Todo
fue por mensajes de texto. Tengo un celular viejo. Lo heredé y nunca tuve la
fortuna de perderlo o romperlo. Es esa clase de modelo irrompible, construido
como si fuese un rastri, se arroja desde un noveno piso, estalla en mil pedazos,
y uno puedo volver a ensamblarlo sin problemas. El tipo de aparato que
analizarán los arqueólogos del futuro, cuando no quede ni pistas de nuestra
civilización decadente.
El
contacto me lo pasaron unos amigos, me dijeron que la llamara, que era buena
chica y “¡¡Lindísima!!” Que le habían hablado de mí y que además “¡Muy bien!”
Yo lo primero que pregunté fue si le dijeron que era pelado, me dijeron que sí,
que le habían dicho. Era algo que había que tener en cuenta. Uno no puede
estafar a la gente, porque en esas cosas hay que ser sincero de entrada, más
que nada para no crear falsas expectativas. Que lo supieran desde el principio.
“Ah, ¿es pelado?... No importa!” “Buenísimo” A lo que siempre sigue un: “¿Pero
se afeita la sabiola, no?” “Claro, claro”. No, sí, claro. ¿Cómo no me voy a
afeitar la cabeza? Tampoco soy tan boludo. Y dicen que tengo linda cabeza,
incluso que me queda bien pelado y los más buenos –los buenísimos- que hasta no
se imaginan verme con pelo. “No te imagino verte con pelo… No sé… No te
imagino”.
Así que
tenía el tubo de la chica y lo único que debía hacer era levantar el teléfono y
llamarla. Pero no me animé. Aunque quedara mal y, perdido por perdido, le envíe
un mensaje. “Hola soy tal… Me pasaron tu número… bla-bla-bla” Una hoja A4
dentro de un mensaje de texto, Movistar encantado. Al instante me responde con
una risa, un “jajajaja” porque le había filtrado un chiste en medio de la hoja
A4, y me dijo que sí, que sabía quién era yo, que también la tenía intrigada.
¡Qué la tenía intrigada! ¡Un calvo! Los calvos no tenemos misterios, somos por
naturaleza tipos despojados de enigmas. La invité a salir, me consumí toda una
tarjeta para gestar la hazaña. No sé cuántos mensajes, cuántas idas y vueltas,
hasta que acordamos vernos un miércoles, dos días después de congeniar la cita,
en pleno Belgrano. La perspectiva me puso ansioso. ¡Un cita! Tengo que confesar
una cosa, antes de seguir con el cuento, algo necesario, que además hace a la
trama, porque esto no es un cuento, es historia viva, me pasó a mí, no ando con
fantasías… Digo, lo confieso, que hace casi medio año que no mojo el palito.
¡Casi seis meses! Un montón. Sí, pero no lo sufro demasiado, tengo esa cosa de
asexuado, de tipo sin vida, que no me tortura, no me mata. Me entretengo con
otras cosas, tengo mis libros, mi biblioteca, una vasta colección de películas
pirateadas, conozco los secretos para permanecer ocupado, no permitir que mi
mente o que mi líbido se despierte. Lo mantengo prisionero, encerrado bajo una
puerta con veinte cerrojos y cadenas. Un hombre sistemático, de rutinas
rígidas, un sobreviviente. Pero el hecho estaba ahí, seis meses sin ponerla y
así, como si nada, se presentaba esta oportunidad que me había caído del cielo.
Ver una mujer cara a cara, hablarle, coquetear con la posibilidad de volver a
remojar la chaucha. Todo era posible. Hasta podía escuchar al señor Líbido
bramar allá arriba en el altillo, golpeando la puerta con la intención de
tirarla abajo. Lo que era civilización; nada.
Fueron dos noches difíciles. Me acostaba y me
despertaba con una erección espantosa. La ansiedad me carcomía. El libro que me
llevaba para leer, parecía escrito con caracteres chinos, y yo no leo chino. Me
armaba la fábula en la cabeza. Toda la historia de amor, un idilio digno de la Brönte. Imaginaba
que me encontraba, que la miraba a los ojos y que reconocía en el brillo de sus
pupilas el impacto –fulminante- que mi anatomía, cincelada en la dura, lenta y
destructiva labor del gimnasio de aparatos, suscitaba en sus psiquis femenina.
Y yo, a todo eso, casual. Como que no me daba cuenta. Le restaba importancia,
no caminaba como un patovica ni nada. Un simple Aquiles paseándose entre los
mortales, nada más que eso. Pero también, en mi fiebre neurótica, imaginaba lo
contrario. La decepción y el cuasi horror que le producía el encontrarse
conmigo, el rictus de espanto. El tedio en los ojos, la búsqueda fatigosa de
una excusa medianamente creíble para deshacerse de mí, mientras que yo también
buscaba una forma de retirarme con algo de honor. Con el honor herido y
patético del vencido. Del que se sabe feo y culposo de serlo.
