miércoles, febrero 16, 2011

Noches porno de luna llena


Pasé sin llamar y le dije a mi jefe:
-Me tomó los tres días, bah, los dos de franco y el que me debían. Ese que me debían.
-No te debíamos nada.
-Me deben la vida.
-No te debíamos un franco.
-La vida.
-Un franco. ¿De cuándo?
-Desde hace mil. Sí.
-Bueno, tomatelo.
-Bueno, porque me voy a la costa. A descansar. A descansar, que me lo gané, ¿o no?
-¡Qué sé yo! ¿Te lo ganaste?
-¡Me lo gané! ¡Claro qué sí, claro que guey!
-Dale, rajá así no te veo la napia por un tiempo. Que sea largo, tratá.
-Por mí...
Empecemos con las explosiones, porque sino se cae. Es difícil que te sientes y leas mis memorias, las de un blogger, comprometido con lo que pasa hoy y con lo que sentís vos, que te masturbas frente a la pantalla del monitor y te secas el esperma con el rollo de cocina, para no dejar huellas, porque sí, no porque te creas Lupin o Sherlock Holmes.
Tenía tres días para irme afuera. Lo primero que pensé fue pirarme para la isla Martín García, ahí tenía un contacto que por chaucha y palito me alquilaba un grupo, no muy numeroso, de nenitas que no alcanzaban los 12 años para hacer lo que se me antojara, que era mucho. La otra era ir a una estancia a comer asado hervido durante tres días y la última, de carpa a unos viveros que quedaban cerca de Necochea, pero lejos de todo. Me incliné por la última opción. La consideré audaz y fuera de lo común[1].
Cuando me monté al ómnibus en Retiro me dio cargo de consciencia. El hecho de abandonar Buenos Aires, por tan pocos días, me parecía banal. Siempre existía la posibilidad de aprovechar el tiempo en otra cosa[2]. Eran tres días, en medio de la nada, para hacer vida de Robinson y convencerme que vivía una verdadera comunión con la naturaleza, yo: el asaltante de trenes, el bándalo del subte, el hombre gris de la oficina.
La tesis que barajaba era desarrollar tres proyectos científicos:
Punto uno:
-Encender el fuego con el reflejo del sol sobre el vidrio de una lupa.
Punto dos:
-Encender fuego frotando dos varas de madera entre sí.
Punto tres:
-Confeccionar un cuchillo primitivo a golpes de piedra. Bañarme desnudo en el mar, sacarme fotos obscenas en lo más profundo del vivero, bajo la sombra de los pinos.
Me propuse retroceder algunos miles de años en la evolución, porque siempre fui amigo de la paranoia y me obsesionaba la idea de que el Apocalipsis me sorprendiera en bolas.
Quería estar preparado. Por eso era urgente aprender los vericuetos de la sobrevivencia cuanto antes[3].
El viaje se hizo largo, interminable. Arriba del micro, el tiempo pasaba a cuentagotas, la tele estaba rota, pero me aclararon que la video no. La video andaba. “Gracias, gracias”. Y a medida que la aguja evolucionaba en el reloj mi vejiga se hinchaba hasta un grado alarmante. De capricho, nomás, me aguanté las ganas de piyar. No podía soportar la certeza de ir al baño del ómnibus y toparme con la puerta cerrada. Era esa clase de experiencias a las que no sobrevivía. La sola idea de contemplar el rostro abotagado de la gente que se tienden en el asiento del micro, como en la cama de sus casas, que se sacan sus zapatos y se cubren con sábanas pesadas y húmedas, como digo, la idea de enfrentarme a esos ojos de mirada vacua que juzgan y condenan mi escaso talento telepático para sorprender el baño desocupado como si fuese el más bajo de los imbéciles; me resultaba insoportable.
Así que bueno, me contuve y ensayé mentalmente miles de formas de orinar desde mi asiento sin que me sorprendieran. Concluí que el pañal para adultos era una forma elegante de piyarse encima, que elude con elegancia las miradas curiosas.
Llegué a Mar del sur a la madrugara, me puse la mochila al hombro y me largué a caminar, me quedaban casi treinta kilómetros hasta el vivero, comenzaba la vida de salvaje. Saludé al último bastión de la civilización y me alejé por un camino de tosca que sólo transitaban los teros y algunas vacas perdidas[4].
A las nueve de la mañana, el sol ardía en lo alto del cielo y me despellejaba la piel de mi cabeza afeitada como si fuese una naranja. Tomé una remera del bolso y comencé mi curso de sobrevivencia. Para no gastar agua al cuete, arrojé el trozo de tela al piso y oriné sobre ella. La escurrí un poco y me la enrrollé en la cabeza como si fuese un turbante. A la media hora de cocerse bajo el sol, la remera comenzó a desprender un aroma fétido y un manto de vapor comenzó a obnubilar mi visión de lince. Cuando el sudor que caía de mi cabeza se mezcló con el sabor agrio de la orina, sentí que era demasiado y me quité el trapo, gasté casi una botella entera de agua en refrescarme la nuca y quitarme el olor a basural que se formó en mi coronilla. Algo decepcionado, hice un alto y me senté sobre la mochila que comenzaba a despellejarme los hombros. Tenía la espalda empapada de sudor. Me desaté las zapatillas, me quité las medias que arrojé entre unos cardos. Me puse unas alpargatas que estrené en ese momento. Más que nada para darme aires de paisano. Rebusqué entre los trapos que llevaba dentro de la mochila, saqué una botella de jugo que ardía y bebí un trago. El líquido atravesó mi garganta como se tratase de un manojo de vidrios.
-Ah, mierda...
La vida en la naturaleza, que había empezado apenas tres horas antes, comenzaba a tornarse insoportable. Un blogger como yo, no estaba hecho de madera de héroe, era tiempo de que lo entendiera.
