Resumen del capítulo anterior: Laiseca viaja al pasado para comprar cigarrillos, pero se arrepiente y busca trabajo en una curtiembre. Al tercer día, en un descuido imperdonable, sufre un accidente y una de las máquinas lo mutila . Nunca llega a escribir ningún libro y Los Sorias no pasa de ser un deseo inconexo. El mundo termina luego de una agonía de cincuenta y tres años.
Capítulo seis
Una jornada con los gnomos del infierno
Una jornada con los gnomos del infierno

El reloj, el casio, seguía ofreciéndome esa constelación infinita de horarios, terminé por no prestarle atención y guiarme por lo que mi cuerpo me sugería. Si me temblaban las piernas, me tiraba al piso y descansaba. Para comer siempre me arreglaba con raíces o con tubérculos que encontraba aquí y allá. El paisaje comenzó a espesarse a medida que avanzaba. Se elevaban del suelo pequeños árboles que eran todo raíces y obturaban bastante mi avance. Ahora, en vez de caminar, debía entretenerme tratando de evadir estas protuberancias que se presentaban de cualquier modo y amenazaban con arrancarme un pie en caso de un tropiezo accidental.
A pesar del espeso aguacero que vomitaba el cielo y de la escasa luz que había, descubrí, acechando, a una serie de personajes de pinta poco amenazante. Eran, como la mayoría de los bichos que pueblan Agharta, cabezones y petisos, pero su originalidad residía en las pesadas armaduras que portaban con vana gallardía. Los pequeños gnomos del infierno me seguían el rastro, pero no se dejaban ver con libertad. Algunos me chistaban, otros se frotaban la armadura con grasa para que el agua no oxidara sus delicados cerrojos y componentes. Cuando me sentí cansado, dejé el mandoble sobre una de las raíces y me apoyé sobre otra. Los bichos se acercaron y me rodearon. Sus cabezas parecían bombitas de vidrio, sus ojos eran enormes y luminosos como antorchas, sus bocas eran una hendidura en el rostro y la nariz apenas dos agujeros en su cráneo etéreo. Tenían el cabello ralo, escaso y canoso. Sus delgados cuellos emergían del cogotero de sus armaduras y les prestaba un aire muy poco marcial. Portaban con orgullo un variado abanico de armas que iba del
hacha de combate, la espada al garrote. Los dejé acercarse con confianza hasta sentir su pútrido aliento ventilando los pelos de mi nariz. Me sentía seguro en aquel mundo de locura. Uno de ellos, el más pequeño, apartó mi mandoble con esfuerzo sobrehumano. El resto de los subhumanos me tomaron por sorpresa y me sujetaron los brazos y las piernas. Impidieron cualquier tipo de movimiento y plan de fuga. Cuando me vieron preso, se tentaron y los conjurados comenzaron a reírse de una broma que estaba más allá de mi comprensión. No ofrecí mayor resistencia, porque supuse que en aquella región subterránea del planeta las cosas se planteaban de otro modo. Me dejé hacer.
Ah, pero estaba errado.
El más enano, el más miserable de aquel grupo, tomó su hacha, la elevó por encima de su cabeza y me rebanó de un golpe dos dedos de mi mano izquierda. Primero me asusté. Un acto violento tan repentino le quita el aire de los pulmones a cualquiera y aventuré un: ¡Ay! De esos que suenan angustiados. Después, y con esto digo, tres milésimas de segundos, el cuerpo se llenó de dolor, espanto, pérdida, angustia y aullé. Pensé que los bichos iban a largar la presa, pero no. Me tenían bien prendido y uno de ellos se había metido en la boca mi mano mutilada y se tragaba la sangre derramaba como si fuese si mis dedos fuesen el pico de una mamadera. Pero el miedo y la violencia son hermanos, y arrebatado por el espanto me encontré infundido de fuerzas sobrehumanas y tomé con mi mano derecha al que tenía más cerca, lo alcé y lo arrojé muy lejos. A otros dos les inutilicé sus mejores partes a fuerza de puntapiés. El único que seguía prendido a mí era esa sanguijuela asquerosa que mamaba de mi herida como una criatura hambrienta.
