sábado, febrero 25, 2012

Los hombres sapos quieren tu torbellino


  

Todo fue por mensajes de texto. Tengo un celular viejo. Lo heredé y nunca tuve la fortuna de perderlo o romperlo. Es esa clase de modelo irrompible, construido como si fuese un rastri, se arroja desde un noveno piso, estalla en mil pedazos, y uno puedo volver a ensamblarlo sin problemas. El tipo de aparato que analizarán los arqueólogos del futuro, cuando no quede ni pistas de nuestra civilización decadente.
  El contacto me lo pasaron unos amigos, me dijeron que la llamara, que era buena chica y “¡¡Lindísima!!” Que le habían hablado de mí y que además “¡Muy bien!” Yo lo primero que pregunté fue si le dijeron que era pelado, me dijeron que sí, que le habían dicho. Era algo que había que tener en cuenta. Uno no puede estafar a la gente, porque en esas cosas hay que ser sincero de entrada, más que nada para no crear falsas expectativas. Que lo supieran desde el principio. “Ah, ¿es pelado?... No importa!” “Buenísimo” A lo que siempre sigue un: “¿Pero se afeita la sabiola, no?” “Claro, claro”. No, sí, claro. ¿Cómo no me voy a afeitar la cabeza? Tampoco soy tan boludo. Y dicen que tengo linda cabeza, incluso que me queda bien pelado y los más buenos –los buenísimos- que hasta no se imaginan verme con pelo. “No te imagino verte con pelo… No sé… No te imagino”.
  Así que tenía el tubo de la chica y lo único que debía hacer era levantar el teléfono y llamarla. Pero no me animé. Aunque quedara mal y, perdido por perdido, le envíe un mensaje. “Hola soy tal… Me pasaron tu número… bla-bla-bla” Una hoja A4 dentro de un mensaje de texto, Movistar encantado. Al instante me responde con una risa, un “jajajaja” porque le había filtrado un chiste en medio de la hoja A4, y me dijo que sí, que sabía quién era yo, que también la tenía intrigada. ¡Qué la tenía intrigada! ¡Un calvo! Los calvos no tenemos misterios, somos por naturaleza tipos despojados de enigmas. La invité a salir, me consumí toda una tarjeta para gestar la hazaña. No sé cuántos mensajes, cuántas idas y vueltas, hasta que acordamos vernos un miércoles, dos días después de congeniar la cita, en pleno Belgrano. La perspectiva me puso ansioso. ¡Un cita! Tengo que confesar una cosa, antes de seguir con el cuento, algo necesario, que además hace a la trama, porque esto no es un cuento, es historia viva, me pasó a mí, no ando con fantasías… Digo, lo confieso, que hace casi medio año que no mojo el palito. ¡Casi seis meses! Un montón. Sí, pero no lo sufro demasiado, tengo esa cosa de asexuado, de tipo sin vida, que no me tortura, no me mata. Me entretengo con otras cosas, tengo mis libros, mi biblioteca, una vasta colección de películas pirateadas, conozco los secretos para permanecer ocupado, no permitir que mi mente o que mi líbido se despierte. Lo mantengo prisionero, encerrado bajo una puerta con veinte cerrojos y cadenas. Un hombre sistemático, de rutinas rígidas, un sobreviviente. Pero el hecho estaba ahí, seis meses sin ponerla y así, como si nada, se presentaba esta oportunidad que me había caído del cielo. Ver una mujer cara a cara, hablarle, coquetear con la posibilidad de volver a remojar la chaucha. Todo era posible. Hasta podía escuchar al señor Líbido bramar allá arriba en el altillo, golpeando la puerta con la intención de tirarla abajo. Lo que era civilización; nada.

  Fueron dos noches difíciles. Me acostaba y me despertaba con una erección espantosa. La ansiedad me carcomía. El libro que me llevaba para leer, parecía escrito con caracteres chinos, y yo no leo chino. Me armaba la fábula en la cabeza. Toda la historia de amor, un idilio digno de la Brönte. Imaginaba que me encontraba, que la miraba a los ojos y que reconocía en el brillo de sus pupilas el impacto –fulminante- que mi anatomía, cincelada en la dura, lenta y destructiva labor del gimnasio de aparatos, suscitaba en sus psiquis femenina. Y yo, a todo eso, casual. Como que no me daba cuenta. Le restaba importancia, no caminaba como un patovica ni nada. Un simple Aquiles paseándose entre los mortales, nada más que eso. Pero también, en mi fiebre neurótica, imaginaba lo contrario. La decepción y el cuasi horror que le producía el encontrarse conmigo, el rictus de espanto. El tedio en los ojos, la búsqueda fatigosa de una excusa medianamente creíble para deshacerse de mí, mientras que yo también buscaba una forma de retirarme con algo de honor. Con el honor herido y patético del vencido. Del que se sabe feo y culposo de serlo.