Hice una visera sobre mi frente y miré el camino que se perdía entre dunas cubiertas por pasto y vegetación costera. Las gaviotas chillaban en el cielo y soplaba un viento cálido que no refrescaba nada. Me pregunté si llegaría al vivero antes de que anocheciera. Me puse de pie y seguí caminando.
Además de mis bufidos graves, los únicos sonidos que rompían el silencio era el de las olas al estrellarse contra el desfiladero y el del viento que chiflaba en mi oído. Acostumbrado al bramido urbano, la quietud tenía mucho de sobrenatural. Nada interrumpía la paz. Al mediodía comenzó a asaltarme una modorra devastadora. Venía mal dormido y necesitaba recuperar energía. Me tiré sobre una duna y abría la mochila. Saqué las provisiones, un paquete de galletitas criollitas que devoré en escasos segundos y como postre: diez caramelos media hora. Los carbohidratos me proporcionarían energía suficiente como para mantenerme de pie, la proteína que necesitaba para llenar de sangre mis músculos pensaba extraerla del coto de caza que encontraría dentro del vivero.
Luego de una breve siesta me puse de pie y me largué a escape. Caminé hasta que las alpargatas se deshilacharon. El sol comenzaba a caer sobre el horizonte marino y todo el campo se tiñó de un manto anaranjado[5]. A lo lejos vi las primeras formaciones boscosas que se alzaban entre las lomadas.
Llegué al vivero de noche. Me serví de una linterna a dínamo y con no poco esfuerzo armé la carpa. A la mañana siguiente pondría a pruebas mis proyectos científicos.
Me colé dentro de la carpa y encendí el pequeño farolito o sol de noche que traje en mi mochila todo terreno. Abrí una lata de sardinas, nunca me gustaron las sardinas, pero como leí por ahí que uno debe comer alimentos envasados cuando se atraviesa una situación límite, me incliné por ese pescado nauseabundo. Las acompañé con un poco de pan recubierto por una capa de arenisca. Al terminar mi cena de anacoreta, me sequé las manos sobre la manta que extendí en el piso y me recosté. La carpa era tan chica que tuve que sacar mis pies por afuera de la abertura. Por un momento, temí que me devoraran los perros cimarrones, que abundaban en los viveros, pero supuse que el hedor a macho alfa que desprendía mi cuerpo sería suficiente para ahuyentarlos. Me cubrí bien con un mantel, puse la alarma del celular a la mañana -bien temprano- y apagué la luz.
Cerré los ojos y me adormecí con el sonido vaporoso de las olas que rompían sobre la playa. Una ventisca álgida penetraba la carpa, pero no lo suficiente fría como para quitarme el sueño.
A la mitad de la noche abrí los ojos y permanecí un largo instante –algo así como un extenso espacio de tiempo sin contabilizar- suspendido en un estado de duerme vela. Sin saber si mis sentidos se embebían de los fenómenos externos o de lo que acontecía dentro de mi cabeza. Afiné mi oído y presté atención, un chirrido molesto, como un gruñido animal resonaba que alrededor de mí. A ciegas, tanteé en el piso, buscando mi linterna. Como todas las herramientas útiles, estaba fuera de mi alcance, escondida hasta que ya no necesitara utilizarla. Bufé y volví a cerrar los ojos, como si mi acción diluyera por sí sola la presencia externa que me desvelaba.
El sonido continuó y elevó su volumen como si se acercara. En un primer momento pensé en los perros cimarrones, pero lo descarté. Era una voz carrasposa y brutal, una especie de bramido simiesco. Algo que no tenía parangón con la especie canina. La proximidad del peligro me puso alerta y me desperté. Permanecí de cuclillas dentro de la carpa, buscaba con urgencia la linterna, que no podía encontrarla entre el manojo de basura que se apilaba a un costado, entre mis ropas y los restos de comida de la cena nocturna. Concentrado en mi búsqueda, me sorprendí cuando la carpa se me vino encima y luego fue arrancada de cuajo, me enredé un segundo con las telas y las varillas de la carpa y luego rodé al descampado. Cayeron sobre mí todas las provisiones que apilé dentro de mi refugio. Tan asustado como sorprendido, no pude evitar mirar hacia arriba, la noche era cerrada y la oscuridad me dejó distinguir muy poco. Lo único que llegué a entrever fue mi carpa perderse entre las nubes, prendida a un animal que no tenía lugar en este mundo repleto de intrascendencias.
Fruncí el entrecejo, la situación me superaba, el ave que me arrebató la tienda para ser chimango era grande. Me dejó preocupado, no contaba con esa clase de contratiempo. Me agaché y reuní mis pertenencias en una pila. El rugido continuaba con toda su fuerza, parecía ser que los dos fenómenos no estaban emparentados como sospeché en un principio. Me sentí indefenso como las damiselas que antaño aullaban en lo alto de las atalayas. Me acurruqué sobre los trapos que me quedaban y me pregunté quién me mandó a hacerme el boyscout, con treinta y pico de pirulos encima y pelado como una rodilla.
-EeeeuuUUUUEAAAHHHHEUUUhhhheeeuuuuuuuuuu –aullaba un monstruo que imaginé como un Leviathan enfurecido. Sorprendido, di un respingo y descubrí dos esferas púrpuras suspendidas en el muro de oscuridad que se interponía frente a mí, los ojos de la bestia transmitían una expresión perversa y recargada de cinismo. Como si se regodeara con el pánico que me despertó su cántico macabro.
-¿Quién está ahí? ¡¡Toy armado!! ¡¡Toy armado!! ¡¡Ojo!!