-¡Si serás joputa! -tomé una pequeña hacha que tenía a mano y le hundí el cráneo de un golpe. Pero me equivoqué. La cabeza se hundió como una goma y volvió a adquirir su forma normal. La boca seguía tan adentro como siempre, algo me dijo que mirara sobre mi hombro. Lo hice y observé a uno de estos condenados elevar su espada con la firme intención de arrancarme una pierna de un golpe. Falaz, me di vuelta y lo empujé lejos de una patada. Al otro bicho le tapé los dos orificios olfativos con los dedos de mi mano derecha. Adquirió una coloración azulada y después boqueó como un pez fuera del agua, era la oportunidad que estaba esperando. Lo arrojé lejos. Se debatió un momento en el lodazal inmundo como un bebé caprichoso y luego su estómago comenzó a hincharse hasta que la pechera se desprendió como un pedazo de lata. Los salvajes lo rodearon y sin preguntar esta silla es mía, le hundieron sus afilados colmillos aquí y allá. La sangre, mi sangre, fluía como una cascada sobre el cuerpo de aquella garrapata condenada. Aproveché el momento para ensayar un torniquete para cerrar mi hemorragia, pero para entonces se había formado un cascarón sobre mi herida. Asombrado alcé la mano sobre mis ojos y observé una protuberancia que emergía del cascarón. Un poco asustado le negué importancia para acallar mi conciencia que me vaticinaba una muerte pronta y dolorosa.
Enfurecido, intenté reventar a patadas a los enanos del infierno pero, más ligeros y veloces que yo, se mantuvieron a una distancia prudente. Me percaté de que observaban con aquellos ojos vidriosos la mano que tenía herida, en su mirada pude leer cierta dosis de ansiedad y locura que no colaboró con mi tranquilidad. Desde aquel momento siguieron mis pasos. Tomé mi mandoble y me puse en camino bajo el aguacero que no tenía pinta de amenguar. Mis pies se hundían hasta los tobillos en un suelo lodoso e anegado. Pasaron las horas y los enanos me seguían el paso, pero sin prestarme mucha atención. Hablaban en grupos y algunos se perdían allá adelante. El bosque seguía tan enredado como en un principio. Y entonces me topé con un culo.
Enterrado en el barro, apuntaba hacia el cielo. Sólo el culo. La espalda y las piernas sumergidas en el barro y el culo afuera como una flor. El ano dilatado, boqueaba desesperado. Me detuve a contemplar ese espectáculo tan extraño y los petisos vampiros hicieron alto conmigo. Era todo un cultivo de anos. Acá y allá afloraban de la tierra como hongos. Si se le ponía atención al asunto se podía percibir el sexo de los desafortunados topos. Las bolas o la vagina asomaban con timidez de la superficie terrosa. Los gnomos tomaron unas ramas de rebordes afilados que flotaban en los charcos y se entretuvieron un rato enterrando el ramaje dentro de las aberturas que presentaban los inconsecuentes. Lo hacían con violencia, algunos extraían las entrañas al retirar el palo, otros destapaban cañerías, pero no escuché un grito ni vi ninguna persona que emergiera de la tierra. Al ser agredidos, como las anémonas, cerraban sus bocas intestinas y se sumergían en la tierra como lo harían en una superficie acuática. Era un espectáculo de lo más curioso. Al principio no pude evitar sonreír de la desgracia de estas cosas, pero después tuve esa empatía rara que tenemos a veces con los seres indefensos y me dio cosita. Cosita que un día yo tuviera ese destino y me enterraran un palo en el orto. Puse punto final a la picardía.
-¡Chitttsss! ¡Euh! ¡Corténla!