Así que
fueron dos días llenos de posibilidades negras y blancas. El miércoles, como el
encuentro era después de mi jornada laboral, me vestí con mis mejores galas.
Estrené un pantalón y me puse una remera ajustada al cuerpo. No descuidé mi
aseo personal y presté atención al afeitado –casi científico- de lo que me
restaba de pelo en mi cabeza. No estaba mal para ser calvo. Antes de salir, consulté
el pronóstico del tiempo, nada… Cielo parcialmente nublado y mucho calor. El
día pasó rápido y, antes de irme del trabajo, le mandé un mensaje anunciándole
la hora tentativa en que iba a llegar. Cuando subí al tren para ir al poblado
con mayor cantidad de chetos per cápita, sudé la gota gorda. Era una formación
con ventanas herméticas y con el equipo de aire acondicionado roto, la
temperatura, a eso de las 18 horas ascendía a casi 34 grados, dentro del vagón
hacía más de 40° y el cielo estaba encapotado, anunciando tormenta, o sea, nada
de “parcialmente nublado”. Para sumarle desgracia, el tren salió demorado,
viajé hacinado como una sardinita dentro de una lata estrecha. Sudé todo lo que
no deseaba sudar. Me sentí incómodo y pegajoso, aunque no tenía un espejo para
verme, sabía que la cara me brillaba como si un nene me hubiese llenado el
rostro de besos luego de lengüetear durante una hora una paleta de chupetín.
Estaba lejos de tener una estampa presentable, pero ya no podía hacer nada para
remediarlo, por lo que me resigné lo mejor que pude. ¿A qué angustiarse?
El
libro lo mantuve abierto, pero no leí. Dediqué todas mis energías en pensar en
el encuentro. Yo había hecho trampa, le había pedido a mi amigo el apellido de
la chica y me fije qué tal estaba en facebook. No era ninguna modelo, pero las
cosas las medía por la necesidad que atravesaba y ésta era tanta, que la chica
había adquirido puntos a favor, tan sólo por aceptar mi cita. La consideraba
especial. Una mujer con coraje, lejos de esa clase de gestoras de desplantes
que me enviaron seis meses y monedas al exilio sexual.
Cuando
bajé en Belgrano me llamó la atención la presura de la gente, corría o
caminaban a paso vivo. Miré el cielo, el tan afamado “parcialmente nublado”,
las nubes parecían estar a la altura de mi cabeza y se deshacían como grumos de
harina. Tenían un color gris plomo y la atmósfera era pesada, hasta se podía
oler el ozono en el aire. No iba a salvarme del chaparrón. Me ofusqué. No
porque lloviera, sino porque no quería humedecer mis galas. La cabeza no era un
problema, desde hacía décadas el pelo había dejado de ser esclavo del clima, yo
ya no pensaba en esa clase de cosas. No, el problema era mi ropa. Confieso que
no era nada del otro mundo, pero era lo mejor que tenía. Y me decepcionaba en
el alma mojarme, a tan pocas cuadras de concretar el encuentro anhelado.
Apresuré el paso lo más que pude, pero yo no era el de antes, cargo con una
lesión en la espalda –fruto de mi genética fallida y de la dura, lenta y destructiva labor del gimnasio de aparatos- que me
impide volver a correr o a caminar más de la cuenta. A escasas tres cuadras de
la estación y a otras pocas del punto de encuentro, se largó la función. Comenzaron
a caer unos goterones del tamaño de un limón. Sin entrar en pánico, busqué
refugio bajo el alero del garage de un edificio. Estábamos en febrero, un mes
lluvioso, no había nada que hacer, llovería durante algunos minutos y luego el
cielo se abriría. Una tormentita de verano. Nada. Lo que empezó como una garúa
gruesa, mutó al poco tiempo a un torrente líquido, a una cortina de agua donde
era imposible ver más allá de tres metros. Los bocinazos se extendieron por
toda la calle, la gente se precipitaba a buscar refugios o se resignaba a
mojarse como si se sumergiera en un pozo de agua. La cosa parecía ser más seria
de lo que había pensado yo en un principio y los vates del “cielo parcialmente
nublado”. Tomé el teléfono y le envié un mensaje. Le dije que estaba cerquita,
que en cuanto amainara un poco la lluvia me acercaría. Estaba decidido, no iba
a mojar mis galas. Me respondió que ella también estaba a cuatro o cinco
cuadras del punto de encuentro, bajo el alero de un negocio, que también en
cuanto apaciguara un poco, se acercaba.