Se escuchó una risa sofocada. Ni siquiera podían tomarme en serio. De algún modo, el sonido de la risa me relajó un poco, entendí que no me enfrentaba a una bestia salvaje, sino a un animal racional. Mi abanico de armas se afianzaba.
-Gilún... –una voz carrasposa me acusó desde el abismo boscoso.- ¡PAJERO!
Tras escucharlo, me volvió a dominar el terror. La voz, de tono imperioso, me llenaba de espanto. No sabía cómo enfrentarlo, su sarcasmo, en medio de la nada, me desbarataba. Alcancé a susurrar:
-Ojo, de verdad, sé algo de judo. –y en seguida me reproché detallar el alcance de mi técnica. Una brasa ardiente relumbró en las tinieblas y demarcó la presencia concreta de la bestia que me acechaba.- Y tengo un 22… cargado –agregué para darle polenta a mi discurso.
Lo escuché reírse y observé el arco de luz que hizo el cigarrillo cuando lo arrojó lejos de sí. Escuché quebrarse las ramas que yacían en el suelo y a los arbustos que me redoeaban, removerse. No era el viento. Mi cuerpo se tensó y quedé tieso como si me fuese a chocar una máquina diesel. Un vaho fétido se coló por mis fosas nasales y me removió el estómago. El hedor era rancio como el que nos afecta cuando atravesamos, sin percatarnos, la guarida de un ciruja, un pequeño rectángulo recargado de cartones con un fuerte olor a orina estancada y a heces putrefactas. Delineado entre las sombras de los árboles entreví la figura de un ser de apariencia simiesca. Sus ojos pálidos, de color naranja, brillaban sin vida y me observaban con ansiedad. Retrocedí unos pasos y tropecé con un manojo de ramas, caí de espaldas y solté un grito afeminado, que por su tono y débil templaza, transmitía un pedido desesperado de piedad. El animal se precipitó sobre mí y me abrazó, el contacto con su cuerpo piloso, de cabellos crespos, endurecidos y húmedos, me repugnó. Su aliento fétido y vaporoso me obligó a contener la respiración, por un momento recordé mi viaje diario en tren, sometido a la turba humana y a su sangre ardiente. Se hizo un claro entre las hojas de los árboles, la luna lanzó sus rayos y me permitió vislumbrar el rostro de mi atacante. Poco tenía de humano, el maldito. Su cara, de rasgos contenidos, como achicharrados por un escultor maníaco, se asemejaban a los de Valdemar Danisky en sus horrorosas noches lobisonas. El animal, sumido por una fiebre guerrera, gemía e intentaba girar mi cuerpo para ponerme de espalda y así quedar indefenso. Mis duros entrenamientos en la escuela del hierro me permitieron resistir el embate del monstruo. Alarmado, sentí el golpe prodigioso de su bálano sobre mi entrepierna. El hijo de puta estaba en celo y, además, le gustaban los monos depilados como yo. No, si para mala leche estaba mandado a hacer. Le decía bajito: “para, para, para, para, para…” ¡Y una mierda!. ¿Qué bola podía darme? En medio de la nada, en su territorio y yo limpito, listo para que me rompieran la telita. Lo que no pudo aquella vez Ñogui, lo que intentaron en vano los doppelgängers, lo lograría el lobisón del vivero. Sus manos carnosas recorrieron mi pantalón y lo desgarraron de un manotazo. Grité como una niña cuando sentí que sus garras me arañaban la pierna. La bestia me lanzó su aliento y arrebatado por una furia amorosa, me babeó la cara mientras me cubría el rostro de besos[6]. Gemí en vano. Sentí como se estrujaban mis testículos cuando la gema ardorosa del monstruo tanteó mi boca oscura y embistió.
Mi aullido fue tan desgarrador como el trozo de piel que se me abrió debajo. Sentía que un brazo vascularizado recorría mis entrañas, una larva de hierro que dividía en dos mis intestinos. La bestia duró poco, mi ano desbordó un líquido pegajoso y el lobisón intentó retirar su pijote, pero no pudo. Como les ocurre a los canes, el pene del lobisón se hinchó durante su acto y le era imposible extraerlo. El monstruo consternado, se puso violento y descargó sus nudillos sobre mi espalda desnuda. Evacuó su furia del mismo modo que lo hizo con su líquido seminoso. Después de un rato se contuvo, dejó caer su cuerpo brutal sobre mi anatomía abusada y se echó una siesta, mientras su cipote latía dentro de mi cavidad intestinal. Recordé el episodio del librero y lloré. Me prometí silenciar esta aventura, que nada tenía de dichosa y mucho de trágica. En el cielo comenzaba a brillar los primeros rayos diurnos. Unas aves gigantescas atravesaron el firmamento en un vuelo pausado. El monstruo quitó su mástil de carne, pasó su mano sobre su pecho y espalda para desprenderse el manojo de tierra que se prendía a su pelo crespo, me miró y sonrió.
-Sea varón o sea nena, no me hago cargo, mamita linda.
Mientras el monstruo hablaba, sentí deslizarse un líquido gelatinoso bajo el arco de mi entrepierna. Me pasé una hoja por la raya del culo casi como un movimiento mecánico para sacarme la chanchada. El lobisón sacó un paquete de cigarrillos del pantalón de jeans que dejó tirado a un lado del campamento y me miró.
-¿Vos usás colonia?
-Sí, “Pibes”…
-Te vendió, flaquito. Si no fuera por eso, no te hubiese olido. Ando resfriado. Te metiste solo en la cueva del lobo. Pero tranquilo, que no pasa naranja. Yo me tengo que ir que le tengo canguelo a los avechuchos que dan vuelta por acá. –señaló el cielo con el mentón mientras se ajustaba los pantalones y se calzaba unas alpargatas roñosas. Antes de irse, me tomó por el mentón y me dio un beso en la boca. Los pelos de su cara me lastimaron, pero no dije nada. Era un buen amante[7].