Los enanos estaban viciados y tuve que gritar muy fuerte para que me prestaran atención. Le tomaron manía y yo dejé de parecerles interesante. Uno de ellos levantó el cogote y después siguió en sus trece. Intercambió con sus compañeros una seña de complicidad y me dio a entender que yo era poca cosa como para importunarlos por nada. La suficiencia de estos petisos me puso un poco malo. Así que con el agua hasta las rodillas, decidí poner punto final a la impertinencia. Me acerqué arrastrando el mandoble, los bichos estaban sentados sobre un culo enorme. El enano más viejo, que poseía unos ojos saltones y oscuros como un sapo, cumplía el papel de macho alfa. Tenía el brazo enterrado dentro del ano del desgraciado. Los cofrades lo azuzaban para que continuara con su indagación anatómica. Cuando los tuve a tiro, alcé el mandoble sobre mis hombros y medio aguado por la tormenta y por la lluvia les grité:
-¿La van a cortar?
El indagante retiró el brazo y, al mismo tiempo, se coló por aquella enorme cavernosidad un pedo espantoso que tronó más fuerte que el temporal que me asfixiaba a baldazos. Los enanos se taparon la boca para aguantar la risa, pero les fue imposible. A pesar de mi entereza moral, no pude permanecer ajeno a tamaño eructo intestino. Me reí con ganas y me cambió el humor. Me sentí liberado. Como que no me importaba tanto el tema de perder el presentismo o, en última instancia, el laburo. Que los giles de allá arriba se quedaran con sus sueldos, su cafés, sus logros rengos y toda la bosta. A mí me gustaban estos deformes albinos.
Giré la espada y rebané tres cabezas y la mitad de otra. Quedaron dos más a tiro que no atinaron a moverse. Después de eso, como colofón de mis hazañas, enterré hasta el mango la espada en aquel culo monstruoso. Los dos enanos se empecinaron en retirarla. Era una visión hermosa. Aquellas dos bestias, bajo los rayos y la lluvia, montados encima del culo y tomando por el pomo la espada enterrada hasta las entrañas. Ambos sumaron fuerzas, pero no tenían lo necesario. Por un momento me sentí tentado de retirar el mandoble de ahí, pero luego desistí ante las eventualidades nefastas que podría acarrearme esa acción.
Los enanos estaban colgados al pomo, ajenos a cualquier cosa que no fuera arrancar la espada de ese ano aberrante. Presentí la inminencia de un terremoto, de una gran desgracia. Se me estrujó el estómago de espanto y las palmas de mi mano sudaron como las bolas de un mono. Di tres pasos hacia atrás, despacito, para que no se avivaran que estaba reculando. ¡Entre tantos culos! Me tropecé con un montículo de carne y caí de espaldas, mis pupilas se dilataron de horror. Ese espanto que nos provoca confrontarnos con el vacío. Pero fue un camino corto, al horror, le sumé la vergüenza y el rencor de verme en una posición tan patética. Los culos parecían gemir de alegría ante mi desgracia, sonaba una orquesta de gases y emergían de esos agujeros carnosos altísimas chorradas de líquidos internos. Me puse de pie y levanté los brazos como un espantapájaros, en esa pose típica que todos tenemos cuando somos víctimas de un accidente vergonzoso. Contemplé resignado el lodo y la mierda que cubría mi cuerpo. Me agaché y ahuequé la mano para tomar un poco del agua pútrida y estancada que cubría el pantano y enjuagué lo que pude de aquel desastre. Confiaba que la lluvia se encargaría de asearme con creces. Después de eso miré a los enanos, se habían aburrido de jugar con la espada, y estaban pegados a mis rodillas con la nuca tirada bien atrás mirándome desde la distancia.
-¿Qué?
-Pedro y Pablo -dijo el más feo.
