bajó hasta donde yo estaba parado. Una cosa simpática, llevaba un sombrero bombín en la sabiola y un toscano en la boca. Un dibujo animado del ‘30.
—Quedate mosca —me susurró y me codeó el estómago con uno de sus tantos codos, mientras se frotaba dos de sus manos como en señal de satisfacción suprema.
—¡Bueh! Si empezamos así…
—Os-val-do…
—Nada que ver: Bernardo, mi nombre —volví a mentir.
—No, imbécil, Osvaldo me llamo.
—Ah… Ta. Bernardo, ¿todo bien?
—Y si vos lo decís.
—Bah…
Se quedó mirando un rato el abismo que se presentaba ante nosotros, el camino se había esfumado, los edificios habían desaparecido y lo único que quedaba de todo aquel mundo era una pequeña isla terrosa que flotaba en un ambiente oscuro e intangible. Si me movía un ápice de donde estaba, me tragaba la nada.
—¡Qué pasó!
—¿Con qué? —me preguntó la mosca sin levantar la vista de un diario viejo que ojeaba con sumo interés.
—Digo… Y toda la tierra. No quedó nada.
—Y para qué querés más si no estás yendo a ninguna parte. Sos gil, ¿eh?
—Y ahora, aunque quiera, tampoco puedo ir a ninguna parte. No ves que vos sos el gil.
—Yo te llevo. No te pongas nervioso por nada. Sos medio histérico. Me das asco —dijo y comenzó a agitar las alas y a zumbar sin cuidado—¿’Tas apurado?
—No, supongo que ya perdí el presentismo.
—Bueno entonces no gastés pólvora en chimango, haceme el favor. —y cambió de lugar el cigarro de su boca en gesto desganado.
—Si no te molesta, me gustaría pisar sobre suelo firme.
El tipo levantó sus ojos, esos ojos sin párpados, bolas de vidrio esmerilado, y me contestó:
—Hacé una cosa, porque se ve que no entendés que estoy cómodo, leyendo el diario, informándome… Hace una cosa, tirate. No te va a pasar nada. Yo después te alcanzo, ¿eh? Después te alcanzo.
—Bueno…—el tipo me había enervado como nadie, así que no le di tiempo a razonar. Lo tomé por el cuello, si es que tenía cuello, y me arrojé con él al abismo. Nos quedamos un rato dando vueltas en el vacío. No tardó en aparecer bajo nuestras cabezas la superficie del foso. La tierra se acercaba a una velocidad de pesadilla. Me aferré como pude a las piernas pringosas del monstruo y cerré los ojos para no tentarme y soltar mi asidero en un arrebato de horror. No era una cosa linda de ver. Me reproché mi necedad y mi arrojo descerebrado. Mientras nos acercábamos a nuestra muerte, el moscardón comenzó a darle pitadas profundas a su habano. Se lo veía contento y despreocupado. Cuando la cosa se puso negra y la idea de transformarme en una tortilla de carne y tripas fue una realidad, mi mosquito comenzó a mover sus alitas con movimientos displicentes y remontó vuelo.
—¡Qué canguelo que te agarró! ¿Eh? Al final no servís para un joraca. Tenés de todo, pero poco. Fijate en mí: muchos ojos, muchas manos, muchas alas, mucho culo. Soy un lujo. Mejor que sobre y no que falte. ¡Grabatelo!
Dicho esto, me balanceó en el aire con dos de sus brazos y me arrojó de un envión sobre su espalda, luego ensayó un vuelo rasante sobre la superficie. Un espacio desértico lleno de cráteres multicolores donde reptaban unos caracoles gigantescos. Poseían un caparazón extraño, de color oscuro que adoptaban las formas más caprichosas que cupieran en la imaginación de uno.

Algunos se elevaban varios metros y parecían simples obeliscos, otros eran chatos y estaban cubiertos por matas de pastos y ramas secas. Los bichos apenas elevaban su cabeza y su andar era imperceptible a la vista.
—Vos fijate en estos pibes. Son un caso serio.
—¿Por?
—Mirá allá. Ves, casi sobre el horizonte, todas esas protuberancias. Son los caracoles rojos. Algunos dicen que son más bravos que los negros.
—¿Y con eso?