Me
quedé tranquilo. La cosa ya estaba hecha. Sólo faltaba que el cielo dejara de
vomitar agua y listo. Pero el agua salía de todos lados. Parecía que el
Infierno se hubiese inundado, de las bocas de tormenta surgía agua a borbotones
y los autos comenzaban a probar sus motores fuera de borda. La cosa iba a para
diluvio y no había Arcas a la vista. Salió el portero del edificio y me dijo
algo así como si no me animaba a mojarme un poco, le gruñí no sé que cosa, como
un gato salvaje, nadie me iba a echar de mi refugio. El tipo leyó en mis ojos
mi locura y no insistió. Decidí llamarla, pero después pensé que sólo tenía
veinte pesos de crédito y que una llamada me lo consumiría en un minuto. No, no
la llamaría. Aguardaría. Los minutos pasaron y la lluvia, la cortina de agua,
se volvió más espesa, el agua había dejado de ser agua, había cambiado su
estructura molecular, se había transformado en materia.
Mi cara
era una máscara de amargura. Quería expresarle todo mi odio al demiurgo que me
había puesto en ese escenario, ese enano perverso que se reía, día a día, de
mis cuitas. Pero me faltaba la épica y el aire místico de un guerrero de
Moorcock para encontrarlo. En mi cinturón no portaba ninguna espada maldita ni
ninguna daga sembrada de zafiros y esmeraldas con cualidades mágicas, mi cinturón
era un pedazo de cuero crudo, semipodrido, reparado con cinta adhesiva y en mis
bolsillos no llevaba bellotas fantásticas, sino una billetera con unos pocos
pesos y un abono mensual para el tren. Lo que era magia; no había. Y ahí estaba
el quid de la cuestión, por eso el demiurgo se me reía en la cara, me sabía
indefenso. Podía jugar con el clima y arruinarme los pocos aciertos que
intentaba regalarme el destino, sabía –como buen jugador de ajedrez-
adelantarse a mis movimientos y ubicar las piezas con antelación, para darme
jaque mate con clase.
Tomé el
celular y le escribí: “voy para allá”. Había una sola cosa que mi impulsó a
tomar ese riesgo, el hecho de decidir quitarme la remera para no mojarme el
pecho. O sea, lucir mi físico entre todas las mujeres espantadas por el clima,
constituía por sí solo, un incentivo delicioso para llevarlo a cabo. Guardé la
remera dentro de mi mochila y utilicé a ésta como una especie de paraguas
informe. Me desplacé pegado a las paredes, a poco menos de diez metros de mi
salida, ya estaba empapado desde la cabeza a los pies y las plantillas de mis
zapatillas Topper de lona, expulsaban burbujas de agua. Fruto del mal enjuague.
Verifiqué el teléfono y descubrí que tenía un mensaje. Volví a buscar
refugio bajo un alero y lo leí. Era mi prometida acuática, la sirena de
Belgrano. Me decía que no iba a poder llegar, que las calles estaban anegadas.
Belgrano era Venecia, un maremoto parecía haber ganado la avenida Cabildo.
Quería desanimarme. Pero yo ya estaba mojado y, lo importante, en cuero. Mi
intelecto estaba apagado, sólo quería desfilar entre los vivos. Tantos años
desgañitando mi físico dentro de las prisiones de hierro y ahora, llegaba mi
oportunidad de lucirme en la desgracia, exhibirme, lo repito, frente a los
mortales. A medida que avanzaba en ese campo acuático, en esos pantanales
ganados por Poseidón, el panorama se volvía más y más trágico. Las aguas
arrastraban los coches hacia el bajo y los gritos de las personas, atrapadas en
el interior de los vehículos, se escuchaban desde cientos de metros desde donde
sucedía el espectáculo. Carrozas de carnaval, ataúdes de muerte, los sarcófagos
que llevaban al héroe de Moby Dick. Las aguas habían llegado para llevarse a
todos los vivos. No iba a quedar nadie. Había que apresurarse, buscar un
refugio, ganar las montañas. Pero en Belgrano, ni siquiera en todo Buenos
Aires, hay montañas. Uno debía caminar hasta la cordillera, y eso no era cerca.
Miré hacia arriba, con los ojos entrecerrados por los goterones de lluvia que
me enceguecían, la gente, desde los balcones, se regodeaba con los ahogados que
arrastraba la marejada. Un río que llevaba vehículos, niños, carritos de bebé
vacíos, ningún Moisés flotando a la deriva, sólo mugre y cadáveres. El cuerpo
de un niño retozó un instante en el borde del cordón donde me había acercado y
un camalote de mugre lo envío al centro de la calle, antes de que pudiera
atraerlo hacia la orilla. Una anciana, con el agua hasta el cuello, nos hacía
señas con el bastón para que nos arrojáramos al agua a rescatarla. Los que
permanecíamos bajo el alero, la señalamos y balbuceamos zoncerías. Nada firme.