  Así que fueron dos días llenos de posibilidades negras y blancas. El miércoles, como el encuentro era después de mi jornada laboral, me vestí con mis mejores galas. Estrené un pantalón y me puse una remera ajustada al cuerpo. No descuidé mi aseo personal y presté atención al afeitado –casi científico- de lo que me restaba de pelo en mi cabeza. No estaba mal para ser calvo. Antes de salir, consulté el pronóstico del tiempo, nada… Cielo parcialmente nublado y mucho calor. El día pasó rápido y, antes de irme del trabajo, le mandé un mensaje anunciándole la hora tentativa en que iba a llegar. Cuando subí al tren para ir al poblado con mayor cantidad de chetos per cápita, sudé la gota gorda. Era una formación con ventanas herméticas y con el equipo de aire acondicionado roto, la temperatura, a eso de las 18 horas ascendía a casi 34 grados, dentro del vagón hacía más de 40° y el cielo estaba encapotado, anunciando tormenta, o sea, nada de “parcialmente nublado”. Para sumarle desgracia, el tren salió demorado, viajé hacinado como una sardinita dentro de una lata estrecha. Sudé todo lo que no deseaba sudar. Me sentí incómodo y pegajoso, aunque no tenía un espejo para verme, sabía que la cara me brillaba como si un nene me hubiese llenado el rostro de besos luego de lengüetear durante una hora una paleta de chupetín. Estaba lejos de tener una estampa presentable, pero ya no podía hacer nada para remediarlo, por lo que me resigné lo mejor que pude. ¿A qué angustiarse?
  El libro lo mantuve abierto, pero no leí. Dediqué todas mis energías en pensar en el encuentro. Yo había hecho trampa, le había pedido a mi amigo el apellido de la chica y me fije qué tal estaba en facebook. No era ninguna modelo, pero las cosas las medía por la necesidad que atravesaba y ésta era tanta, que la chica había adquirido puntos a favor, tan sólo por aceptar mi cita. La consideraba especial. Una mujer con coraje, lejos de esa clase de gestoras de desplantes que me enviaron seis meses y monedas al exilio sexual.
  Cuando bajé en Belgrano me llamó la atención la presura de la gente, corría o caminaban a paso vivo. Miré el cielo, el tan afamado “parcialmente nublado”, las nubes parecían estar a la altura de mi cabeza y se deshacían como grumos de harina. Tenían un color gris plomo y la atmósfera era pesada, hasta se podía oler el ozono en el aire. No iba a salvarme del chaparrón. Me ofusqué. No porque lloviera, sino porque no quería humedecer mis galas. La cabeza no era un problema, desde hacía décadas el pelo había dejado de ser esclavo del clima, yo ya no pensaba en esa clase de cosas. No, el problema era mi ropa. Confieso que no era nada del otro mundo, pero era lo mejor que tenía. Y me decepcionaba en el alma mojarme, a tan pocas cuadras de concretar el encuentro anhelado. Apresuré el paso lo más que pude, pero yo no era el de antes, cargo con una lesión en la espalda –fruto de mi genética fallida y de la dura, lenta y destructiva labor del gimnasio de aparatos- que me impide volver a correr o a caminar más de la cuenta. A escasas tres cuadras de la estación y a otras pocas del punto de encuentro, se largó la función. Comenzaron a caer unos goterones del tamaño de un limón. Sin entrar en pánico, busqué refugio bajo el alero del garage de un edificio. Estábamos en febrero, un mes lluvioso, no había nada que hacer, llovería durante algunos minutos y luego el cielo se abriría. Una tormentita de verano. Nada. Lo que empezó como una garúa gruesa, mutó al poco tiempo a un torrente líquido, a una cortina de agua donde era imposible ver más allá de tres metros. Los bocinazos se extendieron por toda la calle, la gente se precipitaba a buscar refugios o se resignaba a mojarse como si se sumergiera en un pozo de agua. La cosa parecía ser más seria de lo que había pensado yo en un principio y los vates del “cielo parcialmente nublado”. Tomé el teléfono y le envié un mensaje. Le dije que estaba cerquita, que en cuanto amainara un poco la lluvia me acercaría. Estaba decidido, no iba a mojar mis galas. Me respondió que ella también estaba a cuatro o cinco cuadras del punto de encuentro, bajo el alero de un negocio, que también en cuanto apaciguara un poco, se acercaba.