—Están en guerra, desde hace siglos. Todavía no pudieron enfrentarse. Los historiadores de estas babosas con carpa escribieron anales y anales sobre una guerra que nunca tuvo lugar. Muchos consideran que ambas castas se van a extinguir antes de poder enfrentarse.
—Y la bronca, ¿a qué se debe?
—Bueno, los de este lado son negros y los de aquel rojo. Es una cosa que no puede ser. No entra en la cabeza de nadie. ¿O miento?
Me reservé la opinión.
—Bajemos, así charlamos un rato con los pibes. —me propuso.
Descendimos suavemente. Para mí fue un alivio, porque el contacto de la mata pilosa que le alfombraba el lomo a Osvaldo me producía nauseas. La mosca levantó sus brazos, se sacó el bombín y saludó a todos dando un giro de 180 grados sobre el terreno. Un payaso. Me mantuve aparte para no quemarme.
—¡Tregua, tregua!¡Hola a todos!
Un caracol que estaba cerca sacó la cabeza y nos escrutó con sus ojos gomosos.
—Dale tiempo, son como los tartamudos, les cuesta arrancar —me susurró Osvaldo.—¡Juan! Te presento a un amigo: Bernardo. Es medio inútil, pero buena gente.
El caracol osciló un rato su mollera hasta que me puso nervioso. Se me dio por tocarle los tentáculos que le afloraban de la cabeza, pero los retrajo apenas al contacto con mis dedos. Como el bicho hizo un movimiento brusco, perdí el equilibrio y tuve que apoyar las manos en el piso para no caerme de culo. La superficie era pantanosa y al rato comencé a hundirme hasta las rodillas. Tuve que vencer la repugnancia e incomodidad que me produjo esto. Los caracoles, gracias a su cuerpo invertebrado se mantenían suspendidos sobre la suelo. Miré alrededor y observé que el número ascendía a varios millares.
—Van por todo.
El bicho siguió un rato con el bamboleo, como arrullándose con una tema meloso. Era bastante repugnante. Después habló. Supongo que a mi cabeza. Boca no le vi, así que me inclino por el aspecto telepático del asunto.
—Shiii… Pero el tiempo eshhh un gran enemigo… Shomos la cuarta generación que se enfrenta a eshos infames roshos en vano… Supongo que a eshoooosss le pasará lo mishmo —hablaba como a través de una bombilla. Tuve que esforzar mi oído para desenmarañar lo que decía— Me shamó Tarocco y este que está a mi lado —se refería a un enorme caracol parduzco— se shama Brau, esh mi mujer. Antes fue mi padre… El amor…
—Son hermafroditas —me susurró la mosca al oído, mientras me codeaba el estómago.
—¡Largá, boludo! —le grité.
—¿Cómo dice?

Osvaldo comenzó a revolotear a nuestro alrededor. Los caracoles ni siquiera gastaron energía en seguir su vuelo con sus periscópicos ojos.
—La exhistencia es demasiado corta y no seh corresponde con la holgura de nuestra ira. Esh lamentable que no nos alcance la vida para llegar a combatir a nuestros enemigos, pero esh nuestro vivo deseo que las generaciones que nos precedan lo alcansssshhhen.
—¡Qué interesante! —otra vez el choclo de estos tipos me revolvía el estómago.— Y digo yo, ¿por qué no contratan a un grupo de mercenarios, con muchos huevos, que se la banquen pero en serio para revienten a esos rojos hijos de puta que tienen en frente, eh?
Tarocco retrajo sus tentáculos y se mandó a guardar adentro del caparazón, lo mismo hizo su padre y fidelísima mujer y la manga de babosas que lo rodeaban. Siguió un emotivo arranque de furia. No me contuve, descargué el miedo que me embargaba, el terror inconsciente a perder el trabajo, a no volver a mi hogar –mi madriguera de vizcacha y todas esas pequeñas miserias que hacían mi día a día- y la ligó el pobre caracol que nada hizo para amenguar mi locura. Resistió el embate bajo llave, que otra cosa no le quedaba al pobre. Mientras maldecía y blasfemaba contra todos los dioses, el caracol largó una marea asquerosa de saliva, burbujeó como un detergente mientras yo pateaba su caparazón con furia homicida. En eso me doy vuelta y me encuentro a Osvaldo, trajeado y fumando su habano. ¡Un señor!