[1] Vamos unos pocos párrafos y se pone insoportable. La aventura que se perfila es chata como un fatay árabe y no promete nada. Al costado tienen una gama de vínculos que puede ser que despierten sus intereres.
[2] ¿Cómo se puede aprovechar el tiempo en otra cosa? Primero, no leyendo una línea más de esto. Segundo, dedicarse por entero a lo que dicta el instinto. Los asesinos seriales lo hacen y no les va mal.
[3] Esto es todo, eh. No esperen mucho más. La historia termina cuando me coge por el culo un lobisón, si quieren seguir sigan. Pero, como dije. no hay mucho más.
[4] Es una cosa intolerable. Hasta esta nota lo es.
[5] Todo esto es poesía, así, en carne cruda. Eh, puto.
[6] Esto me dio más miedo que la violación en sí, la perspectiva de un noviazgo no me alentaba.
[7] Y eso es todo, fin. Nunca más. Cuando la empecé iba a ser un cuento bien borgeano sobre animales prehistóricos y esas cosas y al final dije: “má sí que me hagan el orto”.

2 comentarios:

Rambo dijo...

esto es lo mejor del proto.

SEÑOR ESCLAVO dijo...

Si porque no te paso a vos!!..eso quisieras afeminado!!...che pero bueno te beso antes de irse!!...que se yo!!...