  Me quedé tranquilo. La cosa ya estaba hecha. Sólo faltaba que el cielo dejara de vomitar agua y listo. Pero el agua salía de todos lados. Parecía que el Infierno se hubiese inundado, de las bocas de tormenta surgía agua a borbotones y los autos comenzaban a probar sus motores fuera de borda. La cosa iba a para diluvio y no había Arcas a la vista. Salió el portero del edificio y me dijo algo así como si no me animaba a mojarme un poco, le gruñí no sé que cosa, como un gato salvaje, nadie me iba a echar de mi refugio. El tipo leyó en mis ojos mi locura y no insistió. Decidí llamarla, pero después pensé que sólo tenía veinte pesos de crédito y que una llamada me lo consumiría en un minuto. No, no la llamaría. Aguardaría. Los minutos pasaron y la lluvia, la cortina de agua, se volvió más espesa, el agua había dejado de ser agua, había cambiado su estructura molecular, se había transformado en materia.
  Mi cara era una máscara de amargura. Quería expresarle todo mi odio al demiurgo que me había puesto en ese escenario, ese enano perverso que se reía, día a día, de mis cuitas. Pero me faltaba la épica y el aire místico de un guerrero de Moorcock para encontrarlo. En mi cinturón no portaba ninguna espada maldita ni ninguna daga sembrada de zafiros y esmeraldas con cualidades mágicas, mi cinturón era un pedazo de cuero crudo, semipodrido, reparado con cinta adhesiva y en mis bolsillos no llevaba bellotas fantásticas, sino una billetera con unos pocos pesos y un abono mensual para el tren. Lo que era magia; no había. Y ahí estaba el quid de la cuestión, por eso el demiurgo se me reía en la cara, me sabía indefenso. Podía jugar con el clima y arruinarme los pocos aciertos que intentaba regalarme el destino, sabía –como buen jugador de ajedrez- adelantarse a mis movimientos y ubicar las piezas con antelación, para darme jaque mate con clase.
  Tomé el celular y le escribí: “voy para allá”. Había una sola cosa que mi impulsó a tomar ese riesgo, el hecho de decidir quitarme la remera para no mojarme el pecho. O sea, lucir mi físico entre todas las mujeres espantadas por el clima, constituía por sí solo, un incentivo delicioso para llevarlo a cabo. Guardé la remera dentro de mi mochila y utilicé a ésta como una especie de paraguas informe. Me desplacé pegado a las paredes, a poco menos de diez metros de mi salida, ya estaba empapado desde la cabeza a los pies y las plantillas de mis zapatillas Topper de lona, expulsaban burbujas de agua. Fruto del mal enjuague.
  Verifiqué el teléfono y descubrí que tenía un mensaje. Volví a buscar refugio bajo un alero y lo leí. Era mi prometida acuática, la sirena de Belgrano. Me decía que no iba a poder llegar, que las calles estaban anegadas. Belgrano era Venecia, un maremoto parecía haber ganado la avenida Cabildo. Quería desanimarme. Pero yo ya estaba mojado y, lo importante, en cuero. Mi intelecto estaba apagado, sólo quería desfilar entre los vivos. Tantos años desgañitando mi físico dentro de las prisiones de hierro y ahora, llegaba mi oportunidad de lucirme en la desgracia, exhibirme, lo repito, frente a los mortales. A medida que avanzaba en ese campo acuático, en esos pantanales ganados por Poseidón, el panorama se volvía más y más trágico. Las aguas arrastraban los coches hacia el bajo y los gritos de las personas, atrapadas en el interior de los vehículos, se escuchaban desde cientos de metros desde donde sucedía el espectáculo. Carrozas de carnaval, ataúdes de muerte, los sarcófagos que llevaban al héroe de Moby Dick. Las aguas habían llegado para llevarse a todos los vivos. No iba a quedar nadie. Había que apresurarse, buscar un refugio, ganar las montañas. Pero en Belgrano, ni siquiera en todo Buenos Aires, hay montañas. Uno debía caminar hasta la cordillera, y eso no era cerca. Miré hacia arriba, con los ojos entrecerrados por los goterones de lluvia que me enceguecían, la gente, desde los balcones, se regodeaba con los ahogados que arrastraba la marejada. Un río que llevaba vehículos, niños, carritos de bebé vacíos, ningún Moisés flotando a la deriva, sólo mugre y cadáveres. El cuerpo de un niño retozó un instante en el borde del cordón donde me había acercado y un camalote de mugre lo envío al centro de la calle, antes de que pudiera atraerlo hacia la orilla. Una anciana, con el agua hasta el cuello, nos hacía señas con el bastón para que nos arrojáramos al agua a rescatarla. Los que permanecíamos bajo el alero, la señalamos y balbuceamos zoncerías. Nada firme. Es que no teníamos alma de Baywatch. No había sol, ni mujeres con mallas rojas que nos incentivara a hacer el héroe. La vieja volvió a alzar el bastón, no comprendí que se proponía, ¿saludarnos? ¿con el agua al cuello? Antes de que pudiera responder ese enigma, un coche que flotaba sin timón, la pasó por encima y la arrastró consigo. Los pies de la vieja afloraron un instante y nada más. Desde los balcones se escuchó un rumor de consternación, la vieja nos había brindado un excelente espectáculo y, casi casi, queríamos más. Todavía se veía la estela de burbujas que habían expulsados los bofes de la vieja, cuando me llegó un mensaje de texto al celular. Era mi chica, la de mis sueños, la que nunca había visto y que no importaba. La sirena que guiaba mi desesperación. Me anunciaba, casi como una Ifigenia entre tauros, que estaba con el agua hasta el cuello. No decía más que eso: “tengo el agua hasta el cueyo” y nada más. Lo tomé como una despedida. Supuse que se balanceó sobre un montículo de arena, mientras con una mano se sujetaba a alguna saliente y con la otra apretó los caracteres para enviar el mensaje postrero al novio que no fue. Sentí pena; pero también alivio. Que se muriera evitaba que mojara mis galas. El pantalón tenía menos de una semana de uso. Las zapatillas las tenía flamantes y mi remera, se me ajustaba al torso como una malla de cuero. ¿Qué vida humana valía todo eso?