Es que no teníamos alma de Baywatch. No había sol, ni mujeres con mallas rojas
que nos incentivara a hacer el héroe. La vieja volvió a alzar el bastón, no
comprendí que se proponía, ¿saludarnos? ¿con el agua al cuello? Antes de que
pudiera responder ese enigma, un coche que flotaba sin timón, la pasó por
encima y la arrastró consigo. Los pies de la vieja afloraron un instante y nada
más. Desde los balcones se escuchó un rumor de consternación, la vieja nos
había brindado un excelente espectáculo y, casi casi, queríamos más. Todavía se
veía la estela de burbujas que habían expulsados los bofes de la vieja, cuando
me llegó un mensaje de texto al celular. Era mi chica, la de mis sueños, la que
nunca había visto y que no importaba. La sirena que guiaba mi desesperación. Me
anunciaba, casi como una Ifigenia entre tauros, que estaba con el agua hasta el
cuello. No decía más que eso: “tengo el agua hasta el cueyo” y nada más. Lo
tomé como una despedida. Supuse que se balanceó sobre un montículo de arena,
mientras con una mano se sujetaba a alguna saliente y con la otra apretó los
caracteres para enviar el mensaje postrero al novio que no fue. Sentí pena;
pero también alivio. Que se muriera evitaba que mojara mis galas. El pantalón
tenía menos de una semana de uso. Las zapatillas las tenía flamantes y mi
remera, se me ajustaba al torso como una malla de cuero. ¿Qué vida humana valía
todo eso?
-¿Vas para la estación?
La
pregunta me la hicieron de espaldas, cuando me había arrimado al cordón para calcular
la profundidad del agua y verificar que no hubiese tritones acechando en las
corrientes.
-Sí, ¿por?
-Nosotros vamos a Cabildo y José Hernández, si
vas para allá te llevamos y evitás mojarte los pieses... No sé...
Alcé
las cejas y me di vuelta. Voy eludir los pruritos humanísticos e izquierdistas
y diré que lo que tenía frente a mí eran dos villeros de ínfima categoría.
Arrastraban un carro propulsado por dos llantas de tractor, cargado de basura y
cartones corrugados en pleno proceso de descomposición. Era un día perdido, en
lo que a trabajo se refería. Uno de los negros me dedicó una sonrisa de pálida
dentadura y la otra, que era una negra en lo que daba de sí su humanidad o lo
que le restaba de ella, agitó su cabeza de arriba a abajo, como alentándome a
que me sumara a su aventura.
-¿Me vas a llevar ahí arriba? –le señalé el
carro- ¿Entre toda esa mugre?
Por toda
respuesta, la negra se arrojó al agua, trepó por la rueda hasta la base del
carro y tiró toda la basura a la calle. La corriente se encargó de arrastrar
los cartones y las bolsas de consorcio que desperdigaron en el agua su
contenido de cáscaras de naranja, yerba, culos de pizzas, hojas de carpetas
número tres con viejas fórmulas matemáticas de secundaria, siempre erradas, y
bolas de pelo fundidas en trozos de comidas indistinguibles. Supuse que
desprenderse de esos víveres, significaba para mis villeros una noche en
ayunas. Tal vez dedicada al rezo o, en su defecto, al sexo más primitivo y
brutal que pudiera concebir la imaginación humana.
Nunca
comí vidrios, por lo que pregunté:
-¿Y a cuánto asciende el paseo en góndola?
El
negro se sacó un moco sembrado de pústulas sanguinolentas y lo pegó en un trozo
de madera del carro, donde permaneció adherido como una verruga.
-Veinte pesos, padre.
Razoné
que no estaba mal. Me acomodé sobre una tabla de madera que oficiaba de asiento
y con una leve inclinación de cabeza que había heredado de mis ancestros esclavistas,
les indiqué que se pusieran en camino. Al unísono, con el agua por encima de
sus rodillas, comenzaron a empujar las ruedas del carro, forcejeando contra las
corrientes. La negra parecía más fuerte que su marido. Las venas de su frente
se inflamaron como cordones, al tiempo que hacía girar el neumático de tractor.
Me puse de pie y me deleité con el espectáculo que brindaba a los refugiados
que se concentraban bajos los aleros de los edificios. Mi audacia y la
originalidad de mi motricidad se imponían sobre el portento acuático que caía
del cielo. Había nacido para dominar al hombres y sembrar el estupor entre el
género humano, eso estaba visto.
Los
carreteros dirigieron la embarcación anfibia al centro de la avenida, donde la
corriente era menos fuerte y evitaba que el vehículo se ladera hacia la
izquierda, además la panza que hacía el asfalto colabora a restarle profundidad
a la inundación. Pasada la emoción de los primeros metros, volví a sentarme y a
concentrarme en el camino que se abría frente a mis ojos. Más adelante, el agua
había sobrepasado los techos de los vehículos y comenzaba a anegar los negocios
lindantes a la calle. Buenos Aires se hundía. La capital se transformaba en una
nueva Atlántida, futuro diálogo de algún Platón post apokalíptico que pariera
la pampa. Cuando ganamos la esquina de la calle José Hernánez tuve que asirme
con fuerza a una tabla, la embarcación comenzó a agitarse bajo la correntada y
el oleaje de las corrientes cruzadas. La negra desapareció bajo un montículo de
ramas que se le atravesó en el camino. Su marido se limitó a silbarle como si
fuese un perro que hubiese perdido la senda. Pero de la negra no supimos nada
más. El dueño de la góndola se sujetó a la proa del carro, a un caño de cortina
que sobresalía por delante, el agua corría con más fuerza que nunca y daba todo
de sí, para llevarlo consigo.