-Que nombres tan inspiradores. -me alejé para esquivar un golpe en los huevos que estaba seguro de recibir, entendía la mecánica de ese universo cruel. Pero me equivocaba. Se miraron entre sí y volvieron al ruedo. Me tomaron la mano izquierda y pensé que iban a volver con su manía vampírica, pero no. Me llevaron la mano a mis ojos y vi algo que derrumbó mi entereza. De mis dedos mochos nacían dos ramitas delgadas, se asemejaba a un poroto germinado. Dos brotes delgados que se movían al compás del agua y el viento. Estuve tentando de arrancarlos, pero los vi tan unidos a mi naturaleza que no me faltó el valor suficiente. Intentaron frotarme la mano sobre mi cara, pero de un tirón me deshice de ellos.
-¡Eh! ¡Paren!
Los enanos volvieron a clavar sus ojos en mi mano brotada y se distanciaron un poco de mí, pero no me perdieron de vista. Había algo en aquella cosa que me estaba saliendo en la mano que les fascinaba. Yo volví a fijar mis ojos en esa cosa y no pude determinar qué cuernos era, la verdad que parecía una germinación. Dos brotes de soja, algo repulsivo. Por un momento barajé la posibilidad de que me estuvieran naciendo dos dedos nuevos, pero deseché la idea por estúpida. La sangre se había secado alrededor de la herida y a través del coágulo nacía esta ramificación que al tocarla podía sentirla como parte de mi cuerpo, aunque no contaba con articulaciones.
Seguí caminando y atravesando ese bosque enraizado que dificultaba tanto mi marcha. Los bichos me seguían y lo único que flotaba en mi cabeza por entonces era el peso de la culpa de haber abandonado el mandoble dentro de ese culo espantoso. Rescaté del suelo un garrote, un trozo considerable de una raíz que se había desprendido del resto y que tenía la forma y consistencia ideal para reventar cráneos. Lo enarbolé en el aire un rato y me lucí. Los monstruos se detuvieron a unos metros y fijaron sus ojos de auto sobre mi fanfarronería:
--¡Bueh! -gritaron y se palmearon los muslos en un acceso incontrolable de admiración. A pesar de ello, mantuvieron una distancia prudencial. La bipolaridad es un rasgo característico de los seres que pueblan Agharta y que se fusiona muy bien con sus conductas absurdas.
A pesar del espeso aguacero que vomitaba el cielo y de la escasa luz que había, descubrí, acechando, a una serie de personajes de pinta poco amenazante. Eran, como la mayoría de los bichos que pueblan Agharta, cabezones y petisos, pero su originalidad residía en las pesadas armaduras que portaban con vana gallardía. Los pequeños gnomos del infierno me seguían el rastro, pero no se dejaban ver con libertad. Algunos me chistaban, otros se frotaban la armadura con grasa para que el agua no oxidara sus delicados cerrojos y componentes. Cuando me sentí cansado, dejé el mandoble sobre una de las raíces y me apoyé sobre otra. Los bichos se acercaron y me rodearon. Sus cabezas parecían bombitas de vidrio, sus ojos eran enormes y luminosos como antorchas, sus bocas eran una hendidura en el rostro y la nariz apenas dos agujeros en su cráneo etéreo. Tenían el cabello ralo, escaso y canoso. Sus delgados cuellos emergían del cogotero de sus armaduras y les prestaba un aire muy poco marcial. Portaban con orgullo un variado abanico de armas que iba del
hacha de combate, la espada al garrote. Los dejé acercarse con confianza hasta sentir su pútrido aliento ventilando los pelos de mi nariz. Me sentía seguro en aquel mundo de locura. Uno de ellos, el más pequeño, apartó mi mandoble con esfuerzo sobrehumano. El resto de los subhumanos me tomaron por sorpresa y me sujetaron los brazos y las piernas. Impidieron cualquier tipo de movimiento y plan de fuga. Cuando me vieron preso, se tentaron y los conjurados comenzaron a reírse de una broma que estaba más allá de mi comprensión. No ofrecí mayor resistencia, porque supuse que en aquella región subterránea del planeta las cosas se planteaban de otro modo. Me dejé hacer.