-¿Vas para la estación?
  La pregunta me la hicieron de espaldas, cuando me había arrimado al cordón para calcular la profundidad del agua y verificar que no hubiese tritones acechando en las corrientes.
-Sí, ¿por?
-Nosotros vamos a Cabildo y José Hernández, si vas para allá te llevamos y evitás mojarte los pieses... No sé...
  Alcé las cejas y me di vuelta. Voy eludir los pruritos humanísticos e izquierdistas y diré que lo que tenía frente a mí eran dos villeros de ínfima categoría. Arrastraban un carro propulsado por dos llantas de tractor, cargado de basura y cartones corrugados en pleno proceso de descomposición. Era un día perdido, en lo que a trabajo se refería. Uno de los negros me dedicó una sonrisa de pálida dentadura y la otra, que era una negra en lo que daba de sí su humanidad o lo que le restaba de ella, agitó su cabeza de arriba a abajo, como alentándome a que me sumara a su aventura.
-¿Me vas a llevar ahí arriba? –le señalé el carro- ¿Entre toda esa mugre?
  Por toda respuesta, la negra se arrojó al agua, trepó por la rueda hasta la base del carro y tiró toda la basura a la calle. La corriente se encargó de arrastrar los cartones y las bolsas de consorcio que desperdigaron en el agua su contenido de cáscaras de naranja, yerba, culos de pizzas, hojas de carpetas número tres con viejas fórmulas matemáticas de secundaria, siempre erradas, y bolas de pelo fundidas en trozos de comidas indistinguibles. Supuse que desprenderse de esos víveres, significaba para mis villeros una noche en ayunas. Tal vez dedicada al rezo o, en su defecto, al sexo más primitivo y brutal que pudiera concebir la imaginación humana.
  Nunca comí vidrios, por lo que pregunté:
-¿Y a cuánto asciende el paseo en góndola?
  El negro se sacó un moco sembrado de pústulas sanguinolentas y lo pegó en un trozo de madera del carro, donde permaneció adherido como una verruga.
-Veinte pesos, padre.
  Razoné que no estaba mal. Me acomodé sobre una tabla de madera que oficiaba de asiento y con una leve inclinación de cabeza que había heredado de mis ancestros esclavistas, les indiqué que se pusieran en camino. Al unísono, con el agua por encima de sus rodillas, comenzaron a empujar las ruedas del carro, forcejeando contra las corrientes. La negra parecía más fuerte que su marido. Las venas de su frente se inflamaron como cordones, al tiempo que hacía girar el neumático de tractor. Me puse de pie y me deleité con el espectáculo que brindaba a los refugiados que se concentraban bajos los aleros de los edificios. Mi audacia y la originalidad de mi motricidad se imponían sobre el portento acuático que caía del cielo. Había nacido para dominar al hombres y sembrar el estupor entre el género humano, eso estaba visto.
  Los carreteros dirigieron la embarcación anfibia al centro de la avenida, donde la corriente era menos fuerte y evitaba que el vehículo se ladera hacia la izquierda, además la panza que hacía el asfalto colabora a restarle profundidad a la inundación. Pasada la emoción de los primeros metros, volví a sentarme y a concentrarme en el camino que se abría frente a mis ojos. Más adelante, el agua había sobrepasado los techos de los vehículos y comenzaba a anegar los negocios lindantes a la calle. Buenos Aires se hundía. La capital se transformaba en una nueva Atlántida, futuro diálogo de algún Platón post apokalíptico que pariera la pampa. Cuando ganamos la esquina de la calle José Hernánez tuve que asirme con fuerza a una tabla, la embarcación comenzó a agitarse bajo la correntada y el oleaje de las corrientes cruzadas. La negra desapareció bajo un montículo de ramas que se le atravesó en el camino. Su marido se limitó a silbarle como si fuese un perro que hubiese perdido la senda. Pero de la negra no supimos nada más. El dueño de la góndola se sujetó a la proa del carro, a un caño de cortina que sobresalía por delante, el agua corría con más fuerza que nunca y daba todo de sí, para llevarlo consigo.