-Padre... ayudame... Padre...
Por las
circunstancias y por el mismo pathos que éstas circunstancias exudaban, el
diálogo me recordó a esa escena, tantas veces vista y parodiada, de Luke
Skywalker, mendigando piedad a su padre en El retorno del Jedi cuando el
Emperador Palpatine lo calcina con los rayos que emergen de la punta de sus
dedos. Y soy consciente que así descripta,
la escena no vale una mierda. Pero descanso en la buena memoria del lector.
Entonces, volviendo al negro y a su pathos, pensé que había un abismo entre la
mendicidad jedi de Luke Skywalker y el suplicio del cartonero de Belgrano. Alcé el mentón y le pisé los dedos. Soltó
su agarre y desapareció bajos las aguas. El demiurgo que me había enviado el
diluvio, no pareció satisfecho con mi reacción y volcó el carro. Caí al agua y
comencé a nadar como un perrito. Pero la corriente era demasiado fuerte para
esa clase de estilo natatorio. Las aguas me enviaron derecho a un remolino que se
formó en una boca de tormenta y caí dentro, junto a un enjambre de basura y uno
que otro cuerpo ahogado. Siempre fui bueno conteniendo la respiración, años de
entrenamiento en una pileta pelopincho y una pareja de pulmones nunca corruptos
por el cigarrillo, me permitieron resistir el embate submarino sin temor a
morir en los primeros dos minutos. Además no iba a hacerlo cuando comenzaba la
aventura verniana. Pero no conté con el golpe. Cuando atravesé la boca de
tormenta, me arrastró la cascada y caí sobre un cordón de cemento. Nadé a la
superficie y respiré. Comprobé que podía hacer pie y que el agua me llegaba a
la altura de mis tetillas. El pasillo era tan estrecho que tuve que abrirme
paso de perfil hasta que encontré un pasillo más ancho donde, además, el agua
descendía a la altura de mis rodillas. La poca luz que iluminaba mi camino se
filtraba desde las tapas de tormenta. La situación, lo comprendía, era
peligrosa. Pero no quería perder mi sangre fría. Intenté reconstruir ahí abajo,
un mapa mental de la superficie. Todavía tenía esperanza de llegar a Cabildo y
José Hernández. Pero desistí. Aunque tentador para mi imaginación exacerbada y
humedecida, no era una medida razonable.
Caminé
a la deriva hasta que me topé con una barricada de basura y ramas podridas,
retrocedí por donde había venido y volví a toparme con otra barricada imposible
de vencer que obstruía mi camino de regreso. El agua comenzó a ascender, la
lluvia, allá arriba, parecía agudizarse. Recordé que cerca de la primera
barricada, había una puerta que tal vez me condujera a una salida. Volví sobre
mis pasos y encontré la puerta. Con algo de esfuerzo, pude abrirla. Me colé al
interior y me apresuré a cerrarla. El agua, ahí dentro, sólo me llegaba a las
rodillas. Se me había acabado la excitación y mi espíritu triunfalista.
Tiritaba de pies a cabeza y me dolía la cintura. Quería sentarme y tomarme un
café bien caliente. Quería salir de ahí y deseaba que mi cita estuviese a esas
horas, ahogada y devorada por las palometas. Si bien había escapado de la
muerte por inmersión, me había encerrado en un cuarto a oscuras sin
posibilidades inmediatas de que me rescataran o de escapar. Permanecí en
suspenso, haciendo fuerza para contener el puchero que se me formaba en la
boca.
-¿Llueve a cagarse?
La voz
no sonó ni cavernosa, ni quejumbrosa, ni nada de lo que pudieran pedir aquellas
tenebrosas circunstancias. Hasta parecía amigable y todo.
-Sí... –me aventuré a responder.
-¿Está ordenado acá adentro?
-No se ve nada...
-¿Sos ciego también?
-No... Pero está todo oscuro. ¿Vos sos ciego?
-Sí, ¿vos no?
-No, yo no.
-Entonces no sabés si está ordenado acá
adentro.
-No, no sé.
-Pero llueve a cagarse, ¿no?
-Está todo inundado. Casi me ahogo.
No dijo
nada más. Permanecimos en silencio un rato. Lo escuché hurgar en sus bolsillos.
Sacó una bolsa de plástico y comenzó a juguetear con su contenido. Oí algo así
como un abrojo y después vi el resplandor de una llamarada que me enseñó
durante un breve vistazo la cara de mi compañero de encierro. Una cara
angulosa, de ojos vacíos y que llevaba un sombrero de cowboy encastrado en la
cabeza. Encendió un cigarrillo, volvió a prender el encendedor y lo estiró
hacia mí.