Ah, pero estaba errado.El más enano, el más miserable de aquel grupo, tomó su hacha, la elevó por encima de su cabeza y me rebanó de un golpe dos dedos de mi mano izquierda. Primero me asusté. Un acto violento tan repentino le quita el aire de los pulmones a cualquiera y aventuré un: ¡Ay! De esos que suenan angustiados. Después, y con esto digo, tres milésimas de segundos, el cuerpo se llenó de dolor, espanto, pérdida, angustia y aullé. Pensé que los bichos iban a largar la presa, pero no. Me tenían bien prendido y uno de ellos se había metido en la boca mi mano mutilada y se tragaba la sangre derramaba como si fuese si mis dedos fuesen el pico de una mamadera. Pero el miedo y la violencia son hermanos, y arrebatado por el espanto me encontré infundido de fuerzas sobrehumanas y tomé con mi mano derecha al que tenía más cerca, lo alcé y lo arrojé muy lejos. A otros dos les inutilicé sus mejores partes a fuerza de puntapiés. El único que seguía prendido a mí era esa sanguijuela asquerosa que mamaba de mi herida como una criatura hambrienta.
-¡Si serás joputa! -tomé una pequeña hacha que tenía a mano y le hundí el cráneo de un golpe. Pero me equivoqué. La cabeza se hundió como una goma y volvió a adquirir su forma normal. La boca seguía tan adentro como siempre, algo me dijo que mirara sobre mi hombro. Lo hice y observé a uno de estos condenados elevar su espada con la firme intención de arrancarme una pierna de un golpe. Falaz, me di vuelta y lo empujé lejos de una patada. Al otro bicho le tapé los dos orificios olfativos con los dedos de mi mano derecha. Adquirió una coloración azulada y después boqueó como un pez fuera del agua, era la oportunidad que estaba esperando. Lo arrojé lejos. Se debatió un momento en el lodazal inmundo como un bebé caprichoso y luego su estómago comenzó a hincharse hasta que la pechera se desprendió como un pedazo de lata. Los salvajes lo rodearon y sin preguntar esta silla es mía, le hundieron sus afilados colmillos aquí y allá. La sangre, mi sangre, fluía como una cascada sobre el cuerpo de aquella garrapata condenada. Aproveché el momento para ensayar un torniquete para cerrar mi hemorragia, pero para entonces se había formado un cascarón sobre mi herida. Asombrado alcé la mano sobre mis ojos y observé una protuberancia que emergía del cascarón. Un poco asustado le negué importancia para acallar mi conciencia que me vaticinaba una muerte pronta y dolorosa.
Enfurecido, intenté reventar a patadas a los enanos del infierno pero, más ligeros y veloces que yo, se mantuvieron a una distancia prudente. Me percaté de que observaban con aquellos ojos vidriosos la mano que tenía herida, en su mirada pude leer cierta dosis de ansiedad y locura que no colaboró con mi tranquilidad. Desde aquel momento siguieron mis pasos. Tomé mi mandoble y me puse en camino bajo el aguacero que no tenía pinta de amenguar. Mis pies se hundían hasta los tobillos en un suelo lodoso e anegado. Pasaron las horas y los enanos me seguían el paso, pero sin prestarme mucha atención. Hablaban en grupos y algunos se perdían allá adelante. El bosque seguía tan enredado como en un principio. Y entonces me topé con un culo.Enterrado en el barro, apuntaba hacia el cielo. Sólo el culo. La espalda y las piernas sumergidas en el barro y el culo afuera como una flor. El ano dilatado, boqueaba desesperado. Me detuve a contemplar ese espectáculo tan extraño y los petisos vampiros hicieron alto conmigo. Era todo un cultivo de anos. Acá y allá afloraban de la tierra como hongos. Si se le ponía atención al asunto se podía percibir el sexo de los desafortunados topos. Las bolas o la vagina asomaban con timidez de la superficie terrosa. Los gnomos tomaron unas ramas de rebordes afilados que flotaban en los charcos y se entretuvieron un rato enterrando el ramaje dentro de las aberturas que presentaban los inconsecuentes. Lo hacían con violencia, algunos extraían las entrañas al retirar el palo, otros destapaban cañerías, pero no escuché un grito ni vi ninguna persona que emergiera de la tierra. Al ser agredidos, como las anémonas, cerraban sus bocas intestinas y se sumergían en la tierra como lo harían en una superficie acuática. Era un espectáculo de lo más curioso. Al principio no pude evitar sonreír de la desgracia de estas cosas, pero después tuve esa empatía rara que tenemos a veces con los seres indefensos y me dio cosita. Cosita que un día yo tuviera ese destino y me enterraran un palo en el orto. Puse punto final a la picardía.