-Padre... ayudame... Padre...
  Por las circunstancias y por el mismo pathos que éstas circunstancias exudaban, el diálogo me recordó a esa escena, tantas veces vista y parodiada, de Luke Skywalker, mendigando piedad a su padre en El retorno del Jedi cuando el Emperador Palpatine lo calcina con los rayos que emergen de la punta de sus dedos. Y soy consciente que así descripta, la escena no vale una mierda. Pero descanso en la buena memoria del lector. Entonces, volviendo al negro y a su pathos, pensé que había un abismo entre la mendicidad jedi de Luke Skywalker y el suplicio del cartonero de Belgrano. Alcé el mentón y le pisé los dedos. Soltó su agarre y desapareció bajos las aguas. El demiurgo que me había enviado el diluvio, no pareció satisfecho con mi reacción y volcó el carro. Caí al agua y comencé a nadar como un perrito. Pero la corriente era demasiado fuerte para esa clase de estilo natatorio. Las aguas me enviaron derecho a un remolino que se formó en una boca de tormenta y caí dentro, junto a un enjambre de basura y uno que otro cuerpo ahogado. Siempre fui bueno conteniendo la respiración, años de entrenamiento en una pileta pelopincho y una pareja de pulmones nunca corruptos por el cigarrillo, me permitieron resistir el embate submarino sin temor a morir en los primeros dos minutos. Además no iba a hacerlo cuando comenzaba la aventura verniana. Pero no conté con el golpe. Cuando atravesé la boca de tormenta, me arrastró la cascada y caí sobre un cordón de cemento. Nadé a la superficie y respiré. Comprobé que podía hacer pie y que el agua me llegaba a la altura de mis tetillas. El pasillo era tan estrecho que tuve que abrirme paso de perfil hasta que encontré un pasillo más ancho donde, además, el agua descendía a la altura de mis rodillas. La poca luz que iluminaba mi camino se filtraba desde las tapas de tormenta. La situación, lo comprendía, era peligrosa. Pero no quería perder mi sangre fría. Intenté reconstruir ahí abajo, un mapa mental de la superficie. Todavía tenía esperanza de llegar a Cabildo y José Hernández. Pero desistí. Aunque tentador para mi imaginación exacerbada y humedecida, no era una medida razonable.
  Caminé a la deriva hasta que me topé con una barricada de basura y ramas podridas, retrocedí por donde había venido y volví a toparme con otra barricada imposible de vencer que obstruía mi camino de regreso. El agua comenzó a ascender, la lluvia, allá arriba, parecía agudizarse. Recordé que cerca de la primera barricada, había una puerta que tal vez me condujera a una salida. Volví sobre mis pasos y encontré la puerta. Con algo de esfuerzo, pude abrirla. Me colé al interior y me apresuré a cerrarla. El agua, ahí dentro, sólo me llegaba a las rodillas. Se me había acabado la excitación y mi espíritu triunfalista. Tiritaba de pies a cabeza y me dolía la cintura. Quería sentarme y tomarme un café bien caliente. Quería salir de ahí y deseaba que mi cita estuviese a esas horas, ahogada y devorada por las palometas. Si bien había escapado de la muerte por inmersión, me había encerrado en un cuarto a oscuras sin posibilidades inmediatas de que me rescataran o de escapar. Permanecí en suspenso, haciendo fuerza para contener el puchero que se me formaba en la boca.
-¿Llueve a cagarse?
  La voz no sonó ni cavernosa, ni quejumbrosa, ni nada de lo que pudieran pedir aquellas tenebrosas circunstancias. Hasta parecía amigable y todo.
-Sí... –me aventuré a responder.
-¿Está ordenado acá adentro?
-No se ve nada...
-¿Sos ciego también?
-No... Pero está todo oscuro. ¿Vos sos ciego?
-Sí, ¿vos no?
-No, yo no.
-Entonces no sabés si está ordenado acá adentro.
-No, no sé.
-Pero llueve a cagarse, ¿no?
-Está todo inundado. Casi me ahogo.
  No dijo nada más. Permanecimos en silencio un rato. Lo escuché hurgar en sus bolsillos. Sacó una bolsa de plástico y comenzó a juguetear con su contenido. Oí algo así como un abrojo y después vi el resplandor de una llamarada que me enseñó durante un breve vistazo la cara de mi compañero de encierro. Una cara angulosa, de ojos vacíos y que llevaba un sombrero de cowboy encastrado en la cabeza. Encendió un cigarrillo, volvió a prender el encendedor y lo estiró hacia mí.