-Tomá... Pero no lo pierdas. Me llamó John.
Seguime, dentro de poco el agua nos va a tapar la cabeza si continuamos acá. No
es la primera vez que esto si inunda. Parece el Missisipi cuando crece durante
las tormentas de verano.
Nos
colamos por un agujero. Yo jugueteaba con el encendedor para iluminar el
camino. Atravesamos pasillos estrechos, sembrado de basura. El ciego caminaba
sin dudar, guiándose con la palma de su mano, doblaba aquí y allá y salteaba
los obstáculos como si supiera de antemano donde estaba cada uno de ellos. Era
una cosa admirable.
-¿Estuviste en el Missisipi?
-No.
-Pena.
-Sí.
Lo que
era diálogo, los dos parecíamos ser bastante malos para llevarlo a buen puerto,
por lo que muy pronto nos resignamos a quedarnos callados. Dadas las circunstancias,
pareció ser la mejor decisión.
Desembocamos
en una especie de anfiteatro donde las tuberías de la ciudad vomitaban el
detritus y el torrente de líquido de la tormenta a un arroyo subterráneo. Un
conjunto de figurones emergieron de las sombras y se acercaron a nosotros dando
tumbos. Todos balbuceaban el nombre de mi Virgilio.
-Sí, soy yo, muchachos. Traje compañía. Un
forastero.
No
serían más que diez tipos en total. No doy un número preciso, porque no los
conté, pero lo que era bulto, parecían no ser más de diez. Pronto comprendí que
eran todos ciegos, junto a mi compañero, compartían la pasión por los sombreros
exóticos, todos portaban un sombrero de alas anchas a lo vaquero, camisas a
cuadros y pantalones ajustados. El agua y la pérfida luz de mi encendedor me
impedían averiguar mucho más.
-¿Sos sheriff?
-No, pero vengo de Villa Leoncia.
No creí
que comprendieran la indirecta. Con Villa Leoncia hice referencia al pueblo
donde el pajarito de García Ferré gastaba las municiones de su revólver. Los
vaqueros topos no respondieron nada y murmuraron algo para sí. Acercaron sus
manos a mi rostro y comenzaron a ensayar el reconocimiento facial a través del
tacto. Pensé que tal vez se me pararía. Era cuestión de encontrar la fantasía
adecuada.
-Muchachos... No lo tomen a mal, pero lo que es
ver... Nada. ¿No hay un foquito por ahí para la gente vidente?
El
conjunto de espantajos rió para sí. Me encontraban divertido, los muy
fantoches. Alcé la mano y descargué un galletazo en la cara del que tenía más
cerca. Se escuchó un plaff, secó y
doloroso. Activé la llama del encendedor para ver con que me enfrentaría, el
castigado permaneció tieso, frente a mí, con su mano derecha amansándose la
mejilla herida. El resto desenfundó sus revólveres de cebita y me apuntaron a
la altura de mis tripas. Pensé que lo mejor era seguirles el juego.
-Dispararle al hombre de la estrella de lata es
un crimen penado con la horca, ¿lo sabían?
Los
ciegos asintieron y enfundaron sus revólveres, mientras hacían a un lado al que
se había comido la tunda. Tiré mis codos hacia atrás y moví un hombro y luego
el otro. Me creía que era Toshiro Mifune en Yojimbo. Sentí que la yema de mi
dedo ardía como si la hubiese apoyado en una parrilla de cocer hamburguesas,
apagué el encendedor y comencé a resignarme a las tinieblas cuando se encendió
el foquito. Una raquítica luz que atravesaba el anfiteatro y que bañaba el
recinto con una pálida luminiscencia cremosa. Fruncí la nariz, al parecer, la
visión de los espantajos devolvió a mis sentidos, el hedor que desprendían sus
figuras. Hedían a carroña, a bolsa de basura olvidada al sol, sembrada de
ciempiés y gusanos obesos. Un viejito sin dientes que masticaba una especie de
musgo que quería hacer pasar por tabaco, se acercó refunfuñando algo en un
inglés cacofónico y me tomó por el codo.
-Sheriff... Debe acabar con los forajidos que
acechan nuestro pueblo. Nos tienen agarrados del forro del culo desde que se
cargaron al alcalde y ni siquiera nos dejan participar de las orgías que
realizan en el Saloon del viejo Joe.
Hizo
una gárgara y escupió al charco un mejunje verduzco, sembrado de mocos
sangrientos. Corrí la vista a otro lado. Los ciegos me habían rodeado. Querían
escuchar mi respuesta. Eran un conjunto de locos de cuidado, me asombraba que
entre tantas inundaciones y bajo las pésimas condiciones en que vivían, todavía
contaran el cuento. Pero bueno, comprendí que la locura es una de las fuerzas
más poderosas del universo y que cualquiera que esté imbuido por ella, tiene
muchas posibilidades de lograrlo, sea lo que sea, lo que tenga que lograr.