-¡Chitttsss! ¡Euh! ¡Corténla!Los enanos estaban viciados y tuve que gritar muy fuerte para que me prestaran atención. Le tomaron manía y yo dejé de parecerles interesante. Uno de ellos levantó el cogote y después siguió en sus trece. Intercambió con sus compañeros una seña de complicidad y me dio a entender que yo era poca cosa como para importunarlos por nada. La suficiencia de estos petisos me puso un poco malo. Así que con el agua hasta las rodillas, decidí poner punto final a la impertinencia. Me acerqué arrastrando el mandoble, los bichos estaban sentados sobre un culo enorme. El enano más viejo, que poseía unos ojos saltones y oscuros como un sapo, cumplía el papel de macho alfa. Tenía el brazo enterrado dentro del ano del desgraciado. Los cofrades lo azuzaban para que continuara con su indagación anatómica. Cuando los tuve a tiro, alcé el mandoble sobre mis hombros y medio aguado por la tormenta y por la lluvia les grité:
-¿La van a cortar?
El indagante retiró el brazo y, al mismo tiempo, se coló por aquella enorme cavernosidad un pedo espantoso que tronó más fuerte que el temporal que me asfixiaba a baldazos. Los enanos se taparon la boca para aguantar la risa, pero les fue imposible. A pesar de mi entereza moral, no pude permanecer ajeno a tamaño eructo intestino. Me reí con ganas y me cambió el humor. Me sentí liberado. Como que no me importaba tanto el tema de perder el presentismo o, en última instancia, el laburo. Que los giles de allá arriba se quedaran con sus sueldos, su cafés, sus logros rengos y toda la bosta. A mí me gustaban estos deformes albinos.
Giré la espada y rebané tres cabezas y la mitad de otra. Quedaron dos más a tiro que no atinaron a moverse. Después de eso, como colofón de mis hazañas, enterré hasta el mango la espada en aquel culo monstruoso. Los dos enanos se empecinaron en retirarla. Era una visión hermosa. Aquellas dos bestias, bajo los rayos y la lluvia, montados encima del culo y tomando por el pomo la espada enterrada hasta las entrañas. Ambos sumaron fuerzas, pero no tenían lo necesario. Por un momento me sentí tentado de retirar el mandoble de ahí, pero luego desistí ante las eventualidades nefastas que podría acarrearme esa acción.
Los enanos estaban colgados al pomo, ajenos a cualquier cosa que no fuera arrancar la espada de ese ano aberrante. Presentí la inminencia de un terremoto, de una gran desgracia. Se me estrujó el estómago de espanto y las palmas de mi mano sudaron como las bolas de un mono. Di tres pasos hacia atrás, despacito, para que no se avivaran que estaba reculando. ¡Entre tantos culos! Me tropecé con un montículo de carne y caí de espaldas, mis pupilas se dilataron de horror. Ese espanto que nos provoca confrontarnos con el vacío. Pero fue un camino corto, al horror, le sumé la vergüenza y el rencor de verme en una posición tan patética. Los culos parecían gemir de alegría ante mi desgracia, sonaba una orquesta de gases y emergían de esos agujeros carnosos altísimas chorradas de líquidos internos. Me puse de pie y levanté los brazos como un espantapájaros, en esa pose típica que todos tenemos cuando somos víctimas de un accidente vergonzoso. Contemplé resignado el lodo y la mierda que cubría mi cuerpo. Me agaché y ahuequé la mano para tomar un poco del agua pútrida y estancada que cubría el pantano y enjuagué lo que pude de aquel desastre. Confiaba que la lluvia se encargaría de asearme con creces. Después de eso miré a los enanos, se habían aburrido de jugar con la espada, y estaban pegados a mis rodillas con la nuca tirada bien atrás mirándome desde la distancia.