-Tomá... Pero no lo pierdas. Me llamó John. Seguime, dentro de poco el agua nos va a tapar la cabeza si continuamos acá. No es la primera vez que esto si inunda. Parece el Missisipi cuando crece durante las tormentas de verano.
  Nos colamos por un agujero. Yo jugueteaba con el encendedor para iluminar el camino. Atravesamos pasillos estrechos, sembrado de basura. El ciego caminaba sin dudar, guiándose con la palma de su mano, doblaba aquí y allá y salteaba los obstáculos como si supiera de antemano donde estaba cada uno de ellos. Era una cosa admirable.
-¿Estuviste en el Missisipi?
-No.
-Pena.
-Sí.
  Lo que era diálogo, los dos parecíamos ser bastante malos para llevarlo a buen puerto, por lo que muy pronto nos resignamos a quedarnos callados. Dadas las circunstancias, pareció ser la mejor decisión.
  Desembocamos en una especie de anfiteatro donde las tuberías de la ciudad vomitaban el detritus y el torrente de líquido de la tormenta a un arroyo subterráneo. Un conjunto de figurones emergieron de las sombras y se acercaron a nosotros dando tumbos. Todos balbuceaban el nombre de mi Virgilio.
-Sí, soy yo, muchachos. Traje compañía. Un forastero.
  No serían más que diez tipos en total. No doy un número preciso, porque no los conté, pero lo que era bulto, parecían no ser más de diez. Pronto comprendí que eran todos ciegos, junto a mi compañero, compartían la pasión por los sombreros exóticos, todos portaban un sombrero de alas anchas a lo vaquero, camisas a cuadros y pantalones ajustados. El agua y la pérfida luz de mi encendedor me impedían averiguar mucho más.
-¿Sos sheriff?
-No, pero vengo de Villa Leoncia.
  No creí que comprendieran la indirecta. Con Villa Leoncia hice referencia al pueblo donde el pajarito de García Ferré gastaba las municiones de su revólver. Los vaqueros topos no respondieron nada y murmuraron algo para sí. Acercaron sus manos a mi rostro y comenzaron a ensayar el reconocimiento facial a través del tacto. Pensé que tal vez se me pararía. Era cuestión de encontrar la fantasía adecuada.  
-Muchachos... No lo tomen a mal, pero lo que es ver... Nada. ¿No hay un foquito por ahí para la gente vidente?
  El conjunto de espantajos rió para sí. Me encontraban divertido, los muy fantoches. Alcé la mano y descargué un galletazo en la cara del que tenía más cerca. Se escuchó un plaff, secó y doloroso. Activé la llama del encendedor para ver con que me enfrentaría, el castigado permaneció tieso, frente a mí, con su mano derecha amansándose la mejilla herida. El resto desenfundó sus revólveres de cebita y me apuntaron a la altura de mis tripas. Pensé que lo mejor era seguirles el juego.
-Dispararle al hombre de la estrella de lata es un crimen penado con la horca, ¿lo sabían?
  Los ciegos asintieron y enfundaron sus revólveres, mientras hacían a un lado al que se había comido la tunda. Tiré mis codos hacia atrás y moví un hombro y luego el otro. Me creía que era Toshiro Mifune en Yojimbo. Sentí que la yema de mi dedo ardía como si la hubiese apoyado en una parrilla de cocer hamburguesas, apagué el encendedor y comencé a resignarme a las tinieblas cuando se encendió el foquito. Una raquítica luz que atravesaba el anfiteatro y que bañaba el recinto con una pálida luminiscencia cremosa. Fruncí la nariz, al parecer, la visión de los espantajos devolvió a mis sentidos, el hedor que desprendían sus figuras. Hedían a carroña, a bolsa de basura olvidada al sol, sembrada de ciempiés y gusanos obesos. Un viejito sin dientes que masticaba una especie de musgo que quería hacer pasar por tabaco, se acercó refunfuñando algo en un inglés cacofónico y me tomó por el codo.
-Sheriff... Debe acabar con los forajidos que acechan nuestro pueblo. Nos tienen agarrados del forro del culo desde que se cargaron al alcalde y ni siquiera nos dejan participar de las orgías que realizan en el Saloon del viejo Joe.
  Hizo una gárgara y escupió al charco un mejunje verduzco, sembrado de mocos sangrientos. Corrí la vista a otro lado. Los ciegos me habían rodeado. Querían escuchar mi respuesta. Eran un conjunto de locos de cuidado, me asombraba que entre tantas inundaciones y bajo las pésimas condiciones en que vivían, todavía contaran el cuento. Pero bueno, comprendí que la locura es una de las fuerzas más poderosas del universo y que cualquiera que esté imbuido por ella, tiene muchas posibilidades de lograrlo, sea lo que sea, lo que tenga que lograr.