La luz
también me permitió evaluar las condiciones en que vivían los ciegos en aquel
patronato subterráneo. Eran de terror. Si bien el agua, que nos tapaba los
talones, no me permitía ver el suelo, las salientes y algunos muebles
desperdigados por el anfiteatro, me dieron una idea de la clase de higiene con
la que convivían los no videntes. La mugre, y esto era regla, se hacinaba en
los rincones, como si tuviese una especie de consciencia viva que le permitía
adivinar las zonas donde los ciegos no indagarían, ni pasarían la escoba. Era
como si la basura buscara los rincones más propicios para escapar de la pala y
el cepillo de los cieguitos. Lo que abundaba por todas partes era la basura
orgánica y los trapos húmedos. Pilones que no respetaban ninguna clase de regla
geométrica se acumulaban aquí y allá, elevándose sobre las aguas como fungos
infernales.
A esa
altura de las circunstancias, comencé a sentirme incómodo. No sabía por qué
ángulo tomar ese asunto que, a todas luces, era delicadísimo. Reflexioné un
instante y propuse:
-Si el Saloon se volvió un refugio de sodomitas
e irredentos, me parece que es un buen lugar donde comenzar la limpieza. ¿Por
qué no me conducen hasta ahí?
Los
diez cieguitos -o ese bulto representativo- alzaron sus brazos y gritaron
“viva”. Con tan poco, los había emocionado.
Formaron una fila, se tomaron de la mano como si fuese una hilera de
niños escolares y guiados por el viejo mastica musgo se colaron dentro de un
pasillo iluminado por unos foquitos rojos. El viejo que iba a la cabeza del
grupo golpeaba contra las paredes un bastón de madera, de un lado a otro, con
una exaltación violenta que me arruinaba los nervios, pero como era eso que se
llama: un hombre con visión disminuida o nula, o sea, una persona con capacidades
diferentes, me contuve e intenté que la cola no se desbandara, ya que me tocaba
marchar a la popa de la fila. Trazamos una curva y arribamos a otro recinto
húmedo, sembrado de basura y máquinas oxidadas. Más arriba se escuchaba el
traquinar vehicular contra una rejilla de respiración que habían colocado sobre
el asfalto. El ciego del bastón comenzó a golpear su palo contra todo el
laterío que se acumulaba sobre las paredes. Del Saloon, de la pianola, por no
hablar de las golfas, no había ni rastro. En fila íbamos de un lado a otro, ida
y vuelta, trazando un camino serpenteante y repetitivo. Casi un ritual en sí
mismo. Pensé en la salida que me había perdido por la lluvia y mi bendita
suerte. Por lo que decidí hacer uso de la autoridad que me brindaba mi estrella
de lata:
-Bueno... ¿Qué pasa aquí? ¿Llegamos o no
llegamos?
El
cieguito que me precedía y que me tomaba de la mano, sembrando mi extremidad
con la viscosa humedad de su palma, me agitó la muñeca y respondió:
-Es un Saloon submarino... ¿No le dijeron? ¡Los
forajidos son hombres sapos!
Mientras digería la estupidez que acababa decirme el vende solidaria
subterráneo, sentí que alguien me golpeaba el hombro con la yema de un dedo,
como si intentara llamarme la atención. Una cosa, vale aclarar, que siempre me
dio por el culo.
-¡¡QUÉÉ!!
Antes
de que pudiera darme vuelta por entero o pensar cualquier cosa, los ciegos
disgregaron la formación, rompieron filas y desaparecieron en las sombras dando
bastonazos. Lo único que llegué a oír fue el final de una frase, que decía algo
así como: “…vienen los sapos, salven sus agujeros… salven sus agujeros…”
Me
quedé quieto. La luz era casi nula y no quería arriesgarme a perderme.
Aguardaría que la facción de los reptiles se acercara y volvería a irles con el
cuento del sheriff a ver a dónde me conducía ahora la cosa. Estaba cansado.
Sobre todo, estaba cansado de la vida y de ustedes, los imbéciles que me rodean
en el día a día.
Escuché
un chapoteo en el agua que me llegaba a los talones y rechisté, por decir algo.
Más que nada para que me sintieran. Una luz pálida se posó sobre mis ojos y me
encandiló.
-¿Qué pasa, padre?
Aunque
hablaba correcto castellano, algo en su tonada me indicó que era de origen
paraguayo. Hasta entonces no había oído hablar nunca de hombres sapos
paraguayos. Hice una visera con mi mano y entrecerré los ojos. Las figuras se
perfilaban a contra luz, llegué a distinguir tres bultos, de cabezas romas.
-¿Qué que pasa? ¿Qué qué pasa? ¿QUÉ QUÉ PASA?