-¿Qué?
-Pedro y Pablo -dijo el más feo.
-Que nombres tan inspiradores. -me alejé para esquivar un golpe en los huevos que estaba seguro de recibir, entendía la mecánica de ese universo cruel. Pero me equivocaba. Se miraron entre sí y volvieron al ruedo. Me tomaron la mano izquierda y pensé que iban a volver con su manía vampírica, pero no. Me llevaron la mano a mis ojos y vi algo que derrumbó mi entereza. De mis dedos mochos nacían dos ramitas delgadas, se asemejaba a un poroto germinado. Dos brotes delgados que se movían al compás del agua y el viento. Estuve tentando de arrancarlos, pero los vi tan unidos a mi naturaleza que no me faltó el valor suficiente. Intentaron frotarme la mano sobre mi cara, pero de un tirón me deshice de ellos.

-¡Eh! ¡Paren!
Los enanos volvieron a clavar sus ojos en mi mano brotada y se distanciaron un poco de mí, pero no me perdieron de vista. Había algo en aquella cosa que me estaba saliendo en la mano que les fascinaba. Yo volví a fijar mis ojos en esa cosa y no pude determinar qué cuernos era, la verdad que parecía una germinación. Dos brotes de soja, algo repulsivo. Por un momento barajé la posibilidad de que me estuvieran naciendo dos dedos nuevos, pero deseché la idea por estúpida. La sangre se había secado alrededor de la herida y a través del coágulo nacía esta ramificación que al tocarla podía sentirla como parte de mi cuerpo, aunque no contaba con articulaciones.
Seguí caminando y atravesando ese bosque enraizado que dificultaba tanto mi marcha. Los bichos me seguían y lo único que flotaba en mi cabeza por entonces era el peso de la culpa de haber abandonado el mandoble dentro de ese culo espantoso. Rescaté del suelo un garrote, un trozo considerable de una raíz que se había desprendido del resto y que tenía la forma y consistencia ideal para reventar cráneos. Lo enarbolé en el aire un rato y me lucí. Los monstruos se detuvieron a unos metros y fijaron sus ojos de auto sobre mi fanfarronería:
--¡Bueh! -gritaron y se palmearon los muslos en un acceso incontrolable de admiración. A pesar de ello, mantuvieron una distancia prudencial. La bipolaridad es un rasgo característico de los seres que pueblan Agharta y que se fusiona muy bien con sus conductas absurdas.
1 comentarios:
情人節|情趣商品,情色文學,嘟嘟,情色網,情趣商店,
G點,按摩棒,轉珠按摩棒,變頻跳蛋,跳蛋,無線跳蛋,
飛機杯,男用強精長軟質套,男用強精短軟質套,充氣娃娃,男性性感內褲,性感內褲,
自慰套,自慰套,情趣娃娃,自慰器,電動自慰器,充氣娃娃,
角色扮演,角色扮演服,
性感睡衣,情趣睡衣,性感內衣褲,性感內衣,內衣,性感內褲,C字褲,內褲,
性感貓裝,性感睡衣,貓裝,吊帶襪,情趣內褲,丁字褲,SM道具,SM,
震動環,潤滑液,情趣禮物,情趣玩具,威而柔,精油,逼真按摩棒,數位按摩棒,
情趣,情趣用品,巴黎,
Publicar un comentario en la entrada