  La luz también me permitió evaluar las condiciones en que vivían los ciegos en aquel patronato subterráneo. Eran de terror. Si bien el agua, que nos tapaba los talones, no me permitía ver el suelo, las salientes y algunos muebles desperdigados por el anfiteatro, me dieron una idea de la clase de higiene con la que convivían los no videntes. La mugre, y esto era regla, se hacinaba en los rincones, como si tuviese una especie de consciencia viva que le permitía adivinar las zonas donde los ciegos no indagarían, ni pasarían la escoba. Era como si la basura buscara los rincones más propicios para escapar de la pala y el cepillo de los cieguitos. Lo que abundaba por todas partes era la basura orgánica y los trapos húmedos. Pilones que no respetaban ninguna clase de regla geométrica se acumulaban aquí y allá, elevándose sobre las aguas como fungos infernales.
  A esa altura de las circunstancias, comencé a sentirme incómodo. No sabía por qué ángulo tomar ese asunto que, a todas luces, era delicadísimo. Reflexioné un instante y propuse:
-Si el Saloon se volvió un refugio de sodomitas e irredentos, me parece que es un buen lugar donde comenzar la limpieza. ¿Por qué no me conducen hasta ahí?
  Los diez cieguitos -o ese bulto representativo- alzaron sus brazos y gritaron “viva”. Con tan poco, los había emocionado.
  Formaron una fila, se tomaron de la mano como si fuese una hilera de niños escolares y guiados por el viejo mastica musgo se colaron dentro de un pasillo iluminado por unos foquitos rojos. El viejo que iba a la cabeza del grupo golpeaba contra las paredes un bastón de madera, de un lado a otro, con una exaltación violenta que me arruinaba los nervios, pero como era eso que se llama: un hombre con visión disminuida o nula, o sea, una persona con capacidades diferentes, me contuve e intenté que la cola no se desbandara, ya que me tocaba marchar a la popa de la fila. Trazamos una curva y arribamos a otro recinto húmedo, sembrado de basura y máquinas oxidadas. Más arriba se escuchaba el traquinar vehicular contra una rejilla de respiración que habían colocado sobre el asfalto. El ciego del bastón comenzó a golpear su palo contra todo el laterío que se acumulaba sobre las paredes. Del Saloon, de la pianola, por no hablar de las golfas, no había ni rastro. En fila íbamos de un lado a otro, ida y vuelta, trazando un camino serpenteante y repetitivo. Casi un ritual en sí mismo. Pensé en la salida que me había perdido por la lluvia y mi bendita suerte. Por lo que decidí hacer uso de la autoridad que me brindaba mi estrella de lata:
-Bueno... ¿Qué pasa aquí? ¿Llegamos o no llegamos?
  El cieguito que me precedía y que me tomaba de la mano, sembrando mi extremidad con la viscosa humedad de su palma, me agitó la muñeca y respondió:
-Es un Saloon submarino... ¿No le dijeron? ¡Los forajidos son hombres sapos!
  Mientras digería la estupidez que acababa decirme el vende solidaria subterráneo, sentí que alguien me golpeaba el hombro con la yema de un dedo, como si intentara llamarme la atención. Una cosa, vale aclarar, que siempre me dio por el culo.
-¡¡QUÉÉ!!
  Antes de que pudiera darme vuelta por entero o pensar cualquier cosa, los ciegos disgregaron la formación, rompieron filas y desaparecieron en las sombras dando bastonazos. Lo único que llegué a oír fue el final de una frase, que decía algo así como: “…vienen los sapos, salven sus agujeros… salven sus agujeros…”
  Me quedé quieto. La luz era casi nula y no quería arriesgarme a perderme. Aguardaría que la facción de los reptiles se acercara y volvería a irles con el cuento del sheriff a ver a dónde me conducía ahora la cosa. Estaba cansado. Sobre todo, estaba cansado de la vida y de ustedes, los imbéciles que me rodean en el día a día.
  Escuché un chapoteo en el agua que me llegaba a los talones y rechisté, por decir algo. Más que nada para que me sintieran. Una luz pálida se posó sobre mis ojos y me encandiló.
-¿Qué pasa, padre?
  Aunque hablaba correcto castellano, algo en su tonada me indicó que era de origen paraguayo. Hasta entonces no había oído hablar nunca de hombres sapos paraguayos. Hice una visera con mi mano y entrecerré los ojos. Las figuras se perfilaban a contra luz, llegué a distinguir tres bultos, de cabezas romas.