¡PASA QUE ESTOY MOJADO HASTA EL CULO! ¡PASA QUE ME CHUPÓ UNA BOCA DE TORMENTA,
PASA QUE NADIE ME TIRA UN CABLE… PASA… pasa que es un país de mierda, pasa que
es una vida de mierda… pasa…!
-Tranquilo, padre… Yo soy de AySA y los señores
son bomberos. El tema de la inundación acá en Belgrano… Bueno, ya sabés… Se
pone terrible…
El tipo
bajó la linterna y se acercó hasta donde estaba. Los tres vestían pilotos de
lona verde y cascos de plástico antishock. Los hombres sapos que chapoteaban en
el charco, de tan llanos y vulgares, me provocaron espanto. Me dieron ganas de
llorar y gritar como un niño ahí mismo.
El
paraguayo se acercó y cruzó un brazo sobre mi hombro, tenía alma de buen
samaritano o le gustaban los pelados.
-¿Qué pasa, padre? Ya está. Ahora ya te
encontramos. Quedate tranquilo…
Terminó
la frase y me dio dos besos en la mejilla y después me quitó la saliva que se
había adherido a mi cachete con el reborde de su mano. Hijo de puta. Si hasta
podía olerse el estupro que lo dominaba. Resbaloso e inmundo como un sapo. Noooo…
si para eso, los cieguitos tenían ojo.
-¡Cuidado que soy el sheriff!
Advertí
para que no llevara las cosas a mayores y después se arrepintiera. Los dos
bomberos rieron, pero en falsete, como si fuese una peli doblada al español más
rancio. El paraguayo me dio un galletazo. Y me amenazó, con un timbre alarmante
que me puso los pelos, quiero decir, los pelos del culo, de punta.
-¡Y PORTATE BIEN!
De la
nada se escuchó un coro… Suave y gregoriano: Los hombres sapos… Los hombres
sapos…
Los
bomberos se acercaron al paraguayo que me había tomado por los hombros y me
susurraba no sé qué clase de conjuro erótico en guaraní. Le dijeron que se
apurara. ¿Apurara? Yo no quería ni que se apurara, ni que se demorara. No lo
quería cerca. Eso era todo. Y ellos insistían con el “Apurate, Ramón… Apurate,
Ramón…” Y detrás el canto gregoriano de los cieguitos… “Los hombres sapos… Los
hombres sapos…”
El
paraguayo hizo presión sobre mis hombros, sobre algún punto de mi sistema
nervioso que me obligó a arrodillarme. Algo de Aikido o algún otro arte marcial
se ve que sabía. Porque sino, imposible. Me quedé de rodillas y vi su coso. Los
bomberos repasaban el coso con la luz de sus linternas. Como si estuviésemos
representando una obra teatral y el iluminador digiera el foco sobre nosotros.
El “nosotros” éramos el coso y yo. El coso, ya no hace falta ponerse en detallista,
era la verga del paraguayo. No olía a rosas, pero palpitaba como un corazón.
-Metete el chupetrómeto en la boca, sino querés
que te reviente a bifes…
Hice
que no con la cabeza. Uno de los bomberos me pegó en la nuca. Me pegó fuerte.
Me dolió como la puta. El otro bombero se rió. Era divertido. Para el que no le
pegaban, era una cosa divertida. El bombero volvió a alzar la linterna y yo
pegué la cara contra las piernas del paraguayo. Piernas delgadas y fibrosas, el
coso me palpitaba en la mejilla. Anhelante.
-Metételo en la boca ¡Iá!
¿Y qué
iba a hacer? ¿Decirle que no? ¿Morir con dignidad? ¿Hacerme el espartano? No
había nadie, estaba mojado y aparte de esos tres, sólo estaban los ciegos, que además
de invidentes, sabían mirar hacia otro lado.
Le
hamaqué la sortija hasta que me dio gárgaras. Antes de que pudiera pensar algo,
el bombero volvió a alzar la linterna con más saña que nunca y el paraguayo me
propuso:
-¡Y TRAGATE LOS RENACUAJO’!
¿Y qué
iba a hacer? Me tragué los renacuajos, mientras los gregorianos continuaban con
sus cantos de los hombres sapos. El acto lo repetí otra vez, y otra vez. ¿Qué
iba a hacer? Si me estaban pegando. Y dolía. ¿Me iba a dejar matar? Si no había
nadie, y aparte de esos tres, los otros eran ciegos. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejarme
matar?
Cuando
se fueron, me indicaron cómo salir. Había que caminar unos metros y subir una
escalera. El paraguayo me miró las manos, me dijo que entre los dedos tenía
membranas de gelatina. Me dijo que era un hombre sapo.





1 Habla ahora o calla para siempre:
ese final, ¿te parece? ¿Qué ibas a hacer? Y claro.
Espero que lo lea polenta.
Publicar un comentario