—Bueno, cortala. El bicho no tiene la culpa.
No dije nada. Me rasqué la barba que comenzaba a nacer en mi rostro y abandoné mi castigo.
Me agarró la misma culpa que me asaltaba de pequeño cuando se me daba por torturar seres indefensos.
Bueno, che. No pasa nada no te asustes. Ya pasó, ya pasó... Mirá, ¿sabés lo que vamos a hacer? Vamos a ir a reventar a los rojos, yo voy a ir. Me entendés, voy yo y los reviento. ¿Qué te parece? -le dije a la babosa para amigarme.
Osvaldo comenzó a masticar el habano con bastante fuerza, no pude adivinar si era signo de aprobación o rechazo por mi comportamiento. El caracol seguía en sus cuatro pero dejó de largar burbujas. Me quedé un rato parado con las manos en la cintura y comencé a distraerme con el zumbido de las alas de mi compañero que flotaba con desidia alrededor de mi persona.
-¿Vamos?
-Bueno...
Entonces sacó la cabeza de su guarida y extendiendo sus tentáculos hacia mi cuerpo, me acarició el rostro, al tiempo que me decía:
-¡Shhalvador! Tenemohhhssss una ofrenda para vohhhsss...
-Dádmela -dije con toda la afectación que fui capaz de reunir.
Se abrió una brecha entre los caracoles y surgieron de entre la turba y el barro dos bichos que parecían tanques Shermans. Eran enormes y su caparazón estaba recubierto por un moho lodoso. Se hallaban unidos entre sí en virtud a un mandoble hermoso que los atravesaba de parte en parte.
-Un arhhma que bien empleada puede hacer estragohhhssss en nuestras filahhss y en la de nueshhtrohhsss enemigohsss.
-Bueno -dije mientras me rascaba el mentón- yo pensaba en algo más drástico como el fuego.
El pobre bicho comenzó a babearse como un recién nacido por el pavor que le provocó la imagen que traje a colación.
A todo esto el moscardón se empecinó en arrancar la espada de los caparazones de los caracoles. Los moluscos se estremecieron de dolor, babearon a gusto y una vez retirado el elemento punzante, murieron.
-Dos menos. —concluí.
-Vamos, que se hace tarde. ¾me espetó el hombre mosca, mientras me daba empujones para ponerme en movimiento¾ ¡Dale, loco! ¡Ya te parecés a uno de estos lelos!
-¿No podías arrancar la espada con un poco más de gracia? No hubo ningún espíritu épico en tu actitud.
-¡Pero dejate de joder, parecés medio puto con tus manías de señorito! ¡Ya me pusiste de malhumor! No, no te subas ¡NO!
-¿Qué!?
-¿No ves? Bajó el cielo, ahora no puedo volar. ¿Querés que me rompa el marote?
-¡Pero qué macana!
-Van a tener que ir caminando -dijo un caracol que tenía cara de nada, pero parecía entrometido. -¿Vamos caminando?
-¿Y a vos qué te parece?
-A mí me parece que sí... -no terminé mi frase cuando tuve que atajar el espadón que Osvaldo arrojó al aire. Caminaba erguido y se servía de sus cuatro patas. Iba ligero, mientras que yo me hundí en el barro y cargando sobre mis hombros el mandoble toledano que pesaba como todos los pecados del mundo.
Nos internamos por un espacio lúgubre recubierto por una espesa neblina que apenas nos permitía ver la punta de nuestras narices. Las nubes se debatían como cachalotes en celo por encima de nuestras cabezas y rayos galvánicos las atravesaban de parte en parte. A pesar de no tener un solo cabello en mi mollera, podía sentir el golpe eléctrico que éstos transmitían. Me hubiese bastado alzar la mano para transformarme en caníbal de ébano. Temí que el montante atrajera los rayos, pero se limitaban a viajar a través de las nubes y nunca emergían del piso.
-¡Qué país!
-¿Cómo?
-Nada.
Caminamos a través del fango hasta que tropecé con una raíz sumergida y caí de boca sobre unas

algas putrefactas. Chapoteé y le rogué a la mosca que se detuviera. Le expliqué entre balbuceos que los huesos y los músculos pesaban más de lo que imaginaba. Me hizo una venia militar y se detuvo bajo la copa pavorosa de un árbol moribundo. Las ramas desgarraban la neblina y me recordaban las manos de una bruja dentro un caldero ardiente. Osvaldo se quitó el bombín, encendió su habano y adoptó una pose afectada que me enervó.
-Escuchame una cosa. ¿Y de dónde sacaste esos humos vos?
-Pibe... -pausa larga, aspiración del cigarro y subsiguiente bocanada con esferas de humo¾ ¿Vos tenés una idea de las veces qué fui y volví mientras vos bajabas el cordón?
Hice de vuelta así con la mano y me puse a masticar una raíz que había arrancado del árbol, no por hambre, sino porque me puse nervioso. Siempre tuve un poco de complejo de inferioridad y cuando saltaba la tecla me ponía un poco loco.
Después de eso seguimos caminando. De los rojos ni noticia. Intenté que llevara el mandoble, pero no tuve éxito. El cielo estaba cada vez más bajo y tuvimos que agachar la cabeza para evitar los rayos. Al rato se largó una lluvia finita, de esas que no se ven pero que te empapan hasta los huesos. La mosca seguía echando humo, pero ahora lo hacía por el culo. Yo no podía verle la gracia al asunto. Por un lado me ponía contento el tema de liberarme del laburo y estar ahí, en el centro de lo desconocido, pero por otro, también me ponía loco todo el sin sentido que me rodeaba. No podía dejar de asociar aquella marcha con los vanos traqueteos en el tren cuando me dirigía o volvía del trabajo. Toda esa cosa, esa angustia que me asfixiaba, la obligación de sumergirme en esos vagones de carne ardiente donde hasta mis pensamientos se prensaban como mi grasa y mis huesos. Era ese sentimiento de obligación, de semi-esclavitud, de ser consciente que uno vive para cumplir el sueño de otra persona. Todo por una miseria. Mi vida entera ahí.
Y ahora estaba en esta situación simpática, pero luchando una guerra que no pertenecía a nadie, cuando podía sentarme y dejar que el barro me cubriese hasta ahogarme. Pero no podía, me veía impulsado a seguir a esa masa verdosa que zumbaba de alegría cuando nos acaecía un percance o desgracia.
—Te voy avisando que ya no doy más… —ni siquiera se dignó a girar el cogote o, a falta de uno, el torso— No me vengas después con que no te dije.
—Vos sos más blando que los caracoles. Mirá. —y como prueba de su coraje apagó el cigarro sobre uno de sus brazos, delgado como una cuerda. El humo se entremezcló con la llovizna y ascendió a mi olfato un aroma particular y nauseabundo. Después de eso le agarró como un capricho y dijo— ¡Hagamos noche acá!
Lo miré un momento. Desconcertado. No tenía gollete lo que me decía. Y el bicho estaba en sus siete. Señalaba el suelo y decía: “¡Acá, hagamos noche acá!”
Hasta entonces le prestaba atención, me parecía un tipo bastante acertado en un mundo plagado de desaciertos. Pero la venía pifiando. Ya no me gustaba como venía el asunto. Tampoco me iba a poner a armar un escándalo. Concluí que lo más sano era seguir de largo y hacer de cuenta que el bicho, aunque llamativo, no existía. Para eso tuve que hacer bastante acopio de fuerzas, porque nunca me gustó hacer borrón y cuenta nueva. Yo quería escupirle en el hocico la inflada de huevos que me hizo comer desde que salimos de la ciudadela. Pero algo, un sentido común mucho más sabio que mi presión sanguínea, me aconsejó lo contrario. La lluvia se puso gruesa. El cielo se desplomaba sobre mi cabeza como una cascada y a pesar de ello seguí escuchando como el maniático insistía con su “hacemos noche acá”. No me quejo de aquel lugar, pero todos los seres con los que me topaba tenían un límite donde reventaban. Se taraban y se quedaban en sus cuatro. Para entonces había aprendido que lo más sabio era continuar el camino.
La guerra, esa guerra que no pertenecía a nadie, la iba a ganar solo. Sí, de caprichoso, nomás.