-¿Qué que pasa? ¿Qué qué pasa? ¿QUÉ QUÉ PASA? ¡PASA QUE ESTOY MOJADO HASTA EL CULO! ¡PASA QUE ME CHUPÓ UNA BOCA DE TORMENTA, PASA QUE NADIE ME TIRA UN CABLE… PASA… pasa que es un país de mierda, pasa que es una vida de mierda… pasa…!
-Tranquilo, padre… Yo soy de AySA y los señores son bomberos. El tema de la inundación acá en Belgrano… Bueno, ya sabés… Se pone terrible…
  El tipo bajó la linterna y se acercó hasta donde estaba. Los tres vestían pilotos de lona verde y cascos de plástico antishock. Los hombres sapos que chapoteaban en el charco, de tan llanos y vulgares, me provocaron espanto. Me dieron ganas de llorar y gritar como un niño ahí mismo.
  El paraguayo se acercó y cruzó un brazo sobre mi hombro, tenía alma de buen samaritano o le gustaban los pelados.
-¿Qué pasa, padre? Ya está. Ahora ya te encontramos. Quedate tranquilo…
  Terminó la frase y me dio dos besos en la mejilla y después me quitó la saliva que se había adherido a mi cachete con el reborde de su mano. Hijo de puta. Si hasta podía olerse el estupro que lo dominaba. Resbaloso e inmundo como un sapo. Noooo… si para eso, los cieguitos tenían ojo.
-¡Cuidado que soy el sheriff!
  Advertí para que no llevara las cosas a mayores y después se arrepintiera. Los dos bomberos rieron, pero en falsete, como si fuese una peli doblada al español más rancio. El paraguayo me dio un galletazo. Y me amenazó, con un timbre alarmante que me puso los pelos, quiero decir, los pelos del culo, de punta.
-¡Y PORTATE BIEN!
  De la nada se escuchó un coro… Suave y gregoriano: Los hombres sapos… Los hombres sapos…
  Los bomberos se acercaron al paraguayo que me había tomado por los hombros y me susurraba no sé qué clase de conjuro erótico en guaraní. Le dijeron que se apurara. ¿Apurara? Yo no quería ni que se apurara, ni que se demorara. No lo quería cerca. Eso era todo. Y ellos insistían con el “Apurate, Ramón… Apurate, Ramón…” Y detrás el canto gregoriano de los cieguitos… “Los hombres sapos… Los hombres sapos…”
  El paraguayo hizo presión sobre mis hombros, sobre algún punto de mi sistema nervioso que me obligó a arrodillarme. Algo de Aikido o algún otro arte marcial se ve que sabía. Porque sino, imposible. Me quedé de rodillas y vi su coso. Los bomberos repasaban el coso con la luz de sus linternas. Como si estuviésemos representando una obra teatral y el iluminador digiera el foco sobre nosotros. El “nosotros” éramos el coso y yo. El coso, ya no hace falta ponerse en detallista, era la verga del paraguayo. No olía a rosas, pero palpitaba como un corazón.
-Metete el chupetrómeto en la boca, sino querés que te reviente a bifes…
  Hice que no con la cabeza. Uno de los bomberos me pegó en la nuca. Me pegó fuerte. Me dolió como la puta. El otro bombero se rió. Era divertido. Para el que no le pegaban, era una cosa divertida. El bombero volvió a alzar la linterna y yo pegué la cara contra las piernas del paraguayo. Piernas delgadas y fibrosas, el coso me palpitaba en la mejilla. Anhelante.
-Metételo en la boca ¡Iá!
  ¿Y qué iba a hacer? ¿Decirle que no? ¿Morir con dignidad? ¿Hacerme el espartano? No había nadie, estaba mojado y aparte de esos tres, sólo estaban los ciegos, que además de invidentes, sabían mirar hacia otro lado.
  Le hamaqué la sortija hasta que me dio gárgaras. Antes de que pudiera pensar algo, el bombero volvió a alzar la linterna con más saña que nunca y el paraguayo me propuso:
-¡Y TRAGATE LOS RENACUAJO’!
  ¿Y qué iba a hacer? Me tragué los renacuajos, mientras los gregorianos continuaban con sus cantos de los hombres sapos. El acto lo repetí otra vez, y otra vez. ¿Qué iba a hacer? Si me estaban pegando. Y dolía. ¿Me iba a dejar matar? Si no había nadie, y aparte de esos tres, los otros eran ciegos. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejarme matar?
  Cuando se fueron, me indicaron cómo salir. Había que caminar unos metros y subir una escalera. El paraguayo me miró las manos, me dijo que entre los dedos tenía membranas de gelatina. Me dijo que era un hombre sapo.

1 Habla ahora o calla para siempre:

Rambo dijo...

ese final, ¿te parece? ¿Qué ibas a hacer? Y claro.
Espero que lo lea